Traducido por el equipo de SOTT.net

A la escritora y filósofa Ayn Rand se la acusaba a menudo de inventar villanos de cómic.
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Pícaros como Ellsworth Toohey, en «El manantial», tramaban hacerse con el control de la economía mundial en pos de un sentido distorsionado de la justicia.

Pero la gente que defiende esas ideas no aparece solo en los cómics o en las novelas de Rand.

Entran en escena Thomas Piketty y compañía.

A principios de junio, Piketty (el economista francés cuyo trabajo sobre la desigualdad le ha convertido en una especie de estrella del rock, a pesar de ser cuestionado constantemente por errores metodológicos, imputaciones de datos y referencias seleccionadas de forma sesgada) y su numeroso equipo dieron a conocer lo que solo puede describirse como un plan malvado.

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© CopyrightEl economista francés Thomas Piketty se dirige a estudiantes e invitados durante una presentación en el King's College, en el centro de Londres, el 30 de abril de 2014.
Se trata de un programa integral para una reducción controlada a escala mundial, disfrazado con el lenguaje de la justicia climática y la igualdad.

El plan es demasiado ambicioso como para que la mayoría de los países lo acepten.

Pero, dada la influencia de Piketty y su círculo de economistas en los impuestos patrimoniales de EE.UU. y en importantes propuestas políticas a nivel mundial, deberíamos tomarnos en serio sus ideas subyacentes.

El plan de Piketty limitaría el PIB per cápita de los países ricos a unos 69 000 dólares, una cifra muy inferior a los 94 430 dólares actuales de Estados Unidos.

El plan también limitaría el crecimiento económico mundial anual a entre el 0 y el 0,5 %. El señor Piketty asignaría solo un 0,115 % de crecimiento anual a EE.UU., cuyo PIB ha crecido una media de más del 3 % desde 1930. Esto perjudicaría no solo a los multimillonarios, sino a todos los estadounidenses.

El plan impondría una semana laboral internacional de tres días y reduciría la actividad de la construcción en un 70 %, la de la industria manufacturera en un 87 % e incluso la del sector del ocio en un 58 %.

Se aplicarían medidas comerciales masivas y severas contra los países que no cumplieran.

Prevé un «Fondo de Justicia Global» financiado no mediante un impuesto sobre el carbono, sino mediante impuestos globales sobre la riqueza y la renta.

Este fondo sería veinte veces mayor que la actual ayuda al desarrollo y estaría administrado por una nueva burocracia internacional que rendiría cuentas ante Dios sabe quién.

No se dejen engañar por la formación de Piketty como economista.

Esto no es pensamiento económico. Consideremos la total incoherencia que supone basarse en una enorme reserva de riqueza (procedente en su mayor parte de EE.UU.) para la redistribución, al tiempo que se ahoga el crecimiento a largo plazo hasta reducirlo prácticamente a cero. Gran parte del valor de los activos necesarios para financiar este plan quedaría destruido. También resulta inaceptable afirmar que el África subsahariana crecerá un 4 % si aplastamos las economías que proporcionan el capital para sus inversiones y compran sus exportaciones.

Planteémonos la incómoda pregunta: ¿qué se necesitaría para aplicar el plan de Piketty?

Sobre este asunto, resulta convenientemente vago.

Confiscar algo del orden del 10 % del PIB mundial y redirigirlo a través de un organismo supranacional de nueva creación no es algo que se consiga con buenas palabras.

No se puede reestructurar la economía mundial a esa escala sin un aparato coercitivo que eclipse cualquier otro en la historia de la humanidad.

El mecanismo debe ser autoritario.

Se necesitaría un gobierno mundial con el poder de decir a miles de millones de personas qué trabajos pueden y no pueden desempeñar, qué pueden construir, qué pueden comer y cuántas horas se les permite trabajar.

¿Y con qué fin?

El «cambio climático» es una respuesta insuficiente cuando todo el edificio teórico de Piketty se asienta sobre unos cimientos desacreditados. El informe se basa en una referencia del escenario climático «RCP8.5», que prevé un calentamiento de la Tierra de hasta 4,8 grados centígrados para 2100. Pero el mes pasado, el propio grupo de expertos sobre el clima de la ONU descartó oficialmente el RCP8.5 (siempre una estimación en el extremo superior) por considerarlo «inverosímil». Una proyección más realista se sitúa en torno a los 2,7 grados centígrados. Los comentarios en el flujo de X de Piketty lo señalaron de inmediato. Su respuesta, por lo que se sabe, ha sido el silencio.

Eso nos deja con el argumento de la desigualdad. La desigualdad de ingresos a nivel mundial se acerca a su nivel más bajo en 150 años, pero Piketty insiste en que una redistribución radical de la riqueza es esencial para el Sur Global. ¿Y dónde han surgido los multimillonarios y la riqueza en las últimas décadas con mayor rapidez? Resulta vergonzoso, pero los datos de la Base de Datos Mundial sobre Desigualdad de Piketty confirman que ha sido en el sur, el sudeste y el este de Asia. Se trata precisamente de las regiones del Sur Global que han dedicado las últimas décadas a sacar de la pobreza a cientos de millones de personas mediante un crecimiento económico orientado al mercado.

Una de las principales confusiones de la ideología del decrecimiento es que confunde la desigualdad con la pobreza, que, de hecho, son dos cosas muy diferentes. Reducir la desigualdad empobreciendo a todo el mundo no supone una victoria para los pobres. Los miles de millones de personas que siguen a la zaga en la distribución mundial de la renta tienen una única vía realista para salir de esa situación: el crecimiento. Un crecimiento dinámico, impulsado por el mercado y con los derechos de propiedad protegidos es el único camino probado hacia la prosperidad. También es el camino hacia la mejora medioambiental, que cuesta dinero.

El decrecimiento es la creencia más lujosa que existe.

Es una idea concebida por catedráticos titulares en París y expertos de grupos de presión progresistas en Bruselas.

Se trata de personas que ya cuentan con ingresos elevados, viviendas cómodas, una generosa asistencia sanitaria y pensiones, y cuyas ideas supondrían cerrar la puerta a miles de millones de personas pobres.

Los villanos de Rand siempre insistían en que actuaban por el bien común. Siempre tenían planes elaborados. Siempre necesitaban solo un poco más de poder para que funcionara. Y apenas pensaban en las terribles cargas que sus planes impondrían a la gente corriente.

Fuente: The Epoch Times