Contra lo que se cree, los españoles respetaron los privilegios a los cerca de 10.000 miembros de la nobleza inca que acumulaban prestigio en Cusco. Sin embargo, el mestizaje y el paso del tiempo hizo que cada vez les fuera más difícil comprobar su origen sagrado. En la actualidad, expertos debaten sobre si aún es posible rastrearlos.
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La caída del Imperio Inca en 1533 y la conquista española no lograron hacer desaparecer varios de los elementos más arraigados de esta avanzada civilización en la vasta región de los Andes en Sudamérica, que los incas dominaron durante los siglos XV y XVI. Uno de ellos era la existencia de títulos nobiliarios que, contra lo que se cree, fueron respetados por los europeos que se asentaron en la zona.

En conversación con Sputnik, la historiadora peruana Rocío Quispe-Agnoli, docente e investigadora de la Universidad Estatal de Michigan, apunta que, en la primera etapa de la colonización, los españoles aceptaron los privilegios de los que ya gozaban los integrantes de la nobleza inca y sus descendientes.

Al igual que en otras civilizaciones, la nobleza inca estaba integrada por familias vinculadas con los gobernantes por vía sanguínea. A la familia de cada soberano se la conocía como panacas o panakas. También se destacaban los orejones (mote colocado por los españoles al ver los grandes aros que llevaban en las orejas), allegados a la nobleza pero que pertenecían a etnias incorporadas al imperio.

Según estimaciones históricas, los nobles incas eran cerca de 10.000 antes de la caída del imperio, cuando las tropas del conquistador Francisco Pizarro asesinaron a más de 20.000 incas y capturaron al inca Atahualpa, soberano en ese momento.

El dominio español reconoció a esta realeza inca y lo consideró, desde el inicio de la colonización, como una nobleza dentro de su grupo étnico. Esa situación permitió a los incas nobles mantener una cierta posición de privilegio en relación al resto de los incas, explicó Quispe-Agnoli.

Sin embargo, los descendientes de los incas nobles no corrieron con la misma suerte ya que, debido a los procesos de mestizaje, vieron cada vez mayores dificultades para probar su pertenencia a castas nobles. Su estatus ya no tenía la misma valoración para los españoles, ya organizados a través del virreinato del Perú.

Quispe-Agnoli recuerda que el mestizaje siempre tuvo una connotación despectiva para los españoles, que adaptan a humanos términos utilizados en animales como mulato de mulo. "Se traslada a este campo de dominaciones raciales o étnicas y a fines del siglo XVI, mestizo es un término indeseable, un insulto", acota.

"No era tanto que fueras de padre y madre de diferentes grupos raciales. Mestizo se identificaba con ilegitimidad, nacido fuera del matrimonio. Entonces llamarte mestizo era como llamarte bastardo. Era una cuestión de moral, atado a la cuestión religiosa", agrega la académica peruana.

En virtud de esto, las sucesivas descendencias de aquellos nobles incas ya no gozaban del reconocimiento español que habían tenido los primeros. Su estatus ya no tenía la misma valoración para los españoles, ya organizados a través del virreinato del Perú.

Un ejemplo de eso son Huáscar y Atahualpa, los hijos de Huayna Cápac, el antepenúltimo emperador inca (1493-1525). Si bien fueron los últimos en gobernar a los incas — Huáscar entre 1523 y 1532 y Atahualpa entre 1532 y 1533 — los españoles, ya instalados en la zona, les pidieron documentación para demostrar que eran descendientes de su padre, quien, según estimaciones históricas, tuvo cerca de 300 hijos.

La suerte de Atahualpa quedó sellada en 1533 cuando, tras meses encerrado en un cuarto en Cajamarca y mantener diálogo con Pizarro, el español lo ejecutó a pesar de haber llenado dos veces la habitación en la que vivía, una vez con oro y dos veces con plata.

Los que probaban su ascendencia y los 'impostores'

Los españoles establecieron un mecanismo para que los descendientes de la nobleza inca comprobaran su filiación y pudieran ser reconocidos como hijos de incas, basado en testigos que permitían reconstruir las genealogías.
"Cuando el proceso tenía éxito, [el emperador español] Carlos V lo reconocía públicamente mediante una cédula real, donde otorgaba privilegios y un escudo de armas. Se les consideraba igual que a los hidalgos españoles", explica la historiadora.
En el siglo XVI, la nobleza inca tenía los mismos privilegios que los nobles españoles. Por ejemplo, podían identificarse con escudos de armas, que "son híbridos con elementos de la heráldica española pero también elementos andinos".

Otros beneficios destinados a los nobles eran pensiones de las cajas reales, sirvientes indígenas, poder llevar espada y moverse en calesa. "El hecho de llevar capa y espada, eso era de noble, poder llevar delante de tu nombre el apelativo don o doña, como marcador social", relata la historiadora.

De todas formas, la razón principal por la que muchos descendientes de incas querían probar su pertenencia a la nobleza, era que los nobles no pagaban impuestos. "Esa fue la motivación que siguió hasta el siglo XVIII de seguir pidiendo reconocimiento real", explica Quispe-Agnoli.

Las atractivas exoneraciones fiscales para los descendientes de la nobleza inca hizo, según la historiadora, que comenzaran a surgir las "imposturas", es decir, personas que presentaban pruebas falsas de su ascendencia. La reiteración de esta estrategia provocó que, sobre el siglo XVIII, los virreyes comenzaran a dudar sobre la autenticidad de muchas solicitudes.

Quispe-Agnoli mencionó el ejemplo, estudiado por la historiadora de arte Natalia Majluf, de Manuela Tupac Amaru, que a finales del siglo XVII "se presenta como descendiente directa de Tupac Amaru I, que es el último hijo de Manco Inca".

Tupac Amaru I, el último de los rebeldes de Vilcabamba (los cuatro soberanos incas que se opusieron a los españoles tras la caída de Atahualpa), fue apresado y ejecutado por el virrey Francisco de Toledo en 1572, cuando "crea la narrativa de 'he terminado con el linaje de los Incas', pero eso no fue así", sostiene la académica. El prestigio de Tupac Amaru hacía que afiliarse a su figura fuera muy importante.

Manuela Tupac Amaru logró convencer a las autoridades coloniales de la época que ella era descendiente directa de Tupac Amaru I, lo que le permite asegurarse una serie de privilegios que mantuvo su familia durante casi 100 años. "Manuela Tupac Amaru, era una impostora, eso se sabe hoy en día", acusa Quispe-Agnoli.

Es así que ser descendiente en línea directa de varón — que era muy importante para la genealogía española — de un rey inca termina de desvalorizarse hacia finales del siglo XVIII.

Una nobleza en decadencia

En 1810 empiezan los movimientos independentistas y con el nacimiento de las repúblicas se finiquitan todos los títulos de nobleza, desapareciendo todos los títulos incas también.
"Cuando suceden las independencias, en el caso de Sudamérica, se terminan todas las noblezas y eso también aplica para los nobles incas, quienes pasan a ser alguien del común y no tienen ningún poder político ni nada", afirma Quispe-Agnoli.
Si tienen alguna posición de poder ya no es por su calidad de exnoble inca, sino porque se posicionaron en otros lugares. "Pueden tener tierras, se convierten en hacendados, otros son intelectuales, otros artesanos", amplía la experta.

Rastrear el linaje hoy en día es posible "pero es un trabajo de hormiga", afirma la historiadora. "Legalmente los descendientes dejan de existir con el fin de la colonia. No puedes firmar, ni marcar en tu documento 'yo soy' descendiente directo, luego de las independencias", apunta en ese sentido.

Lo que sí existe, sin embargo, son familias en diferentes zonas de los Andes que han mantenido la historia oral de generación en generación, a lo mejor tienen artefactos o documentos.

Con el objetivo de realizar ese "trabajo de hormiga" es que, en 2009, el investigador neerlandés Ronald Elward Haagsma visitó Perú. Para el europeo era posible encontrar a los descendientes de los herederos de los gobernantes incas y establecer qué había sucedido con ellos.

Haagsma asegura que en la actualidad hay 50 familias descendientes de la nobleza inca, agrupadas en los actuales distritos de San Sebastián y San Jerónimo, en Cusco. Durante su trabajo, reflejado en el libro Los incas republicanos que se publicó en 2020, el investigador logró contactar con 35 de estas familias.

Sin embargo, Quispe-Agnoli se muestra escéptica con respecto a poder establecer fehacientemente la ascendencia noble de estas familias. "Yo dudo, para mi no hay suficiente evidencia. No quiero ofender a nadie", acota.
"Es interesante que quieran identificarse como descendientes de un linaje inca, todavía tiene un prestigio, pero no tiene ningún poder. Es prestigio simbólico, de un pasado totalmente idealizado que ya no existe. Los incas puros ya no existen, somos todos mestizos", concluye la historiadora peruana.