El elocuente estratega imperial que contribuyó al desastre afgano en los ochenta y propuso en los noventa trocear Rusia en tres repúblicas.
Zbigniew Brzezinski

Zbigniew Brzezinski
El 27 de mayo murió Zbigniew Brzezinski, ex consejero nacional de seguridad del Presidente Jimmy Carter, y uno de los estrategas imperiales mas conocidos de Estados Unidos. El inocente obituario que este diario le dedicó al día siguiente afirmaba que "su agenda fue valiente y ambiciosa" y que Brzezinski, "no era un hombre belicista". Los obituarios en otros periódicos, por no hablar de los de Estados Unidos, fueron casi tan kafkianos como los dedicados en su día a Richard Holbrooke, aquel otro gigante que se nos fue. Por ahí ninguna sorpresa.

Brzezinski fue uno de los artífices de la guerra de los treinta años (en realidad 38) de Afganistán que todavía dura hoy. Hasta los años ochenta aquel siempre violento e irreductible país asiático fue, militarmente hablando, un atávico universo de trabucaires. Brzezinski y los paquidérmicos generalotes del ejército soviético lo dotaron de las armas más modernas y lo convirtieron en primera línea del frente de la guerra fría, con el criminal resultado de destrucción y carnicería que hoy se mantiene.

El miedo a perder una frontera meridional segura en Asia Central, y la desinformación que llegaba a Moscú desde cruenta pelea interna entre las dos facciones del partido gobernante en Afganistán (PDPA), determinó la decisión intervencionista de Moscú, que fue adoptada en el mayor de los secretos y sin consulta alguna con expertos del KGB y del Ministerio de exteriores, según pude constatar años más tarde. Los cañones de los blindados que en diciembre de 1979 entraron en el país desde Uzbequistán, Tadzhikistán y Turkmenistán, no tenían más de 30 grados de alzada y eran completamente inútiles en los desfiladeros del Hindukush. El ejército soviético estaba compuesto por jóvenes reclutas sin preparación, mal alimentados y sin motivación, frecuentemente sometidos a crueldades por sus propios compañeros más veteranos. Aquella guerra fue para ellos -por no hablar de la población civil afgana- una pesadilla.

Por parte occidental se acababa de asistir al terremoto de la revolución iraní que restaba al principal aliado en la estratégica región energética del Golfo Pérsico y se hizo toda una leyenda acerca del deseo del oso ruso de mojar sus botas en las "cálidas aguas" del Océano Índico. Recuerdo haber leído los ecos de aquel mito washingtoniano en la columna de un periodista de El País, que entonces era un diario más serio que el inservible producto actual.

Desde hacía tiempo el servicio secreto pakistaní apadrinaba operaciones de sabotaje en las repúblicas centroasiáticas de la URSS, generalmente en zonas fronterizas con Afganistán. Brzezinski organizó la financiación y el rearme del universo tribal afgano desde Pakistán bien antes de la intervención soviética de diciembre de 1979, tal como reconoció en 1998 en una célebre entrevista con el Nouvel Observateur, otro medio que entonces aun se podía leer. La directiva de asistir clandestinamente a los opositores al régimen de Kabul se firmó el 3 de julio de aquel año, es decir cinco meses antes de la intervención soviética.

"Ese día escribí una nota al presidente en la que explicaba que en mi opinión esa ayuda provocaría una intervención militar de los soviéticos", declaró Brzezinski a los periodistas de Le Nouvel Observateur. Preguntado sobre si se arrepentía de aquello, sobre todo a la luz del impulso que recibió el integrismo islamista armado ("futuros terroristas") respondió: "¿Arrepentirme? ¿De qué? Fue una excelente idea que atrajo a los rusos a caer en la trampa. ¿Qué es más importante para la historia mundial los talibán o la caída del imperio soviético? ¿Algunos locos islamistas o la liberación de Europa central y el fin de la guerra fría?".

La guerrilla afgana tuvo sus santuarios en las cuevas y túneles a prueba de bombas construidos con ayuda de la CIA en las montañas Spin Ghar de la provincia de Nangarhar, lindante con la turbulenta frontera noroccidental de Pakistán. Brzezinski se fotografió allí, junto al célebre Khyber Pass, disparando hacia territorio afgano con un Kalashnikov. El pasado13 de abril, un mes antes de su muerte y 38 años después de aquello, la aviación de Estados Unidos lanzó contra aquel complejo de cuevas y túneles su famosa bomba MOAB, un monstruo de 9000 kilos de explosivos cuyo impacto lo arrasa todo en un radio de tres kilómetros y se asemeja mucho al de una bomba nuclear aunque sin radioctividad.

Añadiéndose a la calamidad bíblica de la guerra contra los soviéticos y el régimen de Najibullah que estos apoyaron (sin duda el menos malo que ha conocido ese desgraciado país en los últimos cuarenta años), así como a las guerras entre fracciones que siguieron a la caída de Najibullah y que devastaron el país, la intervención americano-occidental iniciada en 2001 ha producido unos 200.000 muertos, centenares de miles de heridos y unos dos millones de refugiados y desplazados. ¿Con qué resultado militar?

Un informe militar de Estados Unidos (SIGAR) publicado un mes antes de la muerte de Brzezinski mostraba un panorama devastador: el gobierno afgano controla menos de la mitad del territorio nacional. De los 407 distritos del país solo el 20% pueden considerarse bajo control y otro 37% bajo su influencia, es decir un 15% menos que en 2015. Una tercera parte de los distritos se califican como "en disputa" y otro 10% bajo total o parcial control de los rebeldes. En 2016 se registraron 60 "incidentes de seguridad" diarios y solo en el primer trimestre del año en la capital, Kabul, 132 personas y otras 347 resultaron heridas en atentados. Esa cifra ha sido superada por las víctimas de un solo atentado, el del 31 de mayo (150 muertos y más de 300 heridos). Cuatro días después de su muerte, la obra a la que Brzezinski tanto contribuyó continua prosperando.

El ex secretario de seguridad nacional nació en el seno de una familia hidalga polaca, desposeída y exiliada en Canadá pero con la característica soberbia y altanería del aristócrata polaco venido a menos intactas. Su también muy polaco ciego odio a Rusia, en cualquiera de sus formas, le acompañó toda su vida; en sus primeros trabajos académicos y en su paso por el Consejo de Relaciones Exteriores, por el grupo Bildelberg y como director de la Comisión Trilateral creada en 1973 por David Rockefeller.

Como estratega, los diagnósticos de Brzezinski fueron muchas veces completamente errados, como cuando en 1962 descartó vehementemente cualquier posibilidad de una ruptura chino-soviética, una realidad que lanzaba señales desde finales de los cincuenta, pero la dimensión criminal de sus decisiones fue siempre considerable; sosteniendo las operaciones terroristas en América Central y apoyando al régimen de los jemeres rojos en Camboya surgido sobre la devastación de los bombardeos americanos sobre una sociedad agraria tradicional particularmente amable que fue destrozada.

Una de sus últimas geniales proposiciones, expuesta en 1997 en The Great Chessboard. American Primacy and its Geoestrategic Imperatives, fue la de trocear la Rusia de Yeltsin, entonces un régimen amigo, en tres repúblicas; una Rusia Europea controlada por las potencias europeas, una República Siberiana integrada en Asia Central y tutelada por Turquía, y una República de Extremo Oriente bajo la égida de Japón. Tanto a las potencias europeas, como a Turquía y Japón, Brzezinski los designaba como "vasallos". Ese elocuente delirio, que tanto recuerda a los planes hitlerianos de Alfred Rosenberg para la URSS, Brzezinski lo definía como,"fortalecer el pluralismo político en el espacio postsoviético".

En el mismo libro, cuya traducción al ruso fue un éxito de ventas, Brzezinski enunciaba como, "principal objetivo estadounidense" mantener una Europa, "que permanezca vinculada a los Estados Unidos y que amplíe el alcance del sistema internacional del que tanto depende la primacía global estadounidense". El escenario a evitar era, "una Europa convertida en duro competidor económico-tecnológico de Estados Unidos cuyos intereses geopolíticos en Oriente Medio pudieran divergir de los de Estados Unidos". "Tal surgimiento de una Europa poderosa y resuelta" (cuya condición era una normalización de relaciones con Rusia) "no parece probable en un futuro próximo", decía. En eso, desde luego, no erró.

La claridad de estas exposiciones hizo de Brzezinski uno de los autores de referencia para los políticos y expertos rusos de los años noventa. Era el enemigo que dejaba las cosas claras, sin disimulos. Nunca, ni en lo más crudo de la guerra fría, hubo en Moscú políticos y expertos medianamente relevantes -e incluso marginales-que se permitieran soñar con el troceamiento territorial del rival estratégico estadounidense.

La primera vez que entré en contacto con la obra de Brzezinski fue en la primavera de 1988 en Jalalabad, la capital de Nangarhar. Los militares soviéticos habían escenificado una conferencia de prensa con los ancianos del lugar que actuaban con manifiesta rigidez para loar la beneficiosa presencia de aquellos en su país, que tocaba a su fin. Los mujaidines de Gulbudin Hekmathiar bombardearon aquella conferencia de prensa con los morteros proporcionados por la CIA. No hubo víctimas, pero una de las lámparas del salón del hotel en el que transcurría el acto cayó al suelo y se hizo trizas por la onda expansiva. Los disparos se mantuvieron durante toda la noche, antes de iniciar de madrugada un regreso por tierra a Kabul jalonado por las tumbas de soldados soviéticos en cirílico y blindados despanzurrados y oxidados en el fondo de los barrancos que daban fe de las emboscadas sufridas en aquella ruta, en la que muchos años después sería asesinado el periodista Julio Fuentes.

La última vez que lo encontré -esta vez físicamente- fue en la Conferencia de Seguridad de Munich de febrero de 2014. Se ultimaba la jugada ucraniana: el cambio de régimen en Kíev y la imposición de un acuerdo económico con la Unión Europea que excluía a Rusia: ni siquiera quisieron permitir su presencia en las conversaciones, tal como pedía el propio gobierno ucraniano dada la importancia de su comercio bilateral con Moscú. Ucrania rechazó aquel acuerdo, un proyecto de factura germano-polaca con el apoyo de Estados Unidos que debía concluir con bases de la OTAN en Crimea. La perspectiva de lo que habría sido una humillación histórica determino y explica sobradamente la respuesta de Putin, generalmente presentada como loca agresión expansionista.

Allí, en Munich, el secretario de Estado John Kerry, la encargada de política exterior de la UE, Catherine Ashton, el presidente alemán Joachim Gauck y el ministro de exteriores de Alemania, Frank-Walter Steinmeier, entre otros, se reunieron con representantes de la oposición ucraniana; el boxeador Vitali Klichkó, el ex ministro de exteriores, Arseni Yatseniuk, futuro primer ministro, y el millonario Petró Paroshenko, futuro Presidente, todos ellos invitados a aquel cónclave de la OTAN y el complejo militar-industrial de Europa y América. Brzezinski presidió el debate sobre Ucrania en el que Alemania, el país que devastó militarmente Ucrania tres veces en el siglo XX, amenazó con sanciones al gobierno de Kiev. Los alemanes ya tenían preparado el futuro gobierno ucraniano, aunque mantenían diferencias a ese respecto con Washington, como luego evidenció el famoso "fuck the EU" de la vicesecretaria de Estado Victoria Nuland. La revuelta popular de Kíev y la oscura masacre que fue su colofón, hicieron el resto.

"En Ucrania se juega el trazado oriental de la frontera entre la UE y Rusia", decía Theo Sommer, el desvergonzado editor de Die Zeit. Sommer y otros organizaron meses después un cónclave en Berlín sobre los planes militares alemanes. También allí se esperaba la asistencia de Brzezinski, pero no pudo asistir, nos explicaron, porque el viejo se había lesionado jugando al golf. Resultó que Brzezinski, uno de esos locos peligrosos que tanto cuentan en la estrategia imperial y que contribuyó, dentro de sus limitadas posibilidades, a un mundo peor y más violento, también era un ser humano, amante padre de familia y mortal, que jugaba al golf.