Traducido por el equipo de SOTT.net
propaganda censorship graphic
© Shutterstock
La próxima vez que alguien te diga con desdén "teórico de la conspiración", "antivacunas", "negacionista del cambio climático", "extrema derecha", "discurso de odio", "terrorista" o el siempre popular "racista", entiende lo que realmente te están diciendo: deja de pensar.

Estas palabras son un interruptor lingüístico, diseñado para cortocircuitar el pensamiento al desencadenar un espasmo emocional reflexivo.

Si te encuentras con alguien que utiliza estas palabras, puedes estar seguro de que no estás tratando con alguien interesado en esforzarse de buena fe por encontrar la verdad.

Estos términos son armas psicológicas de precisión, disparadas por manos invisibles para manipular la opinión pública. Recuerda el memorándum de la CIA de 1967 en el que se acuñó el término "teórico de la conspiración" con el objetivo expreso de silenciar a cualquiera que dudara del cuento de hadas de la bala mágica que supuestamente mató a JFK.

Aunque son un pobre sustituto de un argumento real, estos términos propagandísticos, por desgracia, funcionan con mucha gente. Llama a alguien con una de estas palabras y ya no necesitarás refutar sus ideas con hechos, lógica o razón. El insulto hace el trabajo como por arte de magia.

Tomemos el abuelo de todas las etiquetas elásticas que infunden miedo: terrorismo.

Hace cien años, la palabra apenas existía. Hoy en día, evapora las libertades civiles al contacto.

Glenn Greenwald dio en el clavo: la palabra que empieza por "T" es "simultáneamente la palabra más insignificante y más manipulada del léxico político estadounidense".

La única diferencia entre un luchador por la libertad y un terrorista es quién controla la narrativa.

Greenwald lo explica con más detalle:
"Existe una paradoja común, y es que las palabras que se utilizan con más frecuencia y tienen mayor impacto son a menudo las que están menos definidas. Y, por lo tanto, son susceptibles de manipulación, engaño y propaganda.

Así que la palabra 'terrorista', por ejemplo, es algo que impregna innumerables debates políticos de gran importancia. Y, en esencia, nos encontramos en un punto en el que, literalmente, si el Gobierno señala a alguien y solamente pronuncia la palabra "terrorista", una gran cantidad de ciudadanos... aplaudirá cualquier medida que se tome... No importa lo ilegal que sea, no importa las pocas pruebas que se hayan presentado para justificarlo, el mero hecho de que se le haya etiquetado de "terrorista" es algo que básicamente hará que la mayoría de la gente apruebe cualquier medida que se tome.

Y, sin embargo, lo fascinante de la palabra "terrorista" es que realmente es un término que no tiene ningún significado fijo, es simplemente un término que significa lo que la persona que lo utiliza quiere que signifique".
Greenwald continúa:
"Debido a que la palabra terrorismo es tan potente y cierra todo debate, la mera aplicación de esa etiqueta por parte del gobierno, de forma anónima y sin pruebas... ha hecho que un gran número de personas se levanten y aplaudan el poder más radical que un gobierno pueda ejercer, que es el poder de condenar a muerte a sus propios ciudadanos, de asesinarlos, en total secreto y sin el debido proceso.

Y eso, para mí, ilustra en realidad la potencia con la que se utilizan estos términos propagandísticos...

Si de verdad vamos a otorgar un poder prácticamente ilimitado al gobierno para que haga lo que quiera con las personas a las que denomina "terroristas", al menos deberíamos tener un entendimiento común de lo que significa ese término. Pero no lo hay. Se ha convertido en un término maleable que lo justifica todo y que permite al gobierno estadounidense hacer lo que quiera sin restricciones.

El 'terrorismo' es más un mantra hipnótico que una palabra real".
En resumen, di la palabra mágica que empieza por "T" y, ¡puf!, tus derechos, tus propiedades y tu vida se esfuman, todo ello sin juicio y entre aplausos atronadores.

El antídoto

Usar estas palabras es casi como lanzar un hechizo: la mayoría de la gente que las escuchan queda hipnotizada, deja de pensar inmediatamente y se convierte en un autómata fácil de manejar.

Afortunadamente, el contrahechizo es sencillo: exige definiciones coherentes y lógicas. Haz que expliquen exactamente qué entienden por "terrorista" o "negacionista científico". Observa cómo su argumento se derrumba en ataques ad hominem, argumentos falaces, apelaciones a la emoción y lágrimas de cocodrilo. Y si todo eso falla, jugarán la carta del "racismo".

Esa es la estrategia.

En resumen, cuando lo único que tienen es sofistería, los hechos se convierten en kriptonita.

El hechizo de la propaganda se rompe en el momento en que te niegas a retroceder ante el interruptor lingüístico.

La buena noticia es que se trata de un método de control frágil; las personas pueden salir de su hipnosis. Y una vez que lo hacen, nunca vuelven atrás. Es como correr la cortina para ver al Mago de Oz y seguir sintiéndose intimidado por él... eso simplemente no ocurre.

Así que nunca dejes de hacer preguntas y pensar críticamente.

No te dejes intimidar por cobardes, enanos intelectuales, charlatanes y tiranos mezquinos que utilizan palabras propagandísticas para que te calles y dejes de pensar.

Y cuando recurran a la siguiente etiqueta vacía cargada de emotividad, sonríe y di:

"¿Eso es todo lo que tienes?".