De los males del capitalismo no es posible escapar si este sistema no es derrotado antes. Vanos son los intentos de eludir las angustias generadas por las relaciones sociales propias de este modo de producción, que convierte en mercancía incluso a los seres humanos.

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Tratando de paliar su situación desesperada, inútilmente, 64.000 personas murieron en 2016 en los Estados Unidos de América, un promedio de 175 cada día, a causa del uso desproporcionado de opiáceos, principalmente heroína, fentanilo y analgésicos.

Así lo señaló el mismísimo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, considerándolo como "una grave emergencia de salud pública".

Los datos ofrecidos por el jefe de La Casa Blanca son peores que otros divulgados con anterioridad, al incluir no solo los gastos en atención médica, las ganancias y las pérdidas; sino "otras actividades valiosas fuera de la vida laboral".

Desde el Consejo de Asesores Económicos (CEA) del gobierno se reconoce que las precisiones de su estudio obedecieron a la búsqueda de una mayor precisión en el número de muertes relacionadas con los opiáceos ilícitos, así como en los medicamentos recetados.

Según la fuente oficial, la epidemia costó a la economía de EEUU, en 2015, más de 500.000 millones de dólares, lo que equivale a un 2,8% del PIB.

En este sentido, el analista José Luis Carretero Miramar, miembro del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión, apunta que esta situación "es el resultado de una forma de vida occidental determinada, basada en el consumo y en un proceso que viene de los años '70 (década de 1970) de flexibilización del trabajo, de la desaparición de contrapoderes sindicales en los centros de trabajo, y de la generación de una forma de vida que está basada en un trabajo muy intenso..".

Y agrega, "no se ve cómo vivir, no se ven objetivos para la propia vida en el marco de un tema cada vez más caótico y degradado".

Sin embargo, el fondo de la cuestión es aún más complejo y tiene que ver con el metabolismo del capital.

Ante todo, es preciso destacar la corriente biologista y mercantil impulsada por las multinacionales de los psicofármacos, que pretenden vender "la cura de todos los males".

El uso adictivo de las sustencias que comercializan para ello tiene un amplio abanico de razones, dentro de los que se encuentra la influencias de la cultura hegemónica.

El "remedio" químico para enfrentar la ansiedad que esta genera ha llegado a ser recomendado por personajes tan conocidos como Woody Allen, quién llegó a propugnar el consumo del peligroso antidepresivo Prozac.

Las enfermedades que se tratan con estos fármacos se presentan siempre como resultado de problemas personales, excluyendo siempre de la ecuación las causas sociales que las generan.

La consecuencia de una cultura que promueve la competencia despiadada de todos contra todos no puede ser otra que un empobrecimiento cultural y psíquico de las personas.

La desigualdad y la frustración, la situación de precariedad económica generadas por las relaciones capitalistas de producción de mercancías y sujetos, no sólo generan privaciones materiales, sino también sufrimiento moral, vergüenza y autodesprecio cuando las expectativas no son satisfechas.

Se requiere, entonces, de "prótesis" para sobrellevar la situación.

No cabe imaginar, en el marco de este sistema, una política encaminada a la prevención a estos problemas que se cobran la vida de miles de personas diariamente, contraria a la ideología que le permite reproducirse y a los multimillonarios beneficios de las trasnacionales farmaceúticas.