Traducido por el equipo Sott.net en español

Poco más hay que decir sobre los acontecimientos de Singapur. Los insultos finalmente se han detenido después de una guerra de 65 años en la que millones de personas murieron en la península de Corea dividida, donde se ensambló y desmanteló una honda nuclear.

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© The Straits Times / Global Look Press
Kim Jong-un y Donald Trump, Singapur, 12 de junio 2018
El mundo fue llevado al borde de la guerra y luego de vuelta.

Que Donald J. Trump obtenga ahora el Premio Nobel es axiomático, por sorprendente que sea esa frase, pero un segundo mandato como presidente, que cada día parece más probable, puede ser casi igual de sorprendente.

Ahora que la economía de EE.UU. está al alza, sus "socios" del G7 ardiendo en insultos, y el embrollo coreano empanado con masa trumpiana (y sazonado por China y Rusia, que son a menudo vilipendiados), es más entretenido echar un vistazo a los restos humeantes de la oposición doméstica de Trump.

Se podría medir el triunfo del presidente Trump no sólo por el tamaño de la sonrisa en su rostro, sino también lo largo de los rostros de sus enemigos. Su vituperio y su falsa indignación liberal, por un lado, y el sonido producido por la deflación de las expectativas de beneficios y el colapso de una era de poder duro, provocaron un estruendo verdaderamente terrible. Aunque lo disfruté bastante, personalmente, pues las únicas personas a las que desprecio más que a Trump son sus amargos enemigos. Cuando hace dos años acuñé la frase "No estoy contento de que Donald Trump sea presidente, pero estoy muy contento de que Hillary Clinton no lo sea", estaba pensando en días como éste. Clinton nunca podría ni nunca habría cruzado el puente de la paz en el noreste de Asia.

Al igual que cuando otro presidente republicano, Richard M. Nixon, "se abrió" a China en 1972, poniendo fin a un cuarto de siglo de ausencia de relaciones, la confusa oposición en Estados Unidos consiste hoy en dos conjuntos de intereses aparentemente contradictorios. Pero en ambos casos (y muchos más), en realidad son dos caras de la misma moneda.

Los demócratas liberales defendían (además de una postura extremadamente belicosa hacia Moscú) una postura de guerra hacia China y la doble apuesta de la fallida inversión estadounidense en materia de seguridad en Taiwán.

Los liberales estaban horrorizados al ver a un presidente de Estados Unidos jugueteando con hombres vestidos con trajes maoístas, tanto entonces como ahora. Esto es como premiar la "dictadura", clamaron, tanto entonces como ahora. ¿Qué hay de los "derechos humanos"?, preguntaron, tanto entonces como ahora.

En la otra cara de la moneda, sin embargo, estaba la verdadera moneda. El complejo militar-industrial estadounidense (sobre el que otro presidente republicano, Eisenhower, había advertido al mundo) no era sólo un asistencialismo para el capitalismo, era una bonanza para los capitalistas. Un Eldorado aparentemente interminable alimentado por la siempre presente "amenaza" de guerra con la doble Amenaza Roja en el Este, había advertido Eisenhower.

Sin guerra, no hay ganancias; una ecuación bastante simple en realidad. En el caso de Trump, esta misma dicotomía produce vituperación en estéreo.

Los brillantes y relucientes liberales, agrupados en torno a Hillary Clinton, el establishment de la Ivy League responsable de muchas de las peores guerras de EE.UU., la élite de la costa este y oeste no pueden aceptar siquiera que Trump pueda atarse los cordones de los zapatos, por no hablar de lograr el acuerdo diplomático del siglo. Su odio visceral hacia el vulgar Trump los ha cegado con prejuicios e ira. Que sus suaves predecesores demócratas lanzaran bombas y agarraran coños con todo el estilo de Curtis LeMay mezclado con Harvey Weinstein, es lo que les gusta. Matar mientras se canta es la vía democrática.

El toro de Trump en una tienda de porcelana China no rompe suficiente porcelana China para los liberales, eso es todo en resumidas cuentas.

Por lo tanto, el pedido de Trump de que Rusia regrese al G7 debe ser enterrado en burlas y acusaciones falsas. No se puede permitir que su proceso de paz en Corea tenga éxito. Después de todo, si la resolución pacífica de las disputas internacionales mediante la diplomacia en lugar de la guerra se convirtiera en la nueva normalidad, no quedaría ningún lugar para que gente como los Clinton "vinieran, vieran y mataran".

Y para los enemigos del Estado Profundo de Trump, ésta es la mayor amenaza de todas. Después de todo, si se puede negociar la paz con Corea, ¿por qué no con Rusia? ¿Por qué no con Irán? Si el famoso dicho del verdadero líder de la guerra, Winston S. Churchill, "Es mejor dialogar que ir a la guerra" vuelve a estar de moda, ¿qué porvenir le espera a las industrias que valen billones de dólares y dependen de la guerra y de su amenaza permanente? ¿Qué devenir tendría la miríada de imperios securócratas dentro del Estado si los diplomáticos reanudaran sus labores?

Y así Trump (que ha pasado dos años cabalgando hacia el valle de la muerte, atrapado en la tenaza de los sombreros de coño y los proxenetas de la máquina de guerra) ha saltado por encima de los cañones. ¿Acaso Singapur ha logrado hacer papilla a sus enemigos? Yo creo que sí. Al menos eso espero. Y usted también debería.
Sobre el autor

George Galloway fue miembro del Parlamento Británico durante casi 30 años. Presenta programas de radio y televisión (incluyendo RT). Es un cineasta, escritor y orador de renombre.