Traducido por el equipo de SOTT.netEn los últimos años ha surgido una corriente de pensamiento medioambiental que sitúa a la población en el centro de las crisis ecológicas.

© AdobeStockSuperpoblación
Algunos activistas, entre ellos figuras vinculadas a los movimientos Extinction Rebellion y Stop Having Kids en el Reino Unido y Estados Unidos, han expresado opiniones antinatalistas, argumentando que optar por no tener hijos es una respuesta significativa al cambio climático. El razonamiento es lúcido y, a primera vista, convincente: menos personas debería significar menos consumo, menores emisiones y más espacio para que el mundo natural se recupere.
Pero este argumento pierde fuerza cuando se examina con más detenimiento.
La despoblación, por sí sola, no es una solución ni suficiente ni fiable para los problemas medioambientales. Una vez que se tienen en cuenta cuestiones de tiempo, infraestructura y uso del suelo, la conexión entre el descenso de la población y la mejora medioambiental parece mucho más incierta.
La primera cuestión es la del tiempoEl cambio climático se considera un problema urgente que debe abordarse en las próximas décadas. La disminución de la población, sin embargo, se desarrolla en un horizonte mucho más largo. Incluso si las tasas de fertilidad descendieran drásticamente hoy, el número total de personas seguiría siendo elevado durante décadas debido al impulso demográfico. Las grandes generaciones actuales seguirán viviendo, consumiendo y emitiendo durante todo el período en el que la acción climática es más crítica.
Por este motivo, el impacto de la caída de la fertilidad en las emisiones es mínimo en el horizonte temporal relevante. Los modelos climático-económicos
indican que incluso diferencias sustanciales en el tamaño de la población a largo plazo solo producen variaciones muy pequeñas en las temperaturas globales previstas. Es difícil eludir esta conclusión. El cambio demográfico se produce con demasiada lentitud como para influir de manera significativa en los resultados climáticos a corto plazo. Lo que importa en última instancia no es el crecimiento demográfico, sino la velocidad a la que las economías innovan desarrollando tecnologías que reduzcan la dependencia de las emisiones de gases de efecto invernadero.
Además, a veces se postula que los países que experimentan un descenso demográfico también registran una caída en el consumo de energía. Sin embargo, esta relación suele malinterpretarse. Las caídas en el consumo de energía suelen estar vinculadas al
estancamiento o la contracción económica, más que al cambio demográfico en sí mismo. Cuando las economías se ralentizan, la producción industrial cae, la inversión se debilita y el consumo disminuye. Estas condiciones pueden reducir el consumo total de energía, pero lo hacen debido a la menor actividad económica, no simplemente porque haya menos personas. En este sentido, una menor demanda de energía puede reflejar una recesión más que una mejora medioambiental estructural.
Al mismo tiempo, el descenso demográfico puede generar ineficiencias que empujan en la dirección opuesta. A medida que la población se reduce, los hogares tienden a ser más pequeños y los edificios se utilizan de forma menos intensiva. Una vivienda que antes albergaba a una familia puede acabar ocupada por una sola persona, pero sigue requiriendo calefacción, iluminación y mantenimiento prácticamente al mismo nivel. Esto reparte el consumo de energía entre menos personas, lo que aumenta el consumo por persona.
Se observa un patrón similar en las infraestructurasLos sistemas de transporte, los servicios públicos y los servicios comunitarios suelen estar diseñados para poblaciones más numerosas. Cuando el número de usuarios disminuye, estos sistemas rara vez se reducen al mismo ritmo. En cambio, siguen funcionando por debajo de su capacidad, a menudo con equipos obsoletos que no se sustituyen rápidamente debido a la menor demanda económica.
En estas condiciones, es posible que el consumo energético total no disminuya tanto como se esperaba, y que cada residente que queda represente una mayor parte del mismo.La despoblación, por lo tanto, no conlleva automáticamente una mayor eficiencia y, en algunos casos, puede afianzar patrones de uso energético derrochadores.
La cuestión de la biodiversidad introduce un nivel adicional de complejidadUna expectativa común es que, cuando las poblaciones disminuyan, la tierra quedará abandonada y la naturaleza la recuperará gradualmente. Sin embargo, los datos de Japón (uno de los ejemplos más claros de despoblación sostenida) sugieren que este resultado dista mucho de ser automático.
En una amplia variedad de especies y ecosistemas, la pérdida de biodiversidad continúa independientemente de si las poblaciones humanas aumentan o disminuyen.
El factor decisivo es el uso del sueloEn las regiones que se están despoblando, las tierras de cultivo no vuelven simplemente a ser bosques o hábitats naturales. Algunas zonas quedan en desuso, pero otras se venden para su urbanización o se reconvierten en formas de agricultura más intensiva. El uso urbano del suelo suele seguir expandiéndose incluso en zonas donde la población está disminuyendo, mientras que las tierras agrícolas se reducen sin ser sustituidas por entornos ecológicamente ricos. Estos patrones interrumpen los procesos, como la sucesión natural y la reforestación, que de otro modo favorecerían la recuperación de la biodiversidad. En lugar de un retorno constante a la naturaleza, los paisajes se fragmentan y se vuelven inestables, lo que limita la regeneración ecológica.
Esto ayuda a aclarar un punto importante. La biodiversidad no se recupera simplemente porque disminuya el número de personas. Depende de cómo se gestione la tierra, cómo se protejan los ecosistemas y de si se permite que los procesos ecológicos a largo plazo se afiancen. Sin una intervención deliberada, la despoblación por sí sola puede hacer poco para revertir la pérdida de biodiversidad.
La experiencia demográfica de Japón refuerza esta idea. Tal y como se
analiza en el trabajo de Peter Matanle sobre el «dividendo de la despoblación», la disminución de la población automáticamente no genera beneficios medioambientales. Los resultados dependen de cómo respondan las sociedades ante ella. En Japón, la despoblación rural ha provocado a menudo la erosión de las prácticas tradicionales de gestión de la tierra que en su día sustentaban ecosistemas diversos, mientras que las zonas urbanas siguen concentrando la actividad económica y el uso de los recursos. El cambio medioambiental en este sentido viene determinado menos por el número de personas que por los sistemas en los que viven.
Todo esto apunta en la misma dirección. La despoblación puede influir en las presiones medioambientales a muy largo plazo, pero no aborda sus causas subyacentes. El cambio climático está impulsado principalmente por los sistemas energéticos y la actividad industrial, mientras que la pérdida de biodiversidad viene determinada por el uso del suelo y la gestión ecológica. Ninguno de estos problemas puede resolverse simplemente reduciendo el número de personas.
El atractivo del pensamiento antinatalista radica en su simplicidad. Ofrece una respuesta clara e individual a un problema global complejo. Pero esa simplicidad es engañosa. Los retos medioambientales son estructurales, no meramente demográficos. Sin cambios en la forma en que se produce la energía, se organiza la infraestructura y se utiliza la tierra, una población más pequeña no dará lugar automáticamente a un mundo más sostenible.
Al fin y al cabo, la cuestión fundamental no es cuántas personas hay, sino cómo eligen vivir las sociedades. La despoblación, por sí sola, es un proceso demasiado lento, demasiado indirecto y demasiado incierto como para constituir una solución significativa a las crisis medioambientales a las que nos enfrentamos hoy en día.
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