Traducido por el equipo de SOTT.netMucho después de que los combates hayan terminado, los residuos tóxicos de la guerra siguen envenenando a las comunidades y al medio ambiente.

© European Union/Copernicus Sentinel-2/Handout via ReutersUna imagen de satélite muestra lo que parece ser un vertido de petróleo que cubre decenas de kilómetros cuadrados cerca de la isla de Kharg, en Irán, el 6 de mayo de 2026
La guerra se mide, ante todo, en vidas perdidas, familias desarraigadas y barrios reducidos a escombros. Pero también hay consecuencias mortales que a menudo se ignoran. La contaminación causada por la guerra puede extenderse sobre las ciudades, contaminar el agua y el suelo, y afectar a la salud pública mucho después de que los combates hayan terminado. Este es el caso de la guerra de Irán.
Las seis semanas de bombardeos en Irán y el Golfo, que incluyeron ataques contra la infraestructura energética, ya han dejado su huella.
Los tanques de combustible en llamas lanzan partículas tóxicas al aire, mientras que los escombros, las escorrentías y los residuos de petróleo amenazan las aguas costeras y los ecosistemas marinos de todo el Golfo, donde la contaminación puede extenderse mucho más allá de la zona de ataque inmediata.
La región ya ha visto antes cuánto tiempo pueden durar esos daños.
Durante la Guerra del Golfo de 1991, las fuerzas iraquíes en retirada incendiaron más de 600 pozos de petróleo kuwaitíes. Durante meses, un denso humo cubrió los cielos, causando una contaminación atmosférica generalizada, la contaminación del suelo y de las aguas subterráneas en todo el Golfo,
y una generación de consecuencias para la salud.Las
Naciones Unidas consideraron posteriormente gran parte de esa destrucción como
daños indemnizables: a través de la Comisión de Indemnización de las Naciones Unidas, Irak acabó pagando más de 50 000 millones de dólares por los daños relacionados con los incendios de petróleo, la contaminación marina y la pérdida de ecosistemas.