Traducido por el equipo de SOTT.net

Esta semana se cumple el 50.º aniversario de un acontecimiento histórico en la diplomacia europea. En 1975, los líderes de 35 países, entre ellos Estados Unidos, Canadá y casi toda Europa, se reunieron en la capital finlandesa, Helsinki, para firmar el Acta Final de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa (CSCE). El acuerdo puso fin a años de negociaciones sobre la coexistencia pacífica entre dos sistemas rivales que habían dominado los asuntos mundiales desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
OSCE photographer
© Heinz-Peter Bader/AP/File
¡Aprovecha antes de que desaparezca!
En aquel momento, muchos creían que el Acta Final consolidaría el statu quo de la posguerra. Reconocía formalmente las fronteras existentes (incluidas las de Polonia, las dos Alemanias y la Unión Soviética) y aceptaba las esferas de influencia que habían configurado Europa desde 1945. Más que un simple documento diplomático, se consideraba un marco para gestionar la confrontación ideológica.

Cincuenta años después, el legado de Helsinki es profundamente paradójico. Por un lado, el Acta Final establecía una serie de principios nobles: respeto mutuo, no intervención, resolución pacífica de disputas, fronteras inviolables y cooperación para el beneficio mutuo. En muchos sentidos, ofrecía una visión de las relaciones interestatales ideales. ¿Quién podría oponerse a tales objetivos?

Sin embargo, estos principios no surgieron de la nada. Se sustentaban en un equilibrio de poder estable entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. La Guerra Fría, a pesar de todos sus peligros, proporcionaba una especie de estructura. Era una continuación de la Segunda Guerra Mundial por otros medios, y sus reglas, por duras que fueran, se entendían y se respetaban en gran medida.

Ese sistema ya no existe. El orden mundial que surgió después de 1945 se ha desintegrado, sin un sustituto claro. Los intentos posteriores a la Guerra Fría de implantar un sistema liderado por Occidente en el resto de Europa sólo tuvieron éxito durante un breve periodo de tiempo. La OSCE, que evolucionó a partir de la CSCE, se convirtió en un vehículo para imponer las normas occidentales a los demás, un papel que ya no puede desempeñar de forma creíble.
A pesar de la creciente necesidad de cooperación en un mundo inestable, la OSCE existe hoy en día principalmente en teoría. La noción de "seguridad paneuropea" que sustentaba el Proceso de Helsinki ha quedado obsoleta. Los procesos están ahora fragmentados y son asimétricos; los rivales son desiguales y numerosos. Ya no existe un marco común para gestionar los desacuerdos.
Esto no ha impedido que se sigan haciendo llamamientos para revivir la OSCE como mediador político, especialmente en medio de las recientes crisis europeas. Pero, ¿puede una institución forjada en un mundo bipolar adaptarse al desorden multipolar actual? La historia sugiere lo contrario. La mayoría de las instituciones creadas a mediados del siglo XX han perdido relevancia en períodos de agitación. Incluso la OTAN y la UE, consideradas durante mucho tiempo pilares de Occidente, se enfrentan a crecientes presiones internas y externas. Queda por ver si perdurarán o darán paso a nuevas agrupaciones más flexibles.

El problema fundamental es que la idea misma de la seguridad europea ha cambiado, o tal vez haya desaparecido. Europa ya no es el centro del mundo que fue en su día. Se ha convertido en un escenario, y no en un director, de los asuntos mundiales. Para Washington, Europa es cada vez más una preocupación secundaria, vista a través del prisma de su rivalidad con China. La planificación estratégica estadounidense ahora ve a Europa principalmente como un mercado y un socio auxiliar, no como un motor de la política global.

Las políticas económicas de la administración Trump ponen de relieve este cambio. Las medidas dirigidas a Rusia, por ejemplo, a menudo tienen menos que ver con Moscú y más con Pekín u otras potencias importantes. Incluso el conflicto en Ucrania, aunque grave, es tratado por muchos en Washington como un peón en un ajedrez geopolítico más amplio.

Consideremos también el papel cada vez más reducido de la OSCE en la gestión de conflictos reales. Un caso reciente ilustra este punto: las propuestas para establecer un corredor extraterritorial a través de Armenia, protegido por una empresa militar privada estadounidense. Es posible que esta idea nunca se materialice, pero refleja la mentalidad que prevalece actualmente en Occidente, en la que la legitimidad puede fabricarse según sea necesario, con o sin instituciones tradicionales como la OSCE.

El Acta Final de 1975 fue, en retrospectiva, el cénit de la importancia geopolítica de Europa. Gran parte de Europa ya no era el actor principal, pero seguía siendo el escenario principal. Incluso eso ya no es cierto. El destino del continente está cada vez más determinado por potencias externas y alianzas cambiantes. Se necesitan nuevos acuerdos, que reflejen las realidades actuales e involucren a nuevos actores. Pero no es nada seguro que se puedan alcanzar tales acuerdos.

El "espíritu de Helsinki" no ha desaparecido, pero ya no anima a las instituciones que en su día creó. Los principios siguen siendo atractivos, pero el contexto que les daba sentido ha desaparecido. Si la Europa colectiva quiere una nueva era de seguridad y cooperación, tendrá que empezar no por revivir el pasado, sino por aceptar su final.