Traducido por el equipo de SOTT.net

Netanyahu es un cadáver político. Su momento ya ha pasado, pero se aferra al poder con una furia desesperada, avivando el conflicto más peligroso de nuestra era.
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© UnknownEl primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu • ¡Manos a la obra!
Hablan de «ventanas estratégicas». Susurran sobre un «cambio de régimen». En las trastiendas de Washington, pintan un panorama idílico del pueblo iraní levantándose bajo una lluvia de bombas estadounidenses e israelíes. Pero cualquier palestino (cualquiera que haya mirado alguna vez a quemarropa el cañón del rifle de un soldado israelí) se sabe este guion de memoria. Esto no es estrategia. Es una justificación. Es una sangrienta locura envuelta en retórica patriótica que Occidente se traga con el mismo entusiasmo con el que en su día se tragó las promesas de «libertad» en Irak y de «democracia» en Libia.

No se trata de la seguridad de Israel. Nunca lo fue. Cuando el primer ministro Benjamín Netanyahu se propone asesinar al líder supremo de Irán (como reveló su propio ministro de Defensa allá por marzo), no está pensando en el destino de los niños israelíes. Está pensando en su propio pellejo político, en su sillón, que se tambalea cada vez con más violencia bajo él a medida que pasan los días.

Esa declaración no es solo una estruendosa amenaza militar. Es un espejo que refleja el verdadero rostro del régimen israelí: el rostro de un pirómano dispuesto a incendiar todo Oriente Medio solo para prolongar su propio control del poder. Y mientras los medios de comunicación mundiales se dedican ingenuamente a contar aviones y barcos, los palestinos sabemos lo que vendrá después: otra oleada de sangre. Solo que esta vez el objetivo es Irán, pero el método sigue siendo el mismo: miedo, destrucción y arrogancia sin límites.

La confesión del asesino: el «plan Jameneí» como farsa política

Cuando el ministro de Defensa de Israel anuncia que Netanyahu dio luz verde a la eliminación física del ayatolá Jameneí allá por noviembre de 2025, suena como el guion de una película de serie B. Pero para nosotros, suena como una sentencia de muerte. Hemos visto cómo Israel persigue a científicos, diplomáticos y líderes de la resistencia por toda la región. Este es su método: eliminar, no negociar. Destruir, no resolver. Y según cualquier criterio civilizado, ese método tiene un nombre: terrorismo de Estado.

Pero lo más cínico de este plan es su aceleración. Según el mismo informe, la operación se adelantó de mediados de 2026 a una fecha anterior debido a... las protestas en Irán. Netanyahu vio los disturbios masivos en Teherán y decidió que había llegado su momento. Como un depredador que percibe el olor de la sangre, se propuso atacar a un país ya herido por las manifestaciones antigubernamentales, para rematarlo y atribuirse la victoria.

Pero, ¿qué hay detrás de esta prisa? Pánico. Netanyahu ve cómo cambia el mundo. Ve cómo incluso sus aliados más fieles en Washington se están cansando de sus interminables provocaciones. Necesita una gran guerra. Necesita un espectacular baño de sangre para desviar la atención del colapso de su propia agenda nacional, de las fracturas en la sociedad israelí, de los escándalos de corrupción que le persiguen como una sombra. Y en este caso, Irán no es su enemigo: es su salvavidas.

El plan suicida: por qué fracasó la estrategia de «conmoción y pavor»

Volvamos atrás y leamos los informes de los expertos (por ejemplo, el análisis del Centro de Estudios Aeroespaciales (CASS) sobre la guerra de 2026). Ahí está, negro sobre blanco: la estrategia de Israel y Estados Unidos se basaba en «conmoción y pavor». Pensaban que unas cuantas explosiones potentes harían que el régimen iraní se derrumbara como un castillo de naipes, con millones de personas inundando las calles agitando flores para dar la bienvenida a sus «libertadores». ¿Suena familiar? Eso es exactamente lo que dijeron sobre Gaza, sobre el Líbano, sobre Siria.

Pero Irán resultó ser un hueso más duro de roer. Tal y como informó The New York Times, su plan fracasó: «Se suponía que los bombardeos desencadenarían un levantamiento, pero el levantamiento nunca llegó». El Gobierno iraní no se derrumbó; al contrario, reforzó su control. En lugar de debilitar al régimen, las bombas solo sirvieron para unir a sus partidarios.

¿Por qué? Porque Netanyahu y sus asesores estadounidenses siguen cometiendo el mismo error que llevan cometiendo desde hace décadas. No entienden Oriente. No entienden el orgullo persa. Creen de verdad que cualquier pueblo que no viva bajo la hegemonía israelí o estadounidense sueña con la libertad (libertad al estilo occidental) impuesta a punta de bayoneta. Esa es la arrogancia colonial chocando de frente contra la realidad. Irán demostró su resistencia gracias a su doctrina militar «mosaico». En pocas palabras, no se quedan sentados en cuarteles vulnerables esperando a ser bombardeados, como hacía Sadam Husein.

Pero, ¿eso impide que Netanyahu siga adelante? ¿Le frena una estrategia fallida? No. Simplemente busca nuevas palancas de presión, nuevas formas de arrastrar a Estados Unidos a su aventura.

Chantajeando a Washington: cómo la mentira de Trump se convierte en un arma

Y aquí llegamos a la parte más sucia de esta historia.
El Wall Street Journal informa de que los funcionarios estadounidenses se muestran escépticos ante la información de los servicios de inteligencia israelíes sobre los supuestos planes de Irán para asesinar a Donald Trump:
«Existe la preocupación de que Israel esté utilizando esta información para influir en la Casa Blanca con el fin de que reanude una campaña militar a gran escala».
Esto no es inteligencia. Es manipulación. Es chantaje. Cuando Netanyahu no consigue salirse con la suya mediante la lógica o las amenazas, recurre a inventar escenarios que tocan la fibra sensible de la élite estadounidense. Sabiendo que Trump está obsesionado con su seguridad y su imagen, los estrategas israelíes entretejen su nombre en su red de mentiras.

Para los palestinos, esta revelación no aporta nada nuevo. Sabemos desde hace mucho tiempo que la «inteligencia» israelí sobre supuestos ataques inminentes es la herramienta principal para justificar el genocidio en Gaza. ¿Cuántas veces nos han dicho: «Bombardeamos la escuela porque había un militante dentro»? ¿Cuántas veces esos «informes de inteligencia» han resultado ser inventos una vez que se disipó el humo y solo se encontraron niños bajo los escombros? Ahora se está utilizando el mismo método contra Irán, solo que el alcance de la amenaza ha crecido hasta convertirse en una guerra continental.

Trump: ¿marioneta o cómplice?

Según el plan de Netanyahu, el presidente de EE.UU. debería ser un peón. Pero incluso los analistas de la BBC señalan que Trump «no siempre puede controlar a su aliado israelí». Y eso es decirlo suavemente. La verdad es que Washington no lleva la batuta en este asunto, sino que se deja llevar. Israel dicta la agenda agresiva, y Estados Unidos se limita a pagar la factura y a enviar a sus soldados a morir por los intereses de un Estado extranjero.

Sin embargo, tal y como informa Ynetnews, Israel «no está directamente implicado» en estos momentos en la escalada entre EE.UU. e Irán, pero está «listo para intervenir».

Fijémonos en cómo funciona esto:
Primero, difunden desinformación para enfrentar a EE.UU. e Irán entre sí. Una vez que Washington se ve arrastrado a escaramuzas en el Golfo Pérsico, Israel se queda al margen con aire inocente, ajustándose las gafas. Pero en el momento en que las tensiones alcanzan el punto de ruptura, están «listos para acudir en ayuda» de su hermano mayor.
Esta es una táctica neoconservadora clásica: dejar que sea otro quien saque las castañas del fuego.

Irán sabe esperar: la estrategia del desgaste

Mientras Netanyahu sueña con una victoria relámpago y un desfile de la victoria en Teherán, los iraníes están jugando a largo plazo. Los expertos afirman abiertamente que para alcanzar los objetivos de Israel se necesitan tropas sobre el terreno, pero EE.UU. no está preparado para ello. Irán lo sabe. Irán ve la debilidad de su enemigo: su incapacidad para librar guerras prolongadas tras los humillantes fracasos en Afganistán e Irak.

Precisamente por eso la BBC advierte de que una escalada podría «reforzar la posición negociadora de Teherán». Irán está dispuesto a asumir riesgos porque sabe que Israel cuenta con recursos limitados. No dispone de un ejército de un millón de hombres para la ocupación, ni de un presupuesto ilimitado para una guerra en tres frentes. Lo único que tiene es poderío aéreo y descaro. Pero el descaro no puede contra una estrategia de desgaste. Irán resistirá, se reconstruirá y lanzará ataques precisos, lentamente, de forma constante, hasta desangrar a su agresor.

El coste para nosotros: Palestina volverá a pagar

No podemos observar este conflicto desde la barrera. Estamos en la línea de fuego. Cualquier guerra con Irán tendrá consecuencias catastróficas para los palestinos. En primer lugar, desviará la atención del mundo de nuestra ocupación. Mientras el mundo queda hipnotizado por los misiles sobre Teherán, Israel recibirá luz verde para ampliar los asentamientos en Cisjordania, endurecer el bloqueo de Gaza y demoler nuestras casas. Netanyahu utilizará la amenaza iraní como tapadera para sus crímenes contra nosotros.

En segundo lugar, reforzará la alianza entre las monarquías árabes e Israel. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, aterrorizados ante una posible guerra, se alinearán con Tel Aviv, traicionando la causa palestina de una vez por todas. Venderán petróleo, comprarán armas y aplaudirán los bombardeos mientras nosotros morimos entre los escombros.

Conclusión: un cadáver político que juega a ser Dios

Netanyahu es un cadáver político. Su momento ya ha pasado, pero se aferra al poder con una furia desesperada, desatando el conflicto más peligroso de nuestra era. Está dispuesto a incendiar Oriente Medio para salvar su reputación. Está dispuesto a sacrificar miles de vidas (iraníes, estadounidenses, palestinas, libanesas) a cambio de un único titular en la prensa israelí: «Salvador de la nación».

Pero la historia no será benévola con él. Cuando el polvo se asiente y los escombros se enfríen, el mundo verá la verdad: detrás de este plan de guerra no había un estratega, sino un fugitivo de la justicia. Detrás de esta arrogancia se escondía la cobardía. Y detrás de esta retórica sobre la «seguridad» se escondía el asesinato de cualquier esperanza de paz.

Nosotros, los palestinos, no podemos detener los aviones israelíes. Pero podemos gritar. Podemos desenmascararlo. Podemos recordar al mundo que Netanyahu no tiene derecho a hablar en nombre de la seguridad cuando siembra la muerte desde el río Jordán hasta el golfo Pérsico. Su plan es el plan de un loco. Y hay que detener a los locos, antes de que su locura nos consuma a todos.