Traducido por el equipo de Sott.netPrioridades invertidas y sus consecuencias. ¿Qué vamos a hacer con todos estos comedores inútiles?

© Vladimir Manyukhin
Esta es una cuestión que los autodenominados arquitectos del futuro se plantean cada vez más abiertamente en los últimos tiempos, mientras trazan nuestra trayectoria hacia un futuro ciborg posthumano en el que la inteligencia de las máquinas desempeñará las funciones económicas que antes cumplía el trabajo físico y mental humano. Cuando las fábricas estén totalmente automatizadas, los vehículos se conduzcan solos, las granjas estén rodeadas de torres hidropónicas atendidas por drones insectívoros, los edificios sean construidos por enjambres de servidores necrobióticos
1, el texto de los anuncios, las noticias y los informes científicos estén compuestos por sistemas lingüísticos de aprendizaje profundo, y los gráficos que los acompañen sean desarrollados por sus equivalentes visuales, e incluso el software sea autoescrito...
cuando todo esto haya sucedido, ¿para qué servirán los humanos?La respuesta a la que ha llegado el bufón de la corte del FEM que hace las veces de filósofo de la corte, el esquizoautista Yuval Harari, es que no hay ninguna utilidad, por lo tanto, comedores inútiles. La inmensa mayoría de las especies no cumplen ninguna función en su sistema. Lo mejor que pueden hacer con nosotros es permitirnos salir silenciosamente, sin dolor, del escenario evolutivo, nuestra desaparición de la vida del mundo facilitada con drogas y realidad virtual. Nos proporcionarán una cápsula, algo de soja y bichos para comer, y suficiente UBI para obtener el crédito necesario para la subsistencia básica, distribuido a través de una moneda digital programable del banco central que asegure que sólo podemos gastar nuestra miseria asignada en cualquier servicio de suscripción de consumo que nuestra puntuación de crédito social nos permita.
Si quieres hacerte una idea del futuro, imagina almacenes cavernosos y sin luz, apilados con ataúdes de plástico liso que encierran formas demacradas sin grasa ni tejido muscular entre piel gris y frágiles huesos, ojos amarillos entornados en la cabeza, coronas de inducción neural envolviendo sus sienes, carne perforada con tubos intravenosos, secciones medias envueltas con catéteres, mangueras de succión aspirando la baba de sus labios de floja sonrisa.
El horror estará fuera de la vista y de la mente, no será experimentado como un horror por las víctimas, y en cualquier caso se acabará pronto. Una o dos generaciones y la población se reducirá a niveles sostenibles, unos cientos de millones más o menos, los descendientes de los oligarcas y de cualquier ganado que consideren marginalmente útil, divertido o sexualmente entretenido como para conservarlo, que entonces vivirán en una utopía robótica atendida por máquinas de gracia amorosa mientras se fusionan con la mente de colmena ciborg y ascienden a la apoteosis digital.
El supuesto central que impulsa este crimen de guerra en espera es que el propósito de los seres humanos es servir a la economía, y no al revés: que vivimos para trabajar en vez de trabajar para vivir, como dice el refrán. Como todas las mentiras más peligrosas, hay una parte de verdad en esto. El ser humano encuentra su sentido en el servicio a otros seres humanos.
Nada pudre el alma más rápidamente que la constatación de que uno no es fundamentalmente útil para nadie a su alrededor. Por eso los estados de bienestar conducen invariablemente a la desmoralización espiritual, una decadencia que se puede ver claramente escrita en la carne descuidada de aquellas partes de la población que se vuelven dependientes de limosnas.
Una existencia sin propósito conduce rápidamente a la no existencia.
Comentario: Esto es lo que ha estado haciendo EEUU, imponer condiciones a los demás países, mientras permite ciertas concesiones a sus propios ciudadanos.