Se trata de la princesa María y el príncipe heredero Alexei, los últimos grandes emblemas de la dinastía de los Romanov, víctimas de la matanza que acabó con toda la familia en un sótano de Ekaterimburgo durante la revolución bolchevique y que propició el nacimiento de la URSS.
El zar Nicolás II, su esposa y sus hijos, en 1917, un año antes de ser ejecutados

El zar Nicolás II, su esposa y sus hijos, en 1917, un año antes de ser ejecutados
Cuando el 30 de julio de 1918, el Ejército ruso llegó a la ciudad de Ekaterimburgo para salvar a la familia imperial rusa, retenida en la casa Ipátiev por los bolcheviques tras el triunfo de la revolución, hacía ya dos semanas que el Zar Nicolás II, su esposa y sus cinco hijos habían sido brutalmente asesinados. Aquel «crimen vergonzoso», como lo definió Boris Yeltsin en 1998, ha sido uno de los grandes misterios de la historia contemporánea, una herida que nunca terminó de cicatrizar.

A lo largo de estos más de 100 años, el mundo entero se ha preguntado dónde fueron a parar los cuerpos de la familia Romanov. Habían sido trasladados al sótano de la mencionada casa con el pretexto de tomarles una fotografía en la madrugada del 16 al 17 de julio de 1918. Cuando todos se habían colocado, confiados de que solo sería eso, una fotografía, el responsable del escuadrón llegado desde Moscú para ejercer de verdugo, Yákov Yurovski, entró con un revólver y con varios soldados armados con fusiles y bayonetas y les comunicó que habían sido condenados a muerte.

Entonces, comenzó la carnicería. Nicolás II su mujer y sus hijas -Olga, Tatiana, María, Anastasia y Alexei- fueron fusilados durante varios minutos junto a varios sirvientes, su doctor y el perro. Pero en vista de que alguno de ellos no terminaba de morir, tuvieron que ser rematados con el cuchillo y con las bayonetas. La revolución se aseguraba así el futuro del régimen bolchevique, que tomaría cuerpo poco después en las URSS.

Los desesperados intentos de Alfonso XIII para que Lenin no los ejecutara no sirvieron de nada. Llegó, incluso, a escribir al Rey Jorge V de Inglaterra, al káiser Guillermo II de Alemania y al Papa Benedicto XV para que le ayudaran a traérselos a España como refugiados, pero el nuevo gobierno comunista ya había declarado a Nicolás II «culpable, ante el pueblo, de innumerables crímenes sangrientos». Y como tal, los ejecutaron, pero también hicieron desaparecer sus cuerpos.

«Exámenes genéticos moleculares»

Tan solo un año después, en 1919, el investigador monárquico Nikolai Sokolov aseguró que los asesinos habían «desnudado los cadáveres y los habían subido a una camión para trasladarlos a una mina de sal. En el camino sin embargo, el vehículo se averió y los bolcheviques decidieron cavar, precipitadamente, una zanja poco profunda a orillas de la carretera. Y a continuación, para dificultar el reconocimiento de los cuerpos, los rociaron con ácido sulfúrico antes de rellenar la fosa».

El último episodio de este misterio con más de un siglo de historia tuvo lugar este viernes, cuando el Gobierno ruso anunció por sorpresa que los restos humanos hallados en el verano de 2007 cerca de Ekaterimburgo pertenecen a los dos hijos del último zar de Rusia que quedaban sin identificar: la princesa María y el príncipe heredero Alexei, los últimos grandes emblemas de la dinastía de los Romanov. Una identificación que se ha producido «mediante exámenes genéticos moleculares realizados a los restos de dos personas descubiertos cerca del lugar donde yacen otros nueve muertos», anunciaba la experta del Comité de Investigación de Rusia, Marina Molodtsova, en una entrevista con el periódico «Izvestia».

Molodtsova no solo confirmó que el parentesco biológico entre Alexei y María -que tenían 13 y 19 años en el momento de su muerte- con sus padres está demostrado «casi al 100 por 100», sino que el pequeño número de fragmentos óseos encontrados hace pensar que cerca del lugar del hallazgo, en 2007, podrían encontrarse uno o más sitios de sepultura de otros de los miembros de la Familia Real. Asimismo, el Comité de Investigación ha desmentido una de las versiones históricas de que los cadáveres «fueron eliminados mediante la aplicación de ácido sulfúrico y fuego», según informa también EP.

El hallazgo de 1979

Desde la investigación realizada por Sokolov pasaron seis décadas de silencio. Fue en 1979 cuando, por fin, un grupo de investigadores disidentes hallaron los posibles restos del zar, su esposa y tres de sus hijas. Por temor a las represalias que pudieran llegar por parte de las autoridades de la URSS, estos guardaron en secreto su descubrimiento durante 10 años. Lo hicieron público en 1989, durante la Perestroika, el periodo de deshielo que dio paso a la desmembración del bloque comunista dos años después.

A principios de 1994, otro equipo liderado por el doctor Peter Gill llevó a cabo otra investigación para identificar a la familia. Al principio reconoció que los documentos encontrados eran escasos», por lo que optó después por un análisis forense, que confirmó que los cadáveres habían sufrido violencia y tenían heridas de bala y bayoneta, tal y como decía el relato principal. Sin embargo, los rostros habían sido aplastados a golpes y su identificación resultó difícil. Recurrió entonces a los análisis de ADN, que determinaron por fin que los restos pertenecían a la familia de Nicolás II. Solo había un problema: entre estos no se encontraban ni los de Alexei ni los de María.

Todos estos fragmentos óseos fueron sepultados igualmente en la catedral de San Pablo y San Pedro de San Petersburgo en 1998, aunque la Iglesia Ortodoxa rusa no los reconoció por falta de pruebas, argumentaban. Además, los supuestos restos de los dos pequeños desaparecidos serían localizados, en 2007, en un lugar diferente de los Urales, por lo que les hacía desconfiar, si tenemos en cuenta que la familia había sido asesinada junta. Los líderes religiosos reclamaron pruebas adicionales para confirmar la identidad de todos los Romanov y les canonizaron en 2010.

Más pruebas de ADN

Uno de los últimos episodios importantes se produjo en septiembre de 2015, cuando la Iglesia Ortodoxa pidió a un equipo de investigadores rusos que exhumara los restos de la Catedral de San Petersburgo para confirmar los lazos de los Romanov con otros familiares enterrados en otros puntos del país mediante sus otras pruebas de ADN. Al mismo tiempo, la discutida y autoproclamada heredera al trono imperial, María Vladimirovna, solicitaba a los fiscales que reabrieran la investigación sobre los asesinatos.

En julio de 2018, el Comité de Investigación ruso confirmó que los restos de las personas hallados cerca de Ekaterimburgo pertenecían a la familia Romanov y a su séquito, y que el hombre que los investigadores identificaban como Nicolás II tenía un parentesco cercano con el padre del último emperador, Alejandro III. Por lo tanto, ahora que el Gobierno ruso ha anunciado que los restos humanos hallados en 2007 pertenecen a la princesa María y el príncipe Alexei, Rusia está apunto cerrar una de las páginas más vergonzosas de sus historia.

El director de la oficina de la Casa Imperial Romanov, Alexandr Zakatov, ha indicado que los representantes actuales de la dinastía, la duquesa María y el gran duque Jorge, no tomarán ninguna decisión referente al reconocimiento de los restos mientras la Iglesia Ortodoxa rusa «no diga su última palabra» al respecto. «No se puede solucionar ese problema sin la Iglesia», explicó sobre el hallazgo, dado que la cuestión afecta a millones de creyentes que veneran a los miembros de la familia Romanov como santos.

La prueba es que, durante la noche del domingo al lunes, unas 10.000 personas participaron en la procesión con motivo del 102 aniversario del fusilamiento de la familia real rusa, según la diócesis de Ekaterimburgo. El departamento regional del órgano de control Rospotrebnadzor consideró en la víspera «inapropiado» celebrar un evento masivo debido a la amenaza de propagación del coronavirus. El año pasado la procesión reunió a unos 60.000 peregrinos. El trayecto discurrió a través de los 25 kilómetros que separan la iglesia erigida sobre la casa Ipátiev donde el zar II y su familia fueron asesinados y la vieja mina de hierro de Ganina Yama donde sus cadáveres fueron arrojados.