Traducido por el equipo de SOTT.net

Para quienes no están familiarizados con los intrincados entresijos de la política israelí, la votación unánime de 110 a 0 a favor de disolver la Knesset el 20 de mayo parece ser un acontecimiento trascendental. A primera vista, parece que los días del primer ministro Benjamin Netanyahu y su coalición de extremistas de ultraderecha están contados. La realidad, sin embargo, es mucho más compleja.
Israeli flag
© Cole Keister
La actual implosión política de Israel está fundamentalmente ligada a su incapacidad para escapar de los fantasmas del 7 de octubre. Cuando las defensas militares del país se derrumbaron ese día, Israel pasó de ser un Estado con una formidable reputación como superpotencia regional invencible a uno atrapado con un ejército en apuros, estructuralmente incapaz de ganar de forma decisiva una sola guerra.

Desde el inicio del devastador genocidio en Gaza, ni el Gobierno israelí ni el estamento militar han sido capaces de responder a dos preguntas fundamentales:

Primero, ¿cómo se derrumbó en cuestión de horas el autoproclamado «ejército invencible» del mundo, dejando a todo el Mando Sur — cuya única función era mantener a los habitantes de Gaza sitiados — en un caos total?

Segundo, ¿por qué esa misma maquinaria militar, dotada de ingentes recursos, no ha logrado una victoria decisiva a pesar de la destrucción casi total de la Franja y de la matanza y los heridos sin precedentes que ha sufrido gran parte de su población?

Para complicar aún más el asunto está la patológica negativa de Benjamin Netanyahu a investigar con honestidad tanto el fallo de los servicios de inteligencia del 7 de octubre como la posterior gestión de la guerra de Gaza. En su lugar, se centró por completo en controlar los daños a nivel nacional y gestionar su imagen, marginando agresivamente o despidiendo a funcionarios de inteligencia o a altos cargos de la administración que cuestionaban su versión de los hechos. En lugar de buscar una estrategia de salida viable, Netanyahu utilizó el aparato de defensa como escudo de relaciones públicas.

En consecuencia, las voces de la oposición — lideradas inicialmente por Yair Lapid y su partido Yesh Atid — comenzaron a exigir la dimisión de Netanyahu y la convocatoria de elecciones anticipadas. Lo que comenzó como una previsible repercusión política se convirtió rápidamente en un movimiento popular de gran alcance.

La confianza de la ciudadanía en el Gobierno sigue cayendo en picado. Las recientes encuestas de opinión muestran sistemáticamente que una amplia mayoría de israelíes cree que Netanyahu actúa movido por su supervivencia política personal más que por el interés nacional. Los datos sugieren que, si hoy se celebraran elecciones, su bloque de derecha sufriría una derrota catastrófica a manos de una oposición recién consolidada — concretamente Beyachad («Juntos»), la lista unificada de reciente creación establecida por Naftali Bennett y Lapid.

Netanyahu, cuyo legado como el primer ministro que más tiempo ha permanecido en el cargo en Israel se define ahora por el fracaso estratégico, se encuentra sumido en una profunda crisis personal y política. Sus escaladas deliberadas del conflicto regional no sirvieron a ningún objetivo militar concreto; por el contrario, no hicieron más que poner de manifiesto su desesperación, convirtiendo sus promesas retóricas de «victoria total» en un intento vacío de evitar la fractura de su coalición.

Mientras tanto, el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, aprovecharon la vulnerabilidad de Netanyahu para impulsar sus propias agendas extremistas. Decididos a una rápida expansión colonial, ellos aceleraron la anexión de Cisjordania, impulsaron leyes draconianas para ejecutar a presos palestinos y endurecieron el asedio sobre la Jerusalén Oriental ocupada.

En circunstancias normales, la magnitud del daño interno, económico y diplomático provocado por esta coalición debería haberla destituido del poder. Sin embargo, Netanyahu sobrevivió aprovechando las profundas fracturas sociales y apoyándose en el respaldo incondicional de Washington.

Este escudo de supervivencia se vio reforzado por la impotencia inicial de una oposición política fragmentada y una atmósfera perpetua de guerra que Netanyahu cultivó para acallar la disidencia. Ni siquiera sus juicios por corrupción descarrilaron su carrera; adaptó las instituciones estatales para convertirlas en instrumentos de supervivencia personal.

Sin embargo, la mayor ironía de la política israelí es que la presión no provino del creciente número de bajas ni del aislamiento internacional, sino del servicio militar obligatorio para los ultraortodoxos, o haredim.

Durante décadas, los israelíes laicos se quejaron de las amplias exenciones del servicio militar concedidas a los estudiantes de yeshiva, pero la élite política solía restarle importancia, considerándola una guerra cultural secundaria que podía gestionarse mediante acuerdos políticos a puerta cerrada.

La guerra de desgaste de Israel, desmesurada y en múltiples frentes, rompió por completo ese equilibrio. La cuestión volvió a salir a la luz de forma violenta porque el ejército se quedó, literalmente, sin efectivos. La verdadera gravedad de esta crisis de efectivos quedó al descubierto cuando el jefe del Estado Mayor del ejército, el teniente general Eyal Zamir, rompió explícitamente filas durante una reunión a puerta cerrada del gabinete de seguridad para advertir de que «las FDI se van a derrumbar sobre sí mismas».

Según se informa, Zamir planteó «diez señales de alarma» ante los líderes políticos, afirmando sin rodeos que, tras meses de intensos combates en Gaza, la frontera norte y los teatros de operaciones regionales, el ejército se enfrentaba a un déficit inmediato e insostenible de más de 12.000 soldados de combate.

Durante más de dos años, Netanyahu pospuso una resolución judicial sobre el servicio militar de los haredim. Pero los crecientes reveses militares, especialmente en el frente libanés, hicieron imposible seguir retrasándola.

La oposición busca elecciones mientras Netanyahu se dedica al teatro legislativo, utilizando a sus leales y los procedimientos parlamentarios para ralentizar el proceso.

Sin embargo, este drama político es secundario frente a la crisis más profunda. Ninguna maniobra de coalición puede salvar a un Estado que se enfrenta a un declive estructural. Nada sanará las fracturas de Israel hasta que afronte la causa raíz de su crisis: campañas militares interminables e imposibles de ganar que han devastado Gaza y la región en general.

La crisis que envuelve a Israel es autoinfligida, y no puede haber una paz duradera hasta que la criminalidad profundamente arraigada del Estado y el genocidio y las guerras en curso contra los palestinos y el mundo árabe en general lleguen a su fin.