El intento escenificado de Itamar Ben-Gvir de humillar a Marwan Barghouti puso de manifiesto la impotencia del orden político palestino, pero también dejó al descubierto las inseguridades y ansiedades que alimentan la necesidad israelí de humillar públicamente a los palestinos.

La escena fue posteriormente retransmitida en las redes sociales de Ben-Gvir. Barghouti, demacrado pero sereno, apareció como un cautivo y un símbolo, y su mera presencia transformó el pasillo de la prisión en un escenario donde se podían ensayar los mitos y antagonismos nacionales para el público más allá de los muros.
El encuentro se desarrolló en el contexto de un teatro de humillación más amplio durante los últimos dos años:
Hombres desnudados y conducidos hacia su detención, habitantes de Gaza hambrientos atraídos hacia trampas mortales cerca de los puntos de ayuda, soldados en los puestos de control ejerciendo su poder para mantener a los palestinos esperando, colonos linchando a palestinos en Cisjordania y prisioneros palestinos golpeados y violados.La visita de Ben-Gvir tenía como objetivo consumir el capital simbólico de la confrontación -sosteniendo su imagen política a través del ritual público de la degradación. En esta coreografía, la fuerza no se mide simplemente por las victorias obtenidas, sino por la intensidad con la que los enemigos son sometidos ante la mirada de la cámara.











