Al cumplirse en abril los 80 años de esta barbarie, un ensayo revela lo que nunca se ha contado sobre este duro episodio de la Guerra Civil.

Las llamas devoran el altar de la Iglesia de San Juan, situada en la zona oriental de la ciudad, la más asolada por el bombardeo.
El episodio de Guernica se ha convertido en un mito, en un arma arrojadiza de políticos, escritores e historiadores, lo que siempre es un problema para la comprensión histórica. El bombardeo de la localidad vizcaína, ocurrido hace ahora ochenta años, es uno de los actos de guerra más propagandístico de la historia del siglo XX. El uso político de un signo y otro ha enturbiado su relato, por lo que el conocimiento popular del ataque a la ciudad está lleno de falsedades propias del mito. Demasiado ruido y furia destilado en numerosos libros, películas y documentales.

El debate político e historiográfico se produjo sobre los hechos, que hoy son más o menos conocidos, pero quedaba desgranar documentalmente la clave del acontecimiento: el contexto que explica la responsabilidad del ataque. Este es el gran valor del libro de Roberto Muñoz Bolaños titulado «Guernica. Una nueva historia»: describir con eficacia la lucha de intereses y la psicología de los personajes para probar el peso en el bombardeo de las disputas por el poder entre Franco y Mola, la influencia de las negociaciones del PNV con los británicos, con el gobierno frentepopulista y con los sublevados, y la autonomía de la aviación alemana.

La muerte del general Sanjurjo descabezó el movimiento, y Mola y Franco se disputaron el poder. Su rivalidad fue el precipitante del acontecimiento. Mola compuso un «partido militar» con Queipo de Llano, Cabanellas y Saliquet, enfrentado al monárquico de Franco. Sin embargo, entre el 21 y el 26 de septiembre del 36, Franco dio un golpe de mano y se hizo con la jefatura militar y política de los sublevados. Mola intentó recuperar el protagonismo en el primer trimestre de 1937 con tres discursos de hondo calado, y Franco contestó creando el partido único, FET y de las JONS, de la mano de Serrano Suñer.

Hitler consideraba a Mola como el cerebro de la sublevación. Tenía un proyecto político y social para España fundado en una organización corporativa, el acuerdo con los partidos contrarios al Frente Popular, y un referéndum sobre la forma de Estado que sería convocado al finalizar la guerra. No se sentía monárquico. De hecho, fue Mola quien expulsó a Juan de Borbón, príncipe de Asturias, cuando quiso sumarse al Ejército sublevado.

Las conversaciones con el PNV las había iniciado Mola antes del 18 de julio de 1936. Quería que se mantuvieran neutrales, pero el socialista Prieto consiguió su lealtad forzando la aprobación del Estatuto de Autonomía. Franco se negó a pactar, e incluso rechazó la mediación de la Santa Sede. Parecía que Mola, que había fracasado también en la toma de Madrid, se apagaba, y quiso redimirse dando un impulso a la campaña en Vizcaya el 31 de marzo del 37.

Franco, sin embargo, no dotó suficientemente a sus tropas. Speerle, comandante de la Legión Cóndor, advirtió al Generalísimo de su error, y de que podía trasladar al frente vasco a tropas inactivas, como las de Santander o Galicia. La advertencia del general italiano Vilardi, jefe de la Aviazione Legionaria, tampoco sirvió: la infantería era similar a la del «Ejército de Euzkadi», escasa la artillería, y el terreno montañoso desgastaba a la tropa. Franco no siguió los consejos por temor a perder tierra conquistada, y por su deseo de privar de una victoria a Mola, su oponente. Esto hizo que tuviera un papel determinante la aviación.

La Legión Cóndor disfrutaba de gran autonomía y, por orden de Speerle, en sus acciones primaban los intereses alemanes. El general Kindelán, general jefe del Aire, advirtió a Franco de la necesidad de controlar la aviación, de colocar a un español a su frente, pero se negó. Prefería eso a una victoria política de Mola, y cometió el error de permitir la autonomía de las fuerzas áreas puestas a las órdenes de Speerle y Von Richthofen a pesar de que había dado órdenes de limitar las acciones de la aviación a objetivos militares.

La campaña en Vizcaya, por tanto, contaba con poca tropa y un apoyo aéreo casi autónomo. Mola, entonces, pensó en la rendición de Bilbao con una política del terror. Ordenó a un pelotón de requetés que hiciera una saca en Vitoria. Encargó a la Aviazione Legionaria, bajo el mando alemán, el bombardeo de Durango, de 8.797 habitantes. El plan era destruir los objetivos militares, situados en edificios religiosos, y luego, utilizando las tácticas británicas en Irak, ametrallar a la población para infundir miedo. Atacaron la ciudad el 31 de marzo y el 4 de abril, en carreteras y descampados; incluso en el cementerio. La cifra de muertos, muy superior a la de Guernica, fue de 336. Von Richtfohen describió el ataque en su diario, y terminó diciendo con absoluta frialdad: «por razones de propaganda, los rojos no han desescombrado absolutamente nada».

La población civil

Guernica era un objetivo militar porque, según cuenta el historiador Stanley Payne, estaba a diez kilómetros del frente, contaba con tres batallones incompletos (400 gudaris), una fábrica de municiones y siete refugios antiaéreos para 3.500 personas; pero sobre todo porque era un enlace de comunicaciones. Von Richthofen pensaba que las tropas del general Mola eran lentas. Recibió un informe del general Vigón y decidió atacar para acortar la campaña. Franco no sabía nada; es más, cuando se enteró se enfadó, aunque no hizo nada. No lo había autorizado y había prohibido los ataques sobre la población civil desde noviembre de 1936 por el fracaso de la aviación en Madrid, pero calló para no perder el apoyo alemán.

En esos primeros meses de 1937 el PNV había entrado en conversaciones con el gobierno de Gran Bretaña para convertirse en un protectorado suyo y mantener la autonomía. Los británicos no habían visto con buenos ojos la Segunda República, pero tampoco el levantamiento militar. Recelaban de la participación francesa a favor del gobierno frentepopulista y crearon el Comité de No Intervención. El Partido Conservador británico fue el mayor crítico con los sublevados españoles, y dio esperanzas a los nacionalistas vascos. Sin embargo, a mediados de abril de 1937, el gobierno británico comunicó al autonómico de Aguirre que no le ayudaría.

El gobierno nacionalsocialista, por su parte, no quería influencia inglesa en el país, por lo que animó a sus fuerzas militares en España a actuar en bien de su patria, no de Franco. Además, Sperrle tenía la orden de apoderarse cuanto antes de las minas vizcaínas, propicias para el rearme alemán. Esto coincidió con que Von Richthofen tenía interés en probar el concepto de «guerra total», como advirtió Kindelán a Franco. La consecuencia de este conjunto de intereses políticos, geoestratégicos, económicos y personales animó a la Legión Cóndor a actuar por su cuenta para acelerar el avance sobre Bilbao. El resultado fue el bombardeo de Guernica.

En la mañana del 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor y la Aviazione Legionaria atacaron el enclave de Arbácegui-Gerricaitz (Vizcaya). Repostaron y se dirigieron a Guernica con una autonomía de tres horas. A las 16:15 se produjo el ataque a su objetivo: el puente de Rentería, que comunicaba con Bilbao. No acertaron los aviones alemanes ni los italianos a destruir el paso. Rondando las 18:30 iniciaron el bombardeo de los arrabales de Guernica, que duró veinte minutos, tras el cual los cazas atacaron las carreteras. El motivo era cortar las vías de comunicación para detener el repliegue del Ejército republicano. Desde un punto de vista militar el ataque estaba siendo un desastre: no se había destruido el puente, y el humo de las primeras bombas impedía ver los objetivos para los aviones de la segunda oleada.

Pocos edificios en pie

El jefe de la misión de la Legión Cóndor, Von Richthofen, decidió entonces bombardear el centro de Guernica siguiendo el concepto de «guerra total». Después, los cazas alemanes e italianos se dedicaron a ametrallar a la gente que huía de la ciudad. Cayeron 27 toneladas de bombas, en una combinación de explosivas con incendiarias; algo que quería probar Von Richtfohen. Afortunadamente, no fue un día de mercado porque el delegado del Gobierno lo prohibió por miedo a un bombardeo; y acertó. Sólo un 1% de los edificios quedó intacto.

En la guerra de propaganda, las cifras de víctimas fueron a gusto del medio. La agencia Havas dijo que 800, el gobierno vasco lo llevó de 500 a más de 1.600, al tiempo, la prensa pro-republicana, como el comunista «L'Humanité» llegó a 3.000 - la población era entonces de 5.630 autóctonos más los refugiados de paso - . Los números se han ajustado mucho ahora. Salas Larrazábal estudió el registro civil para ver los enterramientos y concluyó que habían sido 126. Los historiadores Txato Echaniz y Vicente del Palacio han contabilizado recientemente 164. Nada que ver con las horribles cifras de la Segunda Guerra Mundial.

La guerra de propaganda

Los cuatro corresponsales extranjeros que se encontraban en Bilbao se desplazaron a Guernica para informar del bombardeo. Eran Monks, Corman, Holme, y el más famoso de ellos: George L. Steer, un periodista conservador, colaborador de «The Times» y «The New York Times». Su crónica dio la vuelta al mundo y creó el discurso político sobre el bombardeo. Steer llegó a Guernica seis horas después de producirse el ataque. Todo ardía, en parte por la ineficacia de los bomberos. La ciudad, escribió, no era objetivo militar, sino que se quería destruir «la cuna de la raza vasca». Sus datos eran falsos: no había mercado, ni diez mil personas, ni «centenares» de muertos. El deseo de Steer era influir en su gobierno para que se armara contra Alemania. Por su lado, Franco negó la destrucción y acusó a «los rojos» de incendiar Guernica, como habían hecho con Irún y Éibar. Para apoyar la denuncia y evitar la intervención británica ordenó la creación de la denominada Comisión Herrán y dos informes de ingenieros. Por eso, el informe de la Comisión fue publicado en Londres en el año 1938. Pasado el tiempo, lo que ha quedado para el gran público es el relato de Steer y el cuadro del horror pintado por Picasso, convertido en un emblema del horror.