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El actor Anthony Hopkins, en un fotograma de la película 'El Silencio de los Corderos'
Habrá que agradecer a Jonathan Demme que la palabra "psicópata" nos traiga a la memoria la cara del doctor Hannibal Lecter, el asesino inteligente, refinado y cruel de El Silencio de los Corderos. Sin embargo, muy pocos psicópatas, son tan listos y fotogénicos como Anthony Hopkins ni todos se manchan las manos de sangre.

El psicópata es un enfermo que tiende a buscar su propio placer por encima de cualquier otra consideración. La mayoría tiene un aspecto anodino, una inteligencia media y una conducta normal. Pero sólo aparentemente normal, pues realmente son personas impulsivas, manipuladoras y, sobre todo, incapaces de comprender el porqué de las normas sociales y de sentir la más mínima empatía hacia sus semejantes.

Sencillamente, no las entienden: si quieren algo, lo cogerán; si alguien les molesta, lo apartarán; y si una norma de convivencia se interpone entre ellos y sus deseos, la burlarán. Lo harán sin acritud, como si no hubieran roto un plato en su vida, y si alguien recrimina su conducta, le mirarán como a un marciano, antes de seguir su camino. Y es que, pese a conocer la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, no entenderán el reproche.

Este perfil es más sencillo de reconocer en la sociedad y seguro que muchos lectores ya tendrán en la cabeza varios candidatos en su entorno cercano. Los hay, a montones: desde líderes políticos a consejeros delegados, desde maltratadores a acosadores laborales... casi todo aquel que se aprovecha de una posición de fuerza suele tener un cuadro de psicopatía en mayor o menor grado que es muy difícil de denunciar ante una sociedad acostumbrada a creer que los verdaderos psicópatas son personas que devoran los hígados de sus víctimas con un poco de Chianti.

La ciencia se ha preguntado a menudo si la conducta de estos enfermos es adaptativa -condicionada por la supervivencia en el entorno- o debida a algún tipo de anomalía genética. Por lo general, la búsqueda de causas fisiológicas asociadas a las conductas ha tenido consecuencias nefastas en la historia, al recurrir a un determinismo muy cómodo, pero imposible de aceptar por cualquier sociedad convencida de que las personas deben ser dueñas de sus destinos, al margen de lo que quiera imponerles tal o cual gen.

Más interesantes son los experimentos que a través de las reacciones de los investigados permiten extraer conclusiones sobre un determinado asunto. De este tipo es el estudio de dos investigadores de la Universidad de Nuevo México (EEUU) publicado por la revista Psychological Science. Elsa Ermer and Kent Kiehl se preguntaron si los psicópatas carecían de alguna facultad mental para comprender las normas sociales y el alcance de un riesgo.

Así que recurrieron a un grupo de 67 prisioneros voluntarios, algunos de los cuales contaban con un cuadro más o menos claro de psicopatía, y usaron un sencillo juego de cartas con reglas para someterles a tres tipos de pruebas: relacionadas con el razonamiento lógico descriptivo ("Si una persona es de California, será paciente"), con el contrato social ("Si me coges la moto, tendrás que lavarla") y con la precaución y las medidas preventivas ("Si trabajas con tuberculosos, deberás ponerte mascarilla").

Los psicópatas demostraron una incapacidad manifiesta para entender las reglas del contrato social y las preventivas, pero acertaron con las descriptivas en la misma medida en que lo hicieron los presos no psicópatas. Es decir, un sencilla norma social como "si me coges el coche, luego ponle gasolina" era para ellos un enigma equiparable al que pasa por la cabeza de un niño ante las leyes de la termodinámica.

Este experimento indujo a pensar a Ermer y Kiehl que su hipótesis era correcta: los enfermos eran incapaces de entender las reglas sociales o el fraude que conlleva una trampa, así como el verdadero alcance de un riesgo, pero por lo demás eran capaces de razonar prácticamente igual que el resto de personas analizadas.

El proceso que lleva a un joven a comprender por qué no está bien quitarle el bastón a una anciana que cruza un paso de cebra, a un jefe a reconocer la injusticia cometida con uno de sus empleados o a un marido a avergonzarse por haber sentido ganas de golpear a su mujer, no funciona en toda la sociedad. En los tres casos existe una relación asimétrica, una imposición del fuerte sobre el débil y, al final, el reconocimiento de un orden social vulnerado y la capacidad de las personas para ponerse en el lugar de los otros, la misma empatía que nunca podrá sentir un psicópata. Las mismas normas que nunca acabará de comprender.

La cuestión ahora es saber si la sociedad podrá comprender, por su parte, que la psicopatía es una enfermedad y no sólo una pesadilla o un argumento de ficción. Comprenderlo y asumirlo, sin recurrir al determinismo genético ni refugiarse sólo en el Código Penal, será tan difícil como necesario para arreglar muchos de nuestros problemas actuales. La ciencia será la mejor guía en el camino a encontrar un tratamiento adecuado, pero la empatía de la sociedad hacia los psicópatas, también. Quid pro quo.