En febrero de 1717, hace 300 años y gracias al esfuerzo personal de Pedro el Grande, se publicó el primer libro de etiqueta de Rusia, titulado 'El espejo honesto de los jóvenes'. El código se dirigía a los jóvenes nobles y reunía las normas de conducta que estos debían seguir, algunas de las cuales incluso pueden ser aplicadas en la actualidad.
La primera parte del libro, redactado por el obispo de Riazán, Múrom Gavriíl Buzhinski, estaba dedicada al alfabeto y los números. La segunda reunía las reglas de etiqueta, probablemente basadas en publicaciones occidentales similares, y más tarde complementadas por Pedro el Grande.

Se llama 'espejo' porque en el eslavo antiguo esa palabra también se aplicaba a las obras de carácter pedagógico y educativo, o incluso a obras de sátira.

Al establecer por primera vez los requisitos que se exigían a los jóvenes aristócratas, el libro se convirtió en un éxito total: solo en 1717 se sometió a dos reediciones, y, posteriormente, representó la principal fuente de información sobre los buenos modales para los representantes de la nobleza rusa durante muchos años y para los que querían tomar su ejemplo.

Muchas de las sugerencias propuestas hace tres siglos no han perdido su relevancia en la actualidad. Por ejemplo, el código establecía que los jóvenes debían andar por las calles con cabeza erguida y mirar a todo el mundo con una sonrisa. Esta regla, sin duda, es aplicable hoy en día, sobre todo, en las grandes ciudades, donde la gente muchas veces se olvida de regalar una sonrisa a desconocidos.

Sin embargo, no se debía mirar a los ojos de otras personas en las calles para que no se sintieran incómodas, cosa que se considera muy normal actualmente.

Asimismo, según el libro, los jóvenes nobles no debían caer en la lujuria. Estaba mal visto también que los aristócratas se emborracharan o se dedicaran a los juegos de azar. El código afirmaba que estas actividades no conllevaban a nada bueno, sino a "daños corporales y espirituales".

De acuerdo con las normas de aquellos tiempos, si uno llegaba a una reunión donde la gente bebía y comía, lo adecuado era primero rechazar la propuesta de tomar algo y solo después de que ellos siguieran insistiendo, aceptarla.

La principal virtud, y en consecuencia la decoración principal para el joven, se consideraba la humildad. "Mucha belleza tiene el joven, cuando es humilde", decía el código.

Mientras tanto, las jóvenes bien educadas debían destacarse por su pudor y modestia. Por lo tanto, los expertos de la etiqueta estaban seguros de que era bueno que la joven noble a menudo se pusiera roja por sentir vergüenza, pues, el color rojo se consideraba "idóneo para una joven cualquiera".

Según el código, una joven "deshonesta" era aquella que hablaba y se reía con todo el mundo, corría por las calles, se sentaba en las rodillas de los hombres, daba codazos, cantaba canciones lascivas, se divertía y se emborrachaba.

A los jóvenes aristócratas se les aconsejaba también hablar solo en lenguas extranjeras entre ellos, tanto para mostrar y entrenar sus conocimientos, como para evitar que los sirvientes se enteraran de lo estaban hablando.

El manual sugería que además de dominar idiomas, un noble debía saber montar a caballo, bailar, luchar con espadas, así como mantener una conversación elocuente.

Además, estaba mal visto que se escucharan las conversaciones privadas entre dos o tres personas, no se debía tocar ni leer cartas, dinero o cosas ajenas, es decir, meterse en la vida privada de otras personas. Actualmente, gracias a las redes sociales, esta parece ser una tarea titánica.

El último de un total de 63 consejos establecía que los jóvenes aristócratas debían "tratar de realizar acciones nobles y saber agradecer a otros sin que se lo recordaran".