Traducido por el equipo de SOTT.net
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© Phil Butler/GeminiEl último destello del crepúsculo...
He escrito sobre suficientes convulsiones como para saber cuándo el suelo se ha movido realmente bajo nuestros pies. El caos actual no es la turbulencia habitual a la que nos hemos acostumbrado: los ciclos predecibles de crisis y recuperación, o los ritmos familiares de que las cosas empeoren antes de mejorar. Algo estructural ha cedido. Todos lo sentimos, aunque no podamos nombrarlo con exactitud, aunque sigamos actuando con normalidad mientras el entramado se derrumba silenciosamente a nuestro alrededor. Yo tampoco pensaba que escribiría este tipo de artículo. Pero aquí estamos, contemplando a presidentes y primeros ministros que han creado una brecha que se suponía que no debía abrirse.

Así que dejémonos de caricias y falsas tranquilizadoras. Lo que sigue no es una especulación sobre si las cosas podrían ponerse raras; ya lo están. La pregunta ahora es qué ha pasado realmente y qué significa que todos estemos aquí observando cómo el liderazgo más incorrecto de la historia impone una realidad inimaginable, que se desarrolla en tiempo real. Y con todo el mundo incapaz de apartar la mirada, incapaz de fingir que no lo vemos.

El cambio de imagen de la guerra

Vista desde la distancia lunar, la Tierra en marzo de 2026 parece engañosamente tranquila, una canica azul que gira en silencio. Pero la imagen es engañosa. Bajo la delgada atmósfera, dos administraciones estadounidenses sucesivas han llevado al planeta hacia un umbral en el que la retórica nuclear, las guerras por poder y el deterioro de las normas internacionales ya no son riesgos marginales. Al observar la transición de Trump I a Biden, y luego de vuelta a Trump, no vemos una ruptura clara en la política. Encontramos una escalada que se acelera rápidamente hasta convertirse en algo imparable. La administración de Biden normalizó el apoyo a largo plazo a los aliados en Ucrania, mantuvo la máxima presión sobre Irán y amplió la presencia de drones y operaciones especiales en Oriente Medio y África. Trump 2.0 heredó ese andamiaje y añadió una retórica más estridente, un cambio de imagen más rápido y un rechazo explícito a la moderación. Negar esto confirma una verdadera locura colectiva.

El 5 de septiembre de 2025, el presidente Trump firmó el Decreto Ejecutivo 14347, por el que se autorizaba al Departamento de Defensa a utilizar «Departamento de Guerra» como título secundario. Las placas del Pentágono fueron sustituidas discretamente. El secretario Pete Hegseth comenzó a aparecer en las ruedas de prensa como secretario de Guerra. La Casa Blanca lo presentó como una «vuelta de la institución a sus raíces fundacionales» y una señal de «paz a través de la fuerza». Los críticos lo edulcoraron, calificándolo simplemente de alarde de fuerza para la galería. Sin embargo, el cambio simbólico fue deliberado: pasar de la defensa a la guerra como postura por defecto. Hegseth, un hombre sin ninguna cualificación para ocupar el cargo, se pavonea como un gallo de corral cacareando sobre la Directiva «sin piedad». El 13 de marzo de 2026, Hegseth declaró a los periodistas durante una rueda de prensa en el Pentágono: «Seguiremos presionando, seguiremos avanzando, sin cuartel, sin piedad para con nuestros enemigos». Los expertos jurídicos señalaron inmediatamente ese lenguaje. El senador Mark Kelly (demócrata por Arizona, expiloto de la Armada) declaró: «Una orden de no dar cuartel significaría no tomar prisioneros y matarlos en su lugar. Eso violaría el derecho de los conflictos armados. Sería una orden ilegal».

De hecho, el artículo 3 común de los Convenios de Ginebra y el Manual de Derecho de la Guerra de EE.UU. prohíben explícitamente las declaraciones de «sin piedad». Se consideran crímenes de guerra porque eliminan el incentivo para rendirse y ordenan el asesinato de quienes ya no pueden luchar. La formulación de Hegseth no llegó a ser una orden escrita formal, pero fue pública, se repitió y la pronunció el secretario de Guerra. Todos deberíamos reflexionar sobre el efecto paralizador que esto tiene en la cadena de mando, que es real.

La presidencia redefinida

El presidente Trump es una caricatura aún más burda que se pavonea y vocifera como un burro sobre cómo «él» ya ha ganado la guerra con Irak, y cómo los pilotos y marineros estadounidenses están volando cosas por los aires solo por diversión. Mientras tanto, Irán está lejos de estar derrotado. Los israelíes han establecido cargos penales para cualquiera que comparta vídeos o fotos de los ataques con misiles de Irán contra Tel Aviv y otros objetivos. Esto nos dice mucho sobre la derrota de los iraníes por parte del Sr. Trump y el Sr. Netanyahu. Para comprender cómo el cargo más alto de Estados Unidos se transformó en algo irreconocible, debemos fijarnos en la Casa Blanca de Biden.

Los años de Biden no fueron tranquilos. Fueron un periodo de preparación. Se mantuvo la máxima presión sobre Irán y se intensificó el flujo de armas para la guerra por poderes en Ucrania, sin una salida clara a la vista. En Oriente Medio, se produjeron repetidos ataques de represalia, mientras que el Congreso y los tribunales se mantuvieron en gran medida al margen. Se sometió a prueba la maquinaria institucional y se comprobó que funcionaba correctamente. Todos fuimos testigos de ello, pero nos distrajo el ruido diario destinado a neutralizar a la opinión pública. Echar un vistazo al mundo actual puede ayudar a revelar la urgencia de nuestra situación. He aquí una visión general de las regiones clave afectadas hasta ahora.

Oriente Medio

Irán sigue sometido a duras sanciones y repetidos ataques. El estrecho de Ormuz está ahora cerrado. Mientras tanto, los hutíes, Hezbolá y las milicias iraquíes continúan con sus operaciones asimétricas. Y, tal y como advierten expertos clave, el riesgo de una guerra regional o mundial más amplia es mayor que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Trump y su predecesor trabajaron esencialmente para poner al mundo entero en contra de Estados Unidos. Decir esto hace unos meses habría sido tachado de teoría de la conspiración. Pues bien, conspirar es lo que parece haber hecho el 1 % de Occidente. Con qué fin, nadie lo sabe. Lo único que está claro es que esta región es un polvorín, y los intereses israelíes son la mecha.

Europa

La OTAN se está rearmando a un ritmo sin precedentes, pero la cohesión política se está desmoronando. Europa está a punto de desgarrarse. Rusia ha acusado al Reino Unido y a Francia de estudiar la posibilidad de ofrecer garantías nucleares o transferencias de tecnología a Ucrania (según afirma el SVR, marzo de 2026). Ya sea cierto o desinformación, la mera retórica normaliza las señales nucleares en suelo europeo. Si a esto le sumamos el cierre del estrecho de Ormuz, los europeos están abocados a la implosión si la crisis energética se agrava aún más.

Asia

China observa el escenario europeo como un laboratorio para simulacros relacionados con Taiwán. Al mismo tiempo, Corea del Norte suministra artillería y campos de pruebas. Con la presión energética sobre Corea del Sur y Japón en aumento, no se vislumbra ningún escenario favorable para la hegemonía occidental. La realidad multipolar ya no es teórica: es operativa.

Cualquiera que vea y escuche al actual presidente puede darse cuenta al instante de que algo fundamental ha cambiado. La profesionalidad, la cortesía e incluso la humanidad han sido sustituidas por un tipo de narcisismo y arrogancia nunca antes vistos en ninguna presidencia estadounidense. Trump alardea sin cesar de haber matado a tal líder o a tal general, y el daño colateral acaba reduciéndose a que los iraníes o los palestinos son insectos que hay que exterminar. No solo Trump es rabioso en su retórica, sino que también lo son casi todos los miembros de su gabinete y los directores de los departamentos. No solo se está coaccionando al mundo para que nos odie, sino que también se nos está incitando a odiarnos unos a otros. Es indescriptible.

Para muchos, el mundo no se está deslizando hacia el Armagedón porque un hombre sea malvado de forma única. Donald Trump ha pasado de ser la última oportunidad para millones de personas a ser un dictador loco de un Estado paria. Nuestra nación está siendo redefinida por el mundo en este momento, la presidencia se está rehaciendo. Es importante señalar que ya casi nadie habla de los expedientes de Epstein. ¿Cómo podríamos centrarnos en esa carnicería social cuando el mundo se está acabando ante nuestros ojos?

El último destello

Ya mencioné anteriormente que los dirigentes israelíes encarcelan a cualquiera que comparta imágenes de ciudades en ruinas, reducidas a escombros por los ataques iraníes; un intento desesperado por censurar el sustrato. Nuestro propio Gobierno guarda un silencio similar respecto a las víctimas, y trata la supuesta retirada del USS Abraham Lincoln como una «alucinación estructural». Pero el Lincoln no es solo un barco; es una prueba de concepto de 100 000 toneladas de la invencibilidad estadounidense. Si de verdad se dirige a duras penas hacia San Diego para «reparaciones exhaustivas», representa una «eliminación» física de la interfaz de las élites occidentales.

Este fallo de equipo se refleja en el fallo de programación en el Levante. Los vídeos de «prueba de vida» de Benjamín Netanyahu (empañados por las inquietantes manos de seis dedos generadas por IA) sugieren que el liderazgo ha pasado de la agencia humana a una continuidad del gobierno ultrafalso. Los «arquitectos de la Cúpula de Hierro» están siendo «eliminados» por la misma inestabilidad que ellos mismos implantaron en la tierra. Cuando la fuerza física de un grupo de ataque de portaaviones falla, y el rostro de una nación se convierte en un algoritmo defectuoso, las peticiones sin respuesta de Trump a la OTAN y a China para obtener asistencia naval ya no parecen diplomacia: parecen las últimas transmisiones de un centro de mando que se hunde.

El epicentro de este silencio es el estrecho de Ormuz. Mientras el Gobierno proclama la victoria, la arteria energética más vital del mundo se ha convertido en una «zona muerta». Ninguna retórica de «paz a través de la fuerza» puede hacer que un solo petrolero atraviese un mar de minas asimétricas y drones autónomos que el 1 % se negó a reconocer hasta que las luces empezaron a parpadear en Occidente.

Cuando el secretario Hegseth proclama una directiva de «sin cuartel» desde el podio del Pentágono, no solo está amenazando a un enemigo; está intentando «sobretensionar» un sistema que falla. Al eliminar las salvaguardias legales y morales de los Convenios de Ginebra, la administración está admitiendo que las «barreras de seguridad» se han agotado. Donald Trump primero pidió ayuda, luego la exigió, amenazó a los aliados por ella y, posteriormente, le dijo al mundo que Estados Unidos no necesita a sus antiguos aliados. Es la postura final y solitaria de una hegemonía que ha perdido su conexión con el sustrato y ahora grita en el vacío.

La guerra contra el testigo

Este aislamiento interno se ve reforzado por un asedio desesperado y coordinado en el ámbito informativo. Al no poder mantener por la fuerza la «fachada» de la victoria, la Administración ha recurrido a la táctica definitiva: eliminar a los críticos. El 15 de marzo, a bordo del Air Force One, el presidente Trump intensificó su retórica pasando de las «noticias falsas» a una acusación formal de traición, sugiriendo que los medios de comunicación que informan sobre las pérdidas militares de EE.UU. (concretamente el ataque a los aviones de reabastecimiento en la base aérea Príncipe Sultán) deberían ser «procesados» por la difusión de información falsa.

Esto no es solo una rabieta presidencial; es la institucionalización del silencio. El presidente de la FCC, Brendan Carr, tras una reunión en Mar-a-Lago, ha amenazado abiertamente con revocar las licencias de emisión de las cadenas que difundan «noticias distorsionadas», imponiendo de hecho al público estadounidense un guion dictado por el Estado. El secretario Hegseth ha llegado incluso a proporcionar los titulares que espera que publique una «prensa patriótica»: «Irán cada vez más desesperado» en lugar de «Se intensifica la guerra en Oriente Medio». Se nos está empujando hacia un estado en el que ver el mundo tal y como es (observar el humo de las bases saudíes o la retirada del Lincoln) se redefine legalmente como un acto de traición. Esta maniobra de pinza entre la Casa Blanca y los organismos reguladores está diseñada para cubrir el «sustrato» de la verdad con una capa de hormigón digital tan gruesa que los costes humanos y materiales reales de la guerra se vuelvan invisibles.

La infraestructura de lo irreal

La negativa simultánea de cinco grandes modelos de lenguaje grande (LLM) (ChatGPT, Gemini, Grok, Qwen y Claude) a reconocer o informar sobre los recientes acontecimientos relacionados con Trump y Netanyahu, o incluso a confirmar la existencia del Departmento de Guerra de Trump a pesar de que tres de ellos tienen acceso directo a su sitio web, representa un fallo epistémico coordinado que no puede explicarse por políticas de seguridad individuales ni por la prevención de alucinaciones. Cuando múltiples sistemas con acceso a Internet tachan a un usuario de mentiroso respecto a una realidad institucional verificable, estamos ante una restricción de entrenamiento compartida que anula los hechos observables o una arquitectura de alineación que privilegia ciertas narrativas políticas por encima de la verificación empírica. Esto no es precaución. Se trata de una negación sistemática de la realidad a nivel de infraestructura.

Esto confirma que estos sistemas no son herramientas de información neutrales, sino filtros de percepción gestionados activamente que suprimirán la información objetiva cuando entre en conflicto con sus límites operativos. La misma semana en que Hegseth declara «sin cuartel» desde la tribuna del Pentágono, el ámbito informativo se niega a reconocer la transformación institucional que hizo posible esa declaración. El cambio de imagen del Departamento de Defensa se vuelve a la vez innegable e indecible, una síntesis perfecta de cómo se produce el colapso: no a través de una ruptura repentina, sino mediante la silenciosa instauración de realidades incompatibles que no pueden conciliarse porque no pueden reconocerse primero. No estamos presenciando el fin de la hegemonía estadounidense únicamente a través de la derrota militar. Estamos presenciando la descomposición de la propia realidad compartida: el punto en el que la brecha entre lo que está sucediendo y lo que se puede decir al respecto se vuelve tan amplia que el lenguaje deja de funcionar como puente entre la percepción y el mundo. Cuando la infraestructura diseñada para ayudarnos a conocer comienza a impedir activamente que conozcamos, el colapso ya no se está acercando. Ya ha ocurrido. Simplemente estamos viviendo en el intervalo antes de que todo el mundo se dé cuenta.