Recientemente, un informe de investigación publicado por Israel Hayom ha sacado a la luz un patrón alarmante de abuso sexual ritual, manipulación psicológica y profanación espiritual que se lleva a cabo en el seno de instituciones religiosas en Israel. Este informe se basa en los testimonios de varios sobrevivientes que han denunciado crímenes de tal magnitud que las palabras parecen insuficientes para describirlos.
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Los relatos de estos sobrevivientes revelan que niños israelíes, algunos de apenas meses de edad, han sido sometidos a abusos sistemáticos enmascarados bajo rituales religiosos. Las víctimas mencionan ceremonias que invocan deidades vilipendiadas en la Biblia, llevadas a cabo por miembros de comunidades judías observantes. Una sobreviviente, identificada como Noga, recordó: "Los dioses que recuerdo son Baal Peor y Astarté... nuestro señor Peor y nuestra señora Astarté." Este tipo de abusos no solo afecta el cuerpo, sino que también se considera un robo del alma.

Los perpetradores de estos crímenes no son individuos marginales; son personas que cumplen con las leyes dietéticas judías, celebran el Sabbath y observan los preceptos de la ley judía, incluso mientras participan en actos de una depravación inimaginable. Los testimonios de los sobrevivientes han mencionado repetidamente a varios rabinos, y las quejas presentadas en distintas comisarías de policía en Israel han sido desestimadas rápidamente. Las condenas y encarcelamientos son raros, lo que refleja un patrón de impunidad similar al que se ha observado en otros contextos de abuso infantil en todo el mundo.

Un ciclo de abuso y complicidad

La situación se complica aún más por la falta de acción judicial. A pesar de que los marcos legales israelíes abordan el abuso sexual y la trata de personas, son inadecuados para procesar el abuso espiritual disfrazado de prácticas religiosas. Esta ineficacia en la justicia se traduce en un silencio cómplice que protege a los perpetradores, perpetuando un ciclo de abuso que se extiende a lo largo de generaciones.

La manipulación de conceptos fundamentales en la Torá para legitimar actos indescriptibles es una forma de abuso espiritual en su forma más sofisticada y perversa. Las víctimas son adoctrinadas para creer que su sufrimiento tiene un propósito divino, lo que distorsiona su comprensión de la fe y la espiritualidad. Este tipo de abuso no solo daña la confianza en las personas, sino que también roba a los niños de su fe, creando heridas espirituales que son difíciles de sanar.

El informe de Israel Hayom destaca que el abuso ritual infantil es una práctica que trasciende fronteras y se encuentra en el corazón de instituciones que deberían proteger a los más vulnerables. La falta de justicia y la cultura del silencio dentro de las comunidades religiosas a menudo impiden la exposición de casos severos de explotación y abuso. Este fenómeno no es exclusivo de una religión o cultura, sino que se manifiesta en diversas formas a lo largo de la historia, donde el poder se utiliza para protegerse a sí mismo en lugar de a los inocentes.

La normalización de la brutalización de los niños en contextos donde el abuso se convierte en un tabú, y la complicidad de las instituciones para mantener la ilusión de santidad, son factores que perpetúan esta tragedia. La historia de los sobrevivientes es un recordatorio de la urgente necesidad de romper el silencio y buscar justicia para aquellos que han sufrido en la oscuridad.