Paraguay es uno de los países con mayores índices de desigualdad del mundo. Allí reinan las transnacionales del sector financiero y del agronegocio que nunca ocultaron que iban a conseguir la aprobación de las semillas de Monsanto a como diera lugar. La realidad de un territorio sembrado de grandes latifundios y haciendas con asentamientos de labriegos viviendo en carpas.
Paraguay atrapado
© Emilio Meynet
Protesta contra la liberación de semillas transgénicas en Paraguay.

Si bien son avasallantes las evidencias empíricas que indican que el ajuste no es la mejor manera de combatir una crisis de la economía; son muchos los países del mundo que continúan apegados al viejo axioma de que la solución está en mantener el nivel de productividad a través del ahorro en gasto social. Dicho de otro modo: el famoso ajuste.

El mejor ejemplo de esto es Europa, donde Alemania fue el gran vencedor de la trifulca y logró imponer su proyecto de Unión Europea. Convirtió la unidad continental en un ensanchamiento del mercado interno germano para asegurar la primacía de su fuertísima industria tecnológica de punta, que es el espacio donde todavía puede competir contra el gigante angloamericano: City Group, HSBC, Lloyd´s. No así en el terreno financiero, donde vence la banca global.

Pero, si coyunturalmente Alemania se refuerza con el financiamiento chino, se produce ese monstruo que el Financial Times, el diario de la city londinense, tanto teme: Chinlemania, el enemigo a vencer.

En Europa se optó por esa vía. No frenar la producción, pero "reducir costos", es decir, no aumentar salarios, subir la edad jubilatoria, y demás maniobras apegadas al modelo neoliberal. Se culpó al Estado de la demolición de la economía europea, cuando en realidad la burbuja financiera la habían creado los bancos con sus créditos de 120 por ciento del valor de una vivienda de familia y una tasa de interés bajísima, para llevar adelante un confort ficticio durante los años de 1980 y 1990.

Ahora comienza a transitarse, en aquel continente, un período más parecido al Estado de Malestar, como lo denomina el sociólogo español, Manuel Castells. Una estupidez recorre Europa: la idea de que el Estado del bienestar es excesivamente caro y además insostenible porque el envejecimiento de la población conlleva menos activos y muchos más dependientes y, además, más caros estos últimos porque no tienen la decencia de morirse cuando toca.

Castells es bastante claro con sus definiciones: "En el fondo se trata del triunfo de una mentalidad en que la vida es para producir y consumir, y cuando ya no da más hay que eliminar el desecho o reducirles las prestaciones en consonancia con su irrelevancia. Pues, ¿saben qué? En términos estrictamente técnicos, no es así".

Por suerte, América Latina no estaba volviendo a tropezar con esa piedra del ajuste social, sino que, por el contrario se generó un proceso de fortalecimiento del mercado interno, suba del salario mínimo, baja del porcentaje de desempleo, y gran articulación entre el Estado, el capital y el trabajo. A veces con mayor participación del capital extranjero en la manufacturación y veces con mayor autonomía para apropiarse del proceso productivo tecnológico, pero analizar esos matices no es el objetivo de esta nota.

Lamentablemente, y aquí el lado oscuro de la luna, o mejor dicho, de América: no todos los países pudieron continuar con su proceso de cambio. Quien una vez más se ve afectado, y sale como el derrotado de toda esta telenovela de la economía mundial, es el pueblo paraguayo.

El mismo heroico pueblo que fue el primero en llevar adelante un proceso de autonomía económica industrialista serio, de la mano del gobierno de Solano López; proceso cortado por la guerra de la triple alianza y que dejó a esa patria casi sin hombres sobre la tierra. Ahora fue víctima del primer golpe de Estado de la segunda década del siglo XXI en Sudamérica.

De esta manera, si bien el proceso emancipatorio venía librándo batalla con un sinnúmero de obstáculos que lo privaban de profundizarse fácilmente, su soberanía quedó a merced de las transnacionales.

Para mayor precisión, el golpe fue orquestado desde las transnacionales vinculadas a los agroneogcios, y su mayor exponente es la famosa y polémica transnacional Monsanto: de hecho el gobierno de facto de Federico Franco, a quien el pueblo democrático paraguayo no reconoce como presidente, firmó un decreto que habilita la liberación de semillas transgénicas para su entrada y siembra dentro del territorio paraguayo.

Cuando el gobierno de facto no lleva ni siquiera seis meses de administración y ya se da un proceso en el que se consolida la violación de la soberanía nacional, energética, territorial y alimentaria; desde una plataforma político-jurídica que favorece a las corporaciones multinacionales como Monsanto y Río Tinto Alcan; para la apropiación de los recursos naturales del país.

La patria guaraní entiende sobre "las graves consecuencias de los transgénicos y su paquete tecnológico, con pesticidas y herbicidas, al tener un niño mártir en Itapúa, quien falleció a consecuencia del envenenamiento por el Round up"; según indica Adrian Muñoz Pérez en su nota "La soberanía paraguaya a merced de las transnacionales", publicada en el sitio web de la señal multiestatal Telesur.

Según un estudio reciente, en las zonas del Departamento de Itapúa 2 de cada 5 niños nacen con malformaciones; así como con innumerables problemas en la piel, alergias, aumento del cáncer de todo tipo, enfermedades respiratorias y muchos otros problemas de salud que aumentan en sincronía y proporcionalmente con el aumento de la siembra de semillas transgénicas en el país.

Los problemas causantes que conllevan los productos de Monsanto, fueron objeto de un profundo debate en el Paraguay, pero lamentablemente terminó con victoria para la transnacional.

El Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal y de Semillas -Senave-, institución del Estado paraguayo dirigido por Miguel Lovera, se negó a inscribir dicha semilla transgénica en los registros de cultivables, por carecer de los dictámenes del Ministerio de Salud y de la Secretaría de Ambiente.

Durante los meses posteriores, Monsanto, a través de la Unión de Gremios de Producción (UGP), estrechamente ligada al Grupo Zuccolillo que publica el diario ABC Color, lanzó una feroz ofensiva contra el Senave y su presidente por no inscribir la semilla transgénica para su uso comercial en todo el país. Por si las dudas, extendió el zarpazo hacia la primera magistratura del Poder Ejecutivo.

Más entendible es el panorama que se prevé para este país en el año 2013 cuando se observa quienes manejan las finanzas del mismo: el gobierno paraguayo envió al Parlamento el proyecto de Presupuesto de la Nación para 2013 por 11 mil 913 millones de dólares, sin fondos destinados a aumentar salarios, mientras llueven despidos masivos y reclamos sindicales.

El documento incluye la emisión de bonos por unos 500 millones de dólares y un déficit fiscal que alcanza la cifra de otros 656 millones.

En cuanto a la fisonomía que va adquiriendo el país de acuerdo al estado de fuerzas que lo componen, el asunto parece complicarse aún más: La falta de un catastro confiable no permite confirmar cifras globales aunque se maneja el siguiente dato: uno por ciento de propietarios rurales acaparan el 77 por ciento de la tierra cultivable y hasta algunos aseguran la cuasi increíble noticia de que existe un número tan alto de títulos de propiedad irregulares que abarca más que la extensión oficial del territorio nacional.

La batalla por la tierra se mantiene en el día a día del campo paraguayo, en condiciones de desventaja para campesinos sin una sola hectárea o pequeños productores frente a la voracidad de latifundistas protegidos muchas veces por laudos judiciales o intervenciones de la fuerza pública.

En Paraguay se impone el poder concentrado, el ajuste, y el endeudamiento; como en los peores tiempos de Nuestramérica. De seguir así, deberemos sumar a esta población sudamericana a aquellos hombres y mujeres del mundo que los espera el "Estado de Malestar" del que habla Castells.

Por su puesto que, a diferencia de Europa, el control es impuesto por un poder totalmente foráneo, pero en alianza con una oligarquía local que lo aprueba y abre sus puertas. Oligarquía que, como decía Jorge Abelardo Ramos -un historiador argentino de la llamada izquierda nacional- es capitalista, en tanto afán por la acumulación; pero no es burguesa, sino más bien rentista, y la parte del agregado de valor se la deja al extranjero.

Eso priva a Paraguay de acompañar a otros países de la región en este proceso que comienza a sustituir importaciones y nacionalizar una porción del proceso productivo para generar riqueza interna.

El Estado de bienestar en Europa tampoco fue un regalo de gobiernos o empresas. Resultó en el periodo 1930-1970 -según países- de potentes luchas sociales que consiguieron renegociar las condiciones del reparto de la riqueza. Y como resultado se estableció una paz social que permitió centrarse en producir, consumir, vivir y convivir.

Hoy se cuestionan las bases de esta convivencia. Mal cálculo para sus promotores. Porque la destrucción deliberada del Estado de bienestar conducirá a la entronización de un Estado de malestar de siniestros perfiles.

Paraguay, de seguir con este gobierno de facto, jugará este juego que no le pertenece -la pugna entre la Unión Europea, el capital angloamericano y el Tea Party- por estar subordinado a uno de estos actores. Pero también pone a prueba a la solidaridad regional que tantas veces logró vencer, el acompañar en la remontada al pueblo guaraní, para construir un nuevo Paraguay, junto a esta nueva Latinoamérica que encuentre su bienestar social real.