Mientras todos miramos Cataluña y su enrevesado conflicto independentista, la España interior es un volcán de malestar social a punto de entrar en erupción.
Protestas de agricultores en Toledo
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Protestas de agricultores en Toledo.
Tiene razón Enric Juliana: mientras todos miramos Cataluña y su enrevesado conflicto, la España interior es un volcán de malestar social a punto de entrar en erupción (en algo teníamos que coincidir lo que el distinguido analista empaqueta como "la tremebunda prensa madrileña" con la barcelonesa, siempre exquisita, plural y ponderada).

El diagnóstico de Juliana en 'La Vanguardia' se completa con el excelente análisis de Carlos Sánchez ("Rebelión en el campo: una tractorada en la yugular de la Moncloa"), repleto de datos reveladores, con uno singularmente impactante: en 2018, Madrid acaparó el 85,3% de la inversión extranjera en España. También Esteban Hernández ha escrito lúcidamente sobre este fenómeno. Cada vez son más las voces que alertan sobre el pavoroso abismo que se abre por días entre las grandes urbes, transformadas en islas de poder y prosperidad, gigantescos aspiradores que succionan población, recursos y talento, y los cada vez más declinantes y desérticos territorios interiores que las rodean. Algo que, más pronto que tarde, producirá una revuelta social seguida de una sacudida política que superará todas las predicciones.

Cuando se formó la actual coalición de gobierno, la mayoría de los analistas señalaron los factores que podrían hacerla fracasar: el descontrol del conflicto de Cataluña, la posible recesión económica, el descontento social por las promesas incumplidas o las contradicciones entre Sánchez y sus socios figuraban en cabeza de los augurios negativos. Hace solo dos meses, nadie se habría atrevido a pronosticar que la bomba que puede hacer reventar este experimento de socialismo populista y nacionalista no vendrá de Cataluña, ni de los centros financieros, ni de los barrios periféricos de las grandes urbes en los que una generación entera ha quedado instalada para siempre en la precariedad vital, ni de una crisis migratoria. Nuestros 'chalecos amarillos' saldrán de las mesetas, del campo y de esas apacibles pequeñas ciudades provincianas en las que nunca pasa nada... hasta que pasa. Teruel Existe no es una anécdota, es un síntoma y un preludio de lo que viene.
Manifestación de agricultores en Toledo.
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Manifestación de agricultores en Toledo.
Por acotar el fenómeno con criterio restrictivo, centrémonos en cinco comunidades autónomas que forman el núcleo de la España interior: Castilla y León, Castilla-La Mancha, Extremadura, Aragón y La Rioja. Ocupan el 52% del territorio nacional, pero en ellas solo habita el 15% de la población. En lo que va de siglo, España ha ganado siete millones de habitantes, pero esas 20 provincias han perdido más de medio millón, la mayoría jóvenes. En muchos de sus pueblos, ya no quedan menores de 15 años. Su densidad de población es de 25 habitantes por kilómetro cuadrado (823 en Madrid). Su actividad económica languidece, ligada a sectores obsoletos. Entre todas, apenas suman el 14% del PIB nacional.

Como explica Juliana, la gasolina del estallido es la crisis agraria, pero es mucho más que eso. Es el miedo a todo: a acabar pagando los platos rotos de la transición ecológica del 'progrerío' urbano. A perder definitivamente el tren del crecimiento económico y de la revolución digital. A quedarse desasistidos sin las ayudas europeas, que los hicieron respirar durante años. El miedo a la incomunicación por la desatención a sus infraestructuras. El miedo a la soledad. Y también las sistemáticas recompensas que reciben los nacionalismos disgregadores y el hartazgo de que aquí solo parezca importar el problema de Cataluña.

El problema añadido es que el Gobierno que Sánchez ha formado es el peor dotado para hacer frente a esta situación. Primero, porque ninguno de los males de fondo que lo causan puede solucionarse mediante decreto ley o conejos que Redondo saque de la chistera. Segundo, porque los partidos de la izquierda gubernamental — especialmente, Podemos — tienen estructuras orgánicas muy débiles en esos territorios. Y, sobre todo, porque su vínculo de dependencia con los insaciables nacionalismos periféricos ata las manos de este Gobierno para alterar las prioridades sin que peligre su supervivencia. Junqueras y Urkullu no han entregado el poder a la dupla Sánchez-Iglesias para que estos se dediquen a ocuparse de los cacereños.

En términos electorales, las provincias de la España interior tienen tres rasgos en común:

En ellas, como en todos los lugares asustados por el futuro, prende con facilidad el mensaje del populismo regresivo. El "Madrid nos roba" con el que Mas y Junqueras engatusaron a muchos catalanes adquiere mucho más sentido hoy en Cuenca o en Zamora. A poco que se descuide la derecha convencional, serán pasto de Vox.

Son territorios de voto muy mayoritariamente conservador. En la elección del 20-N, la derecha obtuvo, en esas cinco comunidades, un 54% de votos frente a un 42% de la izquierda. Solo la fragmentación en tres de la derecha y la concentración del voto de la izquierda en el PSOE crearon el espejismo de una victoria socialista. Pero si se hubieran presentado como dos bloques, el resultado en escaños habría sido abrumadoramente favorable para la derecha.

Por si algo faltara, esas provincias están fuertemente sobrerrepresentadas por el sistema electoral. Les faltan electores, pero les sobran escaños. Entre todas, eligen 79 diputados (un 23% del Congreso, ocho puntos por encima de su porcentaje de población) y un sinfín de senadores. Un rebosamiento del voto a la derecha en la España interior sería irremontable para la izquierda en el resto del país.

La rebelión del voto mesetario es la mayor amenaza para el Gobierno Sánchez-Iglesias, pero es también el mayor problema estratégico para Casado y Arrimadas. O consiguen encauzar el malestar con una política inteligente de oposición institucional o, en la medida en que se empeñen en competir con Vox en el campo del tremendismo, la ola nacionalpopulista los desbordará. Y cuando aparezca la primera encuesta creíble con Vox a la altura o por delante del PP, habrá fiesta mayor en la Moncloa. Porque está cerca el momento en que la versión carpetovetónica del lepenismo resulte ser la tabla de salvación del sanchismo en el poder, y viceversa. Hace tiempo que ambos se percataron de ello.