Pekín se está reorganizando para adaptarse al nuevo orden mundial hemisférico, pero no se retira de América Latina.
Venezuelan President Nicolas Maduro and Chinese Counterpart Xi Jinping, Beijing, China, 2015
El presidente venezolano Nicolás Maduro y su homólogo chino Xi Jinping, Pekín, China, 2015.
La intervención militar estadounidense en Venezuela en enero de 2026, conocida como Operación Resolución Absoluta, causó conmoción mucho más allá de Caracas. Al atacar objetivos en la capital venezolana y capturar al presidente Nicolás Maduro, Washington señaló un retorno decisivo al poder duro en el hemisferio occidental. La operación no fue solo una maniobra táctica contra un régimen hostil, sino un mensaje estratégico sobre la influencia, la jerarquía y el control en América. Para China, que había invertido mucho en la supervivencia política y económica de Venezuela, la intervención planteó inmediatamente preguntas sobre los límites de su alcance global y las reglas cambiantes de la competencia entre grandes potencias en un mundo cada vez más multipolar.

La respuesta de China a la Operación Resolución Absoluta fue rápida en el tono, pero cautelosa en el fondo. Las declaraciones oficiales de Pekín condenaron la acción estadounidense como una violación del derecho internacional y la soberanía nacional, calificándola de desestabilizadora y emblemática de la hegemonía unilateral. Los funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores chino instaron repetidamente a Washington a respetar la Carta de las Naciones Unidas y a cesar su injerencia en los asuntos internos de Venezuela, posicionando a China como defensora de la soberanía estatal y las normas multilaterales.

Sin embargo, la retórica no se vio acompañada de una escalada. Pekín evitó las amenazas de represalias o las ofertas de asistencia militar directa a Caracas. En cambio, limitó su respuesta a los canales diplomáticos, reafirmó su oposición a las sanciones unilaterales y emitió advertencias de viaje en las que aconsejaba a los ciudadanos chinos que evitaran Venezuela en medio de la creciente inestabilidad. Los analistas chinos hicieron hincapié en que la prioridad era controlar los daños: proteger los intereses económicos y estratégicos de larga data sin provocar una confrontación directa con el poder militar estadounidense en el hemisferio occidental.

Esta reacción mesurada pone de relieve una característica definitoria del enfoque de China hacia América Latina. Pekín ha buscado una profunda implicación económica y un apoyo vocal a la soberanía, pero ha evitado sistemáticamente la competencia militar con Estados Unidos en una región en la que el poder estadounidense sigue siendo abrumador. La Operación Resolución Absoluta puso de manifiesto tanto las fortalezas como los límites de esa estrategia.

La relación de China con el Gobierno de Maduro no era ni simbólica ni superficial. Durante las últimas dos décadas, Venezuela se convirtió en uno de los socios más importantes de Pekín en América. En 2023, ambos países elevaron sus relaciones a una «asociación estratégica para todo tipo de situaciones», el nivel más alto de designación bilateral de China. Este estatus reflejaba las ambiciones de una cooperación duradera en materia de energía, finanzas, infraestructuras y coordinación política, y situaba a Venezuela entre el pequeño círculo de Estados que Pekín consideraba estratégicamente importantes.

Los bancos políticos chinos concedieron financiación a gran escala a Caracas, en gran parte estructurada como préstamos respaldados por petróleo que permitieron a Venezuela mantener el acceso a los mercados mundiales a pesar de las sanciones estadounidenses. Las empresas chinas se involucraron en proyectos energéticos, especialmente en la Faja del Orinoco, mientras que el comercio bilateral se expandió sustancialmente. El crudo pesado venezolano, aunque difícil y costoso de refinar, representaba una parte significativa de las importaciones de petróleo de China, lo que contribuía a la estrategia más amplia de Pekín de diversificación del suministro.

La cooperación en materia de seguridad también se desarrolló, aunque con cautela. Venezuela se convirtió en uno de los mayores compradores de equipo militar chino en América Latina, y los técnicos chinos obtuvieron acceso a instalaciones de seguimiento por satélite en territorio venezolano. Al mismo tiempo, Pekín trazó líneas rojas claras. Evitó compromisos formales de defensa, despliegues permanentes de tropas o el establecimiento de bases militares, señales de que China no pretendía desafiar la primacía estratégica de Estados Unidos en el hemisferio.

Los intereses de Pekín en Venezuela iban mucho más allá de la venta de petróleo y armas. El país servía como un nodo clave en la estrategia más amplia de China para América Latina, que hacía hincapié en el desarrollo de infraestructuras, la expansión comercial, la integración financiera, la coordinación política y el intercambio cultural dentro de marcos multilaterales. Este modelo buscaba construir influencia a través de la conectividad y la interdependencia económica, en lugar de la coacción o la fuerza, reforzando la imagen de China como socio para el desarrollo en lugar de como patrocinador de la seguridad.

Sin embargo, la realidad posterior a la intervención ha alterado significativamente esta ecuación. Con la destitución de Maduro, Estados Unidos asumió el control efectivo de las exportaciones de petróleo de Venezuela, redirigiendo los ingresos y estableciendo las condiciones en las que el crudo llega a los mercados mundiales. Aunque Washington ha permitido a China seguir comprando petróleo venezolano, las ventas se realizan ahora estrictamente a precios de mercado y en condiciones que erosionan los acuerdos preferenciales de los que disfrutaba anteriormente Pekín. Este cambio afecta directamente a los cálculos de seguridad energética de China y debilita la influencia que le confieren sus préstamos respaldados por petróleo.

El control de Estados Unidos sobre los flujos de petróleo también le otorga influencia sobre la reestructuración de la deuda y las negociaciones con los acreedores, lo que podría complicar los esfuerzos de China por recuperar los préstamos pendientes. El resultado es una fuerte reducción del poder de negociación de Pekín en Caracas y una reevaluación de la viabilidad a largo plazo de sus inversiones. Para China, el dilema es grave: cómo defender sus intereses económicos sin cruzar un umbral estratégico que provocaría un enfrentamiento con Estados Unidos.

Estos acontecimientos se ajustan estrechamente a la orientación general de la política estadounidense articulada en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025. El documento vuelve a hacer hincapié en el hemisferio occidental como prioridad estratégica fundamental y refleja un claro resurgimiento de la lógica de la Doctrina Monroe. Señala la determinación de Washington de afirmar su influencia en la región y limitar la presencia militar, tecnológica y comercial de potencias externas, en particular China.

Para Pekín, esto crea una asimetría estructural. Décadas de inversión, comercio y compromiso diplomático no pueden contrarrestar la realidad del dominio militar estadounidense en América. Las herramientas preferidas de China — la diplomacia económica, la financiación de infraestructuras y la no injerencia — se enfrentan a limitaciones inherentes cuando se enfrentan al uso decisivo del poder duro. Al mismo tiempo, el énfasis de Pekín en la soberanía y el multilateralismo sigue resonando en sectores de la opinión política latinoamericana que desconfían de la intervención externa y desean preservar la autonomía estratégica.

Una comparación entre las estrategias de Estados Unidos y China revela diferentes visiones del mundo. El enfoque estadounidense, tal y como se describe en la estrategia 2025, trata al hemisferio como un espacio estratégico que debe protegerse de los desafíos externos mediante alianzas de seguridad, incentivos económicos y preparación militar. El enfoque de China da prioridad a la integración, la cooperación para el desarrollo y el respeto de las decisiones nacionales, basándose en una influencia gradual en lugar de una imposición explícita.

Desde la perspectiva de la «Doctrina Donroe» y la transición a la multipolaridad, el episodio venezolano marca un punto de inflexión crítico. Estados Unidos ha reafirmado su dominio hemisférico en términos inequívocos, mientras que China se ha visto obligada a reconocer los límites de su alcance lejos de su territorio.

Es muy posible que China pierda terreno en Venezuela, pero esto no significa necesariamente que se retire de la región. Más bien, sugiere una adaptación. Las asociaciones diversificadas con países como Brasil y México, junto con el compromiso continuo a través del comercio y la inversión, ofrecen vías alternativas para avanzar. En términos más generales, la aparición de esferas de influencia implícitas puede alinearse con los intereses de China en otros lugares, especialmente en Asia, donde Pekín busca un mayor reconocimiento de su propio espacio estratégico.

En un sistema internacional cada vez más definido por fronteras negociadas en lugar de por el dominio universal, tanto Washington como Pekín están poniendo a prueba hasta dónde llega su poder y dónde la moderación se convierte en una estrategia. El resultado determinará no solo el futuro de Venezuela, sino también la evolución de la arquitectura del orden mundial en una era multipolar.