"La paz es una ilusión mentirosa, y la justicia una filosofía de brasas apagadas.El poder blando se atribuye de forma totalmente errónea al profesor Joseph S. Nye. En realidad, esta técnica suave, esta capacidad de seducción, este poder de convencer, es tan antigua como el mundo. Hassan Hamadé nos recuerda que así conquistaron los fenicios el Mediterráneo. Pone los ejemplos chinos de Mao Zedong proponiendo, en 1946, copiar el modelo político de Estados Unidos y de Deng Xiaoping llevando un sombrero tejano. En última instancia, no fue Washington quien tomó el control de China, sino Pekín quien invadió la economía occidental. El poder blando no consiste en abrumar a tus interlocutores con películas de Hollywood, sino en adoptar sus códigos para aprovechar sus ventajas.
No hay justicia sin equilibrio de poder, ni paz sin enfrentamiento entre terrorismo y terrorismo."
- Abou el-Kacem AChabi
Estos son los versos que me vinieron inmediatamente a la mente cuando seguí la visita del presidente chino Xi Jinping a Rusia, con motivo del 80 aniversario de la victoria soviética en la Gran Guerra Patria contra la Alemania nazi -apoyada entonces por la mayoría de los "europeos".
Como si nuestro hermano fenicio, Abou el-Kacem AChabi, el célebre poeta tunecino, autor del himno eterno "cuando el pueblo decide vivir... ", influido por Khalil Gibran y Elia Abu Madi -marcado por la experiencia de los escritores e intelectuales levantinos en el exilio a pesar de su corta vida (1909-1934)-, como si AChabi hablara hoy, indignado por las disputas en torno al destino de Palestina y, a través de ella, al de todo el mundo árabe ausente de sí mismo, desprovisto de razón, vaciado de voluntad, [se] resignara a una servidumbre vergonzosa y a la desaparición de su dignidad. Un mundo que sigue repitiendo dos mentiras -la de la paz y la de la justicia- como si nadie viera la magnitud, la gravedad y la responsabilidad árabe en el proceso genocida llevado a cabo por el sionismo para borrar por completo todo rastro de Palestina: la deshumanización de su pueblo, la destrucción total de la vida y la aniquilación de su alma.
A través de estos versos de poesía, nuestro hermano AChabi parece lanzar una seria advertencia en la situación actual: una falsa paz siempre prepara más injusticias, porque la justicia tiene sus propias condiciones, la primera de las cuales es la fuerza indispensable para la autodefensa de las víctimas. También advierte de esta verdad estratégica: lo que se está infligiendo a Palestina y a su pueblo se infligirá, tarde o temprano, a todos los países árabes, uno tras otro. La Nakba palestina que se prolonga desde 1948 es necesariamente el preludio de otras Nakba. Este triste destino parece inevitable, a menos que los pueblos árabes decidan liberarse de las ruinas de la humillación, la sumisión y la vergüenza, y levantarse de nuevo.
Existen varios caminos para la recuperación, como el que ha seguido China a lo largo de su historia contemporánea, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la inminente conclusión de su propia gran guerra de liberación nacional.
Sí, una guerra de liberación nacional, como la que en su día libró Rusia.
Cada una de estas dos victorias tuvo un impacto directo en el panorama estratégico mundial, beneficiando a todos aquellos que trabajan seriamente para liberarse del yugo colonial y alcanzar la libertad y la dignidad a través del desarrollo socioeconómico. El desarrollo es la condición primordial para la independencia, la soberanía y la libertad.

Cabe recordar que China, India y Japón formaban parte de los 29 países fundadores de esta organización y estuvieron presentes en la conferencia de Bandung (Indonesia), junto a Egipto, Líbano, Siria, Pakistán, Irak, Arabia Saudí, Sudán, Turquía, etc. También cabe señalar que esta organización acaba de celebrar su septuagésimo aniversario en abril de 2025.
Baste señalar aquí que el mundo de ayer -el de antes de la unipolaridad- era mucho mejor que el de hoy, por dos razones:
El Sur Global estaba entonces inmerso en luchas por la liberación nacional y la independencia. En aquella época, los pueblos empezaban a abrirse los unos a los otros, a ayudarse mutuamente, a compartir una conciencia común del destino, favoreciendo así la cooperación al desarrollo. Al mismo tiempo, observamos que la aplastante derrota del colonialismo francés en Indochina (batalla de Dien Bien Phu en 1954) coincidió con el estallido de la gran guerra de independencia en Argelia, que costó la vida a un millón y medio de argelinos. ¿Cómo no iban a sentir los argelinos, o los árabes libres bajo la dirección de Gamal Abdel Nasser, una lucha unida con el pueblo vietnamita y los demás pueblos de Indochina?
La multipolaridad de aquella época permitió imponer límites a las potencias coloniales, obligándolas a defender sus intereses con mayor brutalidad, pero a veces a retroceder ante el avance intransigente de los pueblos libres. Por el contrario, el mundo unipolar actual, dominado por una sola potencia, se ha revelado como de un salvajismo sin precedentes, pisoteando los derechos de los pueblos, practicando una política de exterminio fría, brutal e ininterrumpida.
En ambos contextos, China ha desempeñado un papel singular. A lo largo del siglo XX, luchó por salir de las Guerras del Opio impuestas por las potencias occidentales (Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos) y expulsar a sus ejércitos de su suelo. Después, libró una lucha por definir su identidad política y establecer un sistema capaz de resistir las agresiones externas que golpearon el corazón mismo del tablero político interno de China, especialmente a través del apoyo occidental al líder nacionalista Chiang Kai-shek.
En ese momento se formó en el corazón de China la línea divisoria entre Oriente y Occidente: los comunistas, apoyados por la URSS de Stalin, contra los nacionalistas, apoyados directamente por Estados Unidos y, tras ellos, el bloque occidental. Esto sin mencionar siquiera la escisión sino-soviética, ni las adversidades que se derivaron de ella, ni lo que algunos consideraron más tarde un alineamiento de China con Estados Unidos...
Hasta que China empezó a defender sus intereses vitales mediante la guerra blanda. Sí, la guerra blanda de la que Estados Unidos habla mucho, mientras que los chinos la practican con finura y estrategia.
Esto puede parecer sorprendente, dado que tendemos a suponer que sólo Estados Unidos tiene el monopolio de esta forma de guerra. Pero en realidad es todo lo contrario. ¿Cómo se explica esto?
La Segunda Guerra Mundial aún no había terminado y el presidente Roosevelt todavía no había abandonado la escena. Es decir, durante las Conferencias de Yalta y Potsdam, el líder comunista chino Mao Zedong y su compañero Zhou Enlai se enteraron de que el general estadounidense George Marshall -el iniciador del plan de reconstrucción europeo- estaba en China y deseaba reunirse con los líderes comunistas.
Marshall no había venido como jefe de un ejército, sino como emisario oficial de la Casa Blanca. La noticia cayó como un trueno sobre los dirigentes revolucionarios chinos, atrincherados entonces en los confines del país. Mao pidió inmediatamente a Zhou Enlai que recibiera al general y pronunciara un inesperado discurso.
Se produjo el encuentro cara a cara. Desde el primer apretón de manos, Marshall recibió una conmoción de la que nunca se recuperaría del todo, ni como militar ni como consejero de Roosevelt, papel en el que se decía que tenía tanta influencia como la propia Primera Dama Eleanor Roosevelt.
Zhou Enlai saludó al general con sorprendente calidez, dejándole atónito. Luego, con una calma desconcertante, declaró:
"General, el camarada Mao le envía saludos. Admiramos su experiencia política y sentimos curiosidad por conocer mejor su sistema. El camarada Mao desea incluso viajar a Estados Unidos para entrevistarse con el presidente Roosevelt. Esperamos comprender su modelo, cooperar y tal vez adaptarlo a nuestras circunstancias locales."Marshall, visiblemente disgustado, escuchó sin poder ocultar su consternación. Se limitó a dar las gracias al revolucionario chino por la calurosa acogida y prometió informar fielmente de este mensaje a Washington.
Regresó a la Casa Blanca en el estado de un general coronado por la victoria, llevando en su maletín una propuesta histórica capaz de transformar el orden mundial. Pero... Eleanor Roosevelt rechazó inmediatamente la oferta china, insistiendo en la necesidad de seguir apoyando al general nacionalista Chiang Kai-shek, e incluso de reforzar esta relación.
Imaginemos por un momento las convulsiones geopolíticas que podrían haber resultado de una aceptación estadounidense de esta mano tendida china. Obviamente, Eleanor Roosevelt estaba expresando sus convicciones, compartidas por las esferas de poder de lo que hoy se denomina el «Estado profundo» -incluidos el mundo de las finanzas, el complejo militar-industrial, Hollywood y los medios de comunicación dominantes.
Discuto este episodio histórico en detalle para deconstruir una idea errónea muy extendida: la que atribuye únicamente a Estados Unidos la paternidad de la estrategia de «poder blando». En realidad, Washington no tiene ni el origen ni la exclusividad, simplemente ha usurpado la patente.
De hecho, fue China quien intentó entablar un diálogo con Estados Unidos, pero éste reaccionó con una brutalidad incomprensible, al menos en apariencia.
El tiempo pasó. Las alianzas cambiaron. La animosidad entre China y la Unión Soviética se acentuó. Washington, presintiendo una oportunidad geoestratégica, se vio en la "necesidad" de abrirse a Pekín.
Y así comenzaron las históricas visitas del Consejero de Seguridad Nacional Henry Kissinger bajo la presidencia de Richard Nixon. Kissinger fue el primero en darse cuenta de la magnitud de la ignorancia estadounidense sobre la cultura y la historia chinas.
Incluso antes de su encuentro con Mao, Nixon tuvo que recurrir al escritor francés André Malraux -amigo íntimo y de confianza del general Charles de Gaulle- para que le ilustrara sobre el pensamiento chino y las sutilezas del diálogo con Pekín. Esto lo dice todo: ni los think tanks, ni la experiencia diplomática estadounidense, ni siquiera Kissinger, habrían sido suficientes sin esta aportación externa.
Todo esto ocurría en 1972, al comienzo de la llamada era de la "distensión", que marcó una relativa relajación de la Guerra Fría.
China, ¿ese mundo «desconocido»?... Sí, podemos decirlo - y afirmarlo. ¿La prueba? A finales de los años setenta, cuando el nuevo dirigente chino, Deng Xiaoping -arquitecto de las "Cuatro Grandes Reformas" tras haber destituido a la tristemente célebre "Banda de los Cuatro"- lanzó la era de la cooperación con Estados Unidos. Fue a Washington bajo la presidencia de Jimmy Carter. Luciendo un sombrero de cowboy y una amplia sonrisa, hizo reír a Estados Unidos... que creyó ingenuamente que China acababa de caer en las garras del Tío Sam.
Pero con el tiempo, Estados Unidos se dio cuenta de que no había entendido nada de la psicología china. Y ello a pesar de sus estrechos vínculos con Taiwán, la isla nacionalista que la arrogancia estadounidense había promovido en su día como único representante legítimo de China, llegando incluso a reservarle el asiento que debería haber correspondido a Pekín en la ONU, mientras negaba a China continental el derecho a existir diplomáticamente. Las risas de ayer se convirtieron entonces en asombro, pesar y consternación.
Lo que resulta aún más asombroso es que nadie -ni en Estados Unidos ni en ningún otro lugar de Occidente- hubiera establecido la conexión entre la propuesta de Mao Zedong a Roosevelt (ya mencionada) y la dirección estratégica iniciada por Deng Xiaoping. Nadie ha visto que, incluso entonces, hace 46 años, casi medio siglo, China estaba lanzando su propia estrategia de guerra blanda.
Y, sin embargo, hasta el día de hoy, intelectuales, periodistas, diplomáticos, expertos estratégicos y otros de su calaña hablan del «poder blando» como un concepto exclusivamente estadounidense. Discuten, predicen, analizan y teorizan sin cesar, sin siquiera darse cuenta de que los increíbles logros de China en ciencia, economía, sanidad, educación, infraestructuras, ejército y tecnología son todos resultado directo de su guerra blanda.
El espectacular avance de China sobre las potencias industriales occidentales -empezando por Estados Unidos- es una prueba viva y concreta de la eficacia de su estrategia. Por tanto, es legítimo afirmar que la guerra blanda es un invento chino, aunque Washington haya robado el concepto, reclamado su paternidad y ahora lo presente como su propia marca.
La realidad es que la brecha entre ambas potencias se ensancha cada día, en beneficio de China. Una brecha tan profunda como la que separa a Estados Unidos de la Unión «Europea» -o mejor dicho, de los Estados del viejo continente- y de nuevo en beneficio de Washington.
Pero la guerra blanda, según China, es algo muy distinto de la que esgrime Occidente: requiere una actitud suave, un comportamiento tranquilo, no un estruendo continuo y bestial. Basta observar la política estadounidense -sus incesantes amenazas, su recurso al lenguaje de la violencia y la destrucción- para darse cuenta de la diferencia.
Por el contrario, el discurso diplomático chino gira en torno a la cooperación, el desarrollo y el intercambio mutuamente beneficioso, lo que ellos llaman una relación en la que todos ganan. Nada de chantajes con armas letales. Nada de corazón de amenazas. Ya sea bajo Trump, Biden, Obama u otros, «Mr. Washington» amenaza, bombardea, destruye... sólo porque China gana sin disparar un tiro, a través de la paz, la apertura y la cooperación.
Estos son hechos visibles indiscutibles. Hay una diferencia fundamental, de naturaleza, entre los dos modelos.
Basta comparar el alboroto que rodea las posiciones estadounidenses con la imperturbable calma de las de Pekín para medir la profundidad de esta diferencia. ¿Cuántas veces han declarado los presidentes estadounidenses -republicanos o demócratas- la "supremacía estadounidense sobre el mundo"? ¿Y cuántas veces han lanzado amenazas absurdas, irracionales, agresivas y desproporcionadas?
Tantas cosas que China nunca haría.
Quizás el ejemplo más elocuente de la diferencia entre ambos modelos -en términos de conducta y de visión global- radique en las guerras provocadas por el sistema estadounidense, esas guerras permanentes e incesantes destinadas a contener y frustrar el proyecto de las Nuevas Rutas de la Seda lanzado por China.
A este respecto, es esencial centrarse en un precedente histórico de excepcional magnitud, considerado con razón una revolución del conocimiento en la historia de la humanidad: la difusión del alfabeto por la cuenca mediterránea, hacia otros continentes.

Difundieron el conocimiento, construyendo el primer puente civilizacional de la historia entre naciones, culturas y pueblos de la tierra, una experiencia de intercambio basada en el principio de ganar-ganar, que sigue siendo una de las mayores contribuciones de la humanidad a su propio progreso.
La honestidad intelectual exige aquí que rindamos homenaje al historiador y pensador libanés-sirio Youssef Achkar, que descubrió esta dinámica singular y proporcionó una brillante interpretación comparativa. Demostró con acierto que el rechazo fenicio de la guerra como medio de expansión se basaba en una visión cultural profundamente humanista, en la que «el otro» no es un enemigo al que subyugar o eliminar, sino un socio con el que intercambiar, cooperar y dialogar.
Por el contrario, la cultura del Viejo Continente -un continente que incluso robó su nombre a una princesa fenicia, Europa- percibe al otro como un enemigo natural, un ser al que hay que dominar, someter o exterminar. Esta brutalidad cultural, disfrazada de civilización, persiste hasta nuestros días.
Lógicamente, los pueblos herederos del litoral fenicio -especialmente los libaneses- deberían haber asumido con orgullo este legado. Pero demuestran, día tras día, que no comprenden ni su alcance ni sus fundamentos.
El ejemplo más flagrante de esta alienación mental reside en su rechazo a un proyecto estratégico chino: la generosa propuesta de Pekín de reconstruir, modernizar y ampliar el puerto de Beirut para convertirlo en el principal centro comercial del Mediterráneo oriental -un importante pivote del proyecto de las Rutas de la Seda, que habría convertido a Líbano en beneficiario directo de esta visión global.
Pero en lugar de ello, los "genios" libaneses optaron por obedecer obedientemente a las mismas potencias que contribuyeron a la destrucción del puerto, potencias ferozmente opuestas al proyecto chino y decididas a hacer del puerto de Haifa -y no de Beirut- la principal puerta estratégica de la región.
Obviamente, ninguna de las potencias coloniales que participaron en la destrucción del Líbano ofreció nada que se pareciera ni remotamente a la oferta china, esta propuesta estratégica y generosa basada en el principio de "ganar-ganar", donde "el otro" es visto como un socio, no como un enemigo al que hay que eliminar o esclavizar.

«Esta participación», dijo, "cumple los requisitos de la construcción de un orden internacional basado en la justicia. China y Rusia están dispuestas a defender conjuntamente la verdad histórica sobre la Segunda Guerra Mundial".
A esto, el Presidente ruso Vladimir Putin respondió que asistiría a las celebraciones chinas de la victoria contra el «militarismo japonés», afirmando que las dos naciones defenderían conjuntamente la memoria de la Gran Guerra Patria y combatirían conjuntamente las formas contemporáneas del nazismo.
Esta es la situación actual del mundo: cada nación se enfrenta a sus retos según su cultura y su nivel de evolución civilizatoria.
Y a nosotros, en este mundo árabe fragmentado, nos corresponde aprender las lecciones de China y, sobre todo, seguir los consejos de nuestro hermano tunecino Abou el-Kacem Achabi, poeta de los pueblos en busca de vida, dignidad y rebelión contra la injusticia.








Comentario: La civilización se construye sobre la elección... dividir y conquistar o apoyar y levantarse juntos.