Imagina un futuro distópico en el que los ordenadores no solo imitan el pensamiento humano, sino que funcionan con células cerebrales humanas. Ese futuro está tomando forma en un laboratorio de Cambridge (Inglaterra), donde un innovador dispositivo llamado CL1 combina biología y tecnología de un modo que podría transformar nuestra forma de calcular.
Desarrollada por la empresa australiana Cortical Labs y la británica bit.bio, esta máquina del tamaño de una caja de zapatos alberga 200.000 células cerebrales cultivadas en laboratorio y conectadas a circuitos de silicio, creando un "ordenador biológico" que ya está dando que hablar.
A diferencia de los ordenadores tradicionales, que consumen mucha energía, el CL1 funciona con la eficiencia de un cerebro humano. "Nuestro cerebro procesa la información con una fracción de la energía que necesita la electrónica moderna", explica a FT Hon Weng Chong, director general de Cortical Labs. "Esto podría abrir las puertas a robots más inteligentes, ciberseguridad más fuerte y mundos virtuales inmersivos".
Qué alegría.
La computación de bajo consumo energético ha impulsado una carrera para desarrollar sistemas biológicos, con Cortical Labs a la cabeza junto a competidores como FinalSpark en Suiza y Biological Black Box en EE.UU. Las células cerebrales de CL1, cultivadas a partir de células madre humanas derivadas de la piel, están cuidadosamente dispuestas en capas: un tipo desencadena la actividad eléctrica, mientras que otro la mantiene bajo control. "Es como equilibrar el acelerador y los frenos", explica Chong. Esta precisión, dice Tony Oosterveen, de bit.bio, da a CL1 una ventaja sobre otros enfoques rivales que utilizan "minicerebros" menos uniformes. El resultado es una plataforma para comprobar cómo manejan la información las células cerebrales, y los primeros experimentos ya están aportando información para la neurociencia y el desarrollo de fármacos.
¿Una de las hazañas más extravagantes del CL1? Jugar al clásico videojuego Pong. Su predecesor, DishBrain, aprendió a mover una paleta virtual recibiendo "recompensas" eléctricas por las buenas jugadas y ruidos molestos por los errores. El CL1 ha ido más allá, revelando cómo sustancias como el alcohol merman el rendimiento o cómo fármacos para la epilepsia, como la carbamazepina, lo potencian. "Estamos aprendiendo cómo "programar" estas células", dice Chong, señalando que su equipo incluso les está enseñando a reconocer números, como distinguir un nueve de un cuatro.

Chong reconoce los retos éticos que podrían surgir si los ordenadores biológicos y los cultivos de neuronas empiezan a mostrar los primeros signos de conciencia.
"Estos sistemas son sensibles porque responden a estímulos y aprenden de ellos, pero no son conscientes. Aprenderemos más sobre cómo funciona el cerebro humano, pero no pretendemos crear un cerebro en una cuba".
Las unidades CL1 se venderán al por menor por unos 35.000 dólares cada una y se espera que estén disponibles para finales de 2025, según un informe.







Comentarios del Lector
a nuestro Boletín