Traducido por el equipo de editores de Sott.net en español

Como superviviente del Holocausto Comunista, estoy horrorizado al ver cómo mi amada América, mi país de adopción, se va transformando gradualmente en una utopía secularista y ateísta donde se promocionan y glorifican las ideas, mientras que los valores y la moralidad quedan cada vez más relegados al ridículo, erradicados del público y de la consciencia de nuestra nación.
Aleksandr Solzhenitsyn

Alexander Solzhenitsyn
Bajo el asalto de décadas del radicalismo militante de muchas de las llamadas élites "liberales" y "progresistas", Dios ha sido progresivamente borrado de nuestras instituciones públicas y educativas, para ser reemplazado por todo tipo de engaño, perversión, corrupción, violencia, decadencia y locura.

No es una coincidencia que a medida que las ideologías marxistas y los principios secularistas engullen la cultura y pervierten el pensamiento dominante, las libertades individuales y las libertades estén desapareciendo rápidamente. Como consecuencia de ello, los americanos se van sintiendo cada vez más impotentes y subyugados por algunos de los individuos más radicales, hipócritas, antidemocráticos y faltos de carácter que nuestra sociedad haya producido jamás.

Quienes hemos experimentado y presenciado de primera mano las atrocidades y el terror del comunismo comprendemos plenamente por qué ese mal arraiga, cómo crece y engaña, y el tipo de infierno que en última instancia desencadenará sobre los inocentes y los fieles. ¡El ateísmo siempre es el primer paso hacia la tiranía y la opresión!

Galardonado con el Premio Nobel, el autor cristiano ortodoxo y disidente ruso Alexander Solzhenitsyn en su discurso Godlessness: the First Step to the Gulag [Ateísmo: el primer paso hacia el gulag] pronunciado en mayo de 1983 cuando se le otorgó el Templeton Prize for Progress in Religion [Premio Templeton para el Progreso en la Religión] explicó cómo la mentalidad atea y un largo proceso de secularización que alejó al pueblo de Dios y de la moral y las creencias cristianas tradicionales facilitaron la revolución rusa y la toma del poder por parte de los comunistas. Concluyó acertadamente: "Los hombres han olvidado a Dios; eso explica todo lo ocurrido."

El texto de su discurso en Templeton se ofrece a continuación. Los paralelismos con la crisis actual y la decadencia moral en la sociedad estadounidense son sorprendentes y aterradores. ¡Los que tienen oídos para oír, que oigan!

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"El hombre se olvidó de dios" - El Discurso Templeton
por Aleksandr Solzhenityn

Hace más de medio siglo, mientras todavía era un niño, recuerdo haber escuchado a algunos ancianos ofreciendo la explicación siguiente en cuanto a los importantes desastres que afectaron a Rusia: Los hombres han olvidado a Dios; por eso ha sucedido todo esto.

Desde entonces he pasado unos cincuenta años trabajando sobre la historia de nuestra revolución; este proceso me llevó a leer cientos de libros, a reunir cientos de testimonios personales, y ya he contribuido con ocho volúmenes en un esfuerzo por despejar los escombros dejados por esa conmoción. Pero si hoy me pidieran que formulara lo más concisamente posible la causa principal de esta revolución ruinosa que se tragó hasta sesenta millones de ciudadanos rusos, no podría ser más explícito que repetir: Los hombres han olvidado a Dios; por eso ha sucedido todo esto.

Y es más, los eventos de la revolución rusa sólo pueden entenderse ahora, al final del siglo, contrastándolos con el historial de lo que ha ocurrido desde entonces en el resto del mundo. Lo que emerge de ahí es un proceso de importancia universal. Y si se me instara a que identificara brevemente el rasgo principal del siglo veinte en su totalidad, lo mismo diría, sería incapaz de encontrar algo más preciso y conciso que volver a repetir: El hombre se olvidó de dios.

La falta de consciencia humana, desprovista de su dimensión divina, ha sido un factor determinante en todos los graves crímenes de este siglo. El primero de ellos fue la primera guerra mundial, y es en ésta que gran parte de los problemas actuales tienen su origen. Fue una guerra (cuyo recuerdo parece desvanecerse) cuando una Europa rebosante de salud y abundancia sucumbió al furor por automutilarse, lo cual no hizo más que debilitar su fuerza por un siglo o más, y quizá para siempre. La única explicación posible para esta guerra es un eclipse mental entre los líderes europeos debido al conocimiento olvidado del Poder Supremo reinante desde lo alto. Sólo una amargura atea habría conseguido arrastrar a los Estados cristianos hacia el manejo de gas envenenado, un arma que obviamente transgrede todos los límites de la humanidad.

El mismo tipo de defecto, el error de la consciencia desprovista de cualquier dimensión divina, se manifestaría después de la segunda guerra mundial, cuando Occidente cedió a la tentación satánica del "paraguas nuclear". Fue lo mismo que decir: ignoremos las preocupaciones, liberemos a las generaciones más jóvenes de sus obligaciones, abandonemos todo esfuerzo por defendernos a nosotros mismos como a los demás - , hagamos oídos sordos ante los quejidos que emanan del este, y en cambio déjennos vivir en busca de la felicidad. En el supuesto de que algún peligro nos amenace, las bombas nucleares nos protegerán; y en caso contrario, pues dejen que el mundo se consuma en el infierno, eso no nos concierne. El estado lamentable e impotente en el que se ha hundido Occidente hoy en día se debe en gran medida a este fatal error: la creencia de que la defensa por la paz no depende de corazones valientes y hombres firmes, sino únicamente de la bomba nuclear...

El mundo actual ha llegado a tal punto que si los siglos anteriores hubiesen tenido acceso a su descripción, habrían exclamado: "¡Esto es el apocalípsis!".

Aun así nos hemos acostumbrado a este tipo de mundo; hasta nos hace sentir en casa.

Dostoyevsky nos advirtió de "los eventos importantes que podrían avecinarse y sorprendernos de improvisto intelectualmente". Esto es precisamente lo que ha ocurrido. Y anticipó: "El mundo será salvado sólo después de haber sido poseído por el demonio de la maldad." En cuanto a que su salvación se vaya a cumplir, tendremos que esperar y observar: Eso dependerá de nuestra consciencia, de nuestra lucidez espiritual, de nuestros esfuerzos individuales y combinados ante circunstancias catastróficas. Pero ya ha sucedido, el demonio de la maldad, como si de un torbellino se tratara, está cercando los cinco continentes...

En el pasado, Rusia vivió una época donde el ideal social no lo representaban los ricos, o el éxito material, sino una manera piadosa de vivir. Rusia estaba entonces inmersa en un cristianismo ortodoxo que permaneció fiel a la Iglesia de los primeros siglos. La ortodoxia de aquellos tiempos sabía cómo proteger a su gente en presencia del yugo de una ocupación extranjera que duró más de dos siglos, mientras que al mismo tiempo se defendían de los golpes de espadas perversos lanzados por los cruzados occidentales. Durante estos siglos, la fe ortodoxa de nuestro país se convirtió en el mismísimo patrón de pensamiento y personalidad de nuestra gente, el modo de vida cotidiana, el calendario laboral, las prioridades en cada empresa, la organización semanal y anual. La fe era la fuerza moldeadora y unificadora de la nación.

Pero en el siglo diecisiete la ortodoxia rusa se vio seriamente debilitada por una escisión interna. En el siglo dieciocho, el país fue sacudido por transformaciones impuestas a la fuerza por Pedro, favoreciendo a la economía, al Estado y al ejército a expensas del espíritu religioso y la vida nacional. Y a lo largo de esta cultura desequilibrada de Pedro, Rusia percibió el primer olor a secularismo; sus venenos sutiles permearon las clases cultas durante el siglo diecinueve para abrir paso al marxismo. Cuando la revolución hizo su aparición, la fe había desaparecido virtualmente de cualquier círculo culto; y en cuanto a los iletrados, su salud se vería amenazada.

Una vez más fue Dostoyevsky quien extrajo del aparente odio hacia la iglesia de la revolución francesa la lección de que "la revolución empieza necesariamente por el ateísmo". Esto es totalmente cierto. Pero el mundo nunca había conocido un ateísmo tan organizado, tan militarizado y tan tenaz en su maldad como el que practicó el marxismo. Dentro del sistema filosófico de Marx y Lenin, y en el corazón de su psicología, el odio a dios es la principal fuerza motriz, y es más fundamental que cualquiera de sus pretensiones políticas y económicas. El ateísmo militante no es puramente fortuito o marginal en la política comunista; no se trata de un efecto colateral, sino del pivote central.

Entre 1920 y 1930, la URSS presenció una procesión ininterrumpida de víctimas y mártires entre el clero ortodoxo. Dos metropolitanos fueron abatidos a tiros, uno de ellos vietnamita de Petrogrado que había sido elegido mediante el voto popular de su diócesis. El patriarca Tijon en persona pasó a manos de la Checa-OGPU (Directorio político unificado del Estado) para luego morir bajo extrañas circunstancias. Fallecieron un montón de arzobispos y obispos. Decenas de miles de curas, monjes y monjas fueron presionados por los chequistas para que renunciaran a la palabra de dios, fueron torturados, fusilados en celdas, enviados a campos de concentración, exiliados en la tundra asolada del norte lejano, o soltados en la calle a edades avanzadas sin alimento ni cobijo. Todos estos mártires cristianos se dirigieron inquebrantablemente hacia la muerte en nombre de su fe; los casos de apostasía fueron escasos. Para decenas de millones de laicos el acceso a la Iglesia fue prohibido, y se les negó criar a sus hijos en la fe: padres religiosos fueron arrancados de sus hijos y encarcelados, mientras que los niños fueron apartados de la fe mediante amenazas y mentiras...

De forma pasajera, cuando Stalin necesitaba hacer acopio de fuerzas para combatir contra Hitler, adoptó no sin cinismo una postura amistosa hacia la iglesia. El juego engañoso, que se perpetuaría en años ulteriores por Brezhnev con la ayuda de publicaciones de cara a la galería y demás fachadas, tendía a ser aceptado al pie de la letra en Occidente. Con todo, la tenacidad con la que el odio por la religión está arraigado en el comunismo puede juzgarse por el ejemplo del más liberal de sus líderes, Jrushchev: pues a pesar de haber emprendido importantes medidas que favorecían una mayor libertad, Jrushchev reavivó simultáneamente la obsesión de los frenéticos leninistas por destruir la religión.

Pero hay algo que no esperaban: que en una tierra donde las iglesias han sido arrasadas, donde un ateísmo triunfante ha arrasado sin control durante dos tercios de siglo, donde el clero es totalmente humillado y privado de toda independencia, donde lo que queda de la Iglesia como institución es tolerado sólo en aras de la propaganda dirigida a Occidente, donde aún hoy la gente es enviada a los campos de trabajo por su fe, y donde, dentro de los campos mismos, los que se reúnen para rezar en Pascua son encerrados en celdas de castigo, no podían adivinar que bajo el peso de esta apisonadora comunista la tradición cristiana sobreviviría en Rusia.

Es cierto que millones de nuestros compatriotas han sido corrompidos y espiritualmente devastados por un ateísmo impuesto oficialmente, pero todavía quedan muchos millones de creyentes: son sólo las presiones externas las que les impiden expresarse, pero, como es siempre el caso en tiempos de persecución y sufrimiento, la conciencia de Dios en mi país ha alcanzado una gran agudeza y profundidad.

Es aquí donde vemos el amanecer de la esperanza: porque no importa cuán formidablemente el comunismo se erice con tanques y cohetes, no importa los éxitos que logre en la conquista del planeta, está condenado a no derrotar nunca al cristianismo.

Occidente todavía no ha experimentado una invasión comunista; la religión aquí sigue siendo libre. Pero la propia evolución histórica de Occidente ha sido tal que hoy también está experimentando un agotamiento de la conciencia religiosa. También ha sido testigo de atroces cismas, guerras religiosas sangrientas y rencores, por no hablar de la marea de secularismo que, desde finales de la Edad Media en adelante, ha inundado progresivamente Occidente. Esta pérdida gradual de fuerza desde el interior es una amenaza para la fe que es quizás aún más peligrosa que cualquier intento de atacar a la religión violentamente desde el exterior.

Imperceptiblemente, a través de décadas de erosión gradual, el significado de la vida en Occidente ha dejado de ser visto como algo más elevado que la "búsqueda de la felicidad", un objetivo que incluso ha sido solemnemente garantizado por las constituciones. Los conceptos del bien y del mal han sido ridiculizados durante varios siglos; desterrados del uso común, han sido reemplazados por consideraciones políticas o de clase con valor efímero. Se ha vuelto vergonzoso afirmar que el mal construye su nido en el corazón humano individual antes de entrar en un sistema político. Sin embargo, no se considera vergonzoso hacer concesiones a un mal integral a diario. A juzgar por el continuo aluvión de concesiones ante los ojos de nuestra propia generación, Occidente se está deslizando inevitablemente hacia el abismo. Las sociedades occidentales están perdiendo cada vez más su esencia religiosa a medida que ceden irreflexivamente su generación más joven al ateísmo. Si una película blasfema sobre Jesús se muestra en todo Estados Unidos, supuestamente uno de los países más religiosos del mundo, o si un periódico importante publica una caricatura descarada de la Virgen María, ¿qué otra evidencia de ateísmo se necesita? Cuando los derechos externos son completamente ilimitados, ¿por qué debería uno hacer un esfuerzo interior para contenerse de actos innobles?

Es decir: ¿por qué tendría uno que abstenerse de manifestar este odio abrasador, cualquiera que sea su raza, clase social o ideología? Tal odio, de hecho, está corroyendo muchos corazones hoy en día. Los profesores ateístas están educando una nueva generación dentro de un espíritu de odio hacia su propia sociedad. En medio de tanta vituperación nos olvidamos que los defectos del capitalismo representan los errores básicos de la naturaleza humana que puso a nuestro alcance la libertad sin restricciones mano a mano con los derechos humanos; olvidamos que bajo el comunismo (cuya intromisión se infiltra en cualquiera de las formas moderadas del socialismo, el cual es inestable) idénticos errores se adueñan de cualquier persona en posesión del más mínimo grado de autoridad; y mientras tanto, todos las demás personas logran la "igualdad" propia de este sistema, la igualdad de los esclavos destituidos. Este ansioso avivamiento de las llamas del odio se está convirtiendo en la marca del mundo libre de hoy. Desde luego, resulta paradójico que cuanto más amplias son las libertades personales, la prosperidad o hasta la abundancia, más vehemente se vuelve este odio ciego. El ejemplo del mundo occidental tal como se ha ido desarrollando nos demuestra por lo tanto que la salvación humana no se encuentra ni en la profusión de bienes materiales, ni en la mera producción de dinero.

Este odio deliberadamente alimentado se propaga luego en todo lo que está vivo, en la vida misma, en el mundo con sus colores, sonidos, formas, y en el cuerpo humano. El arte amargado del siglo veinte se está deteriorando a causa de este odio ingrato, pues el arte no da sus frutos si carece de amor. En el este el arte ha colapsado porque ha sido abatido y pisoteado, mientras que en Occidente la caída ha sido voluntaria, un descenso hacia una búsqueda artificiosa y pretenciosa donde el artista, en lugar de empeñarse en revelar el plano divino, intenta ponerse en el lugar de Dios.

Una vez más, somos testigos del resultado único de un proceso mundial, con Oriente y Occidente dando los mismos resultados, y una vez más por la misma razón: Los hombres han olvidado a Dios.

Con tales eventos globales que se ciernen sobre nosotros como montañas, no, como cordilleras enteras de montañas, parece incongruente e inapropiado recordar que la primera clave de nuestro ser o no-ser reside en cada corazón del ser humano, en la tendencia del corazón por un bien o un mal específico. Sin embargo, esto sigue siendo verdadero incluso hoy en día, y de hecho es la clave más fehaciente que tenemos. Las teorías sociales que tanto prometían han demostrado estar en bancarrota y nos dejaron en un callejón sin salida. Se podía esperar razonablemente que el pueblo libre de Occidente se diera cuenta de que está acosado por numerosas falsedades alimentadas de forma gratuita, y que no permitiera que las mentiras les fueran impuestas tan fácilmente. Todos los intentos de encontrar una salida a la difícil situación del mundo de hoy son infructuosos a menos que redirijamos nuestra conciencia, en arrepentimiento, al Creador de todo: sin esto, ninguna salida será iluminada, y la buscaremos en vano.

Los recursos que hemos empleado son demasiado pobres para la tarea. En primer lugar, debemos reconocer el horror perpetrado no por una fuerza externa, ni por enemigos de clase o nacionales, sino dentro de cada uno de nosotros individualmente y dentro de cada sociedad. Esto es especialmente cierto en el caso de una sociedad libre y altamente desarrollada, ya que aquí en particular seguramente hemos traído todo esto sobre nosotros mismos, por nuestra propia voluntad. Nosotros mismos, en nuestro egoísmo cotidiano e irreflexivo, estamos apretando esa soga...

Nuestra vida no consiste en perseguir el éxito material, sino en la búsqueda de un crecimiento espiritual loable. Toda nuestra existencia terrenal no es sino una etapa transitoria del movimiento hacia algo más elevado, y no debemos tropezar y caer, ni permanecer infructuosamente en el mismo escalón. Las leyes materiales por sí mismas no explican nuestra vida, ni tampoco nos señalan la dirección que debemos tomar. Las leyes físicas y fisiológicas nunca podrán revelar la manera indiscutible en la que el creador participa constantemente, día tras día, en la vida de cada uno de nosotros, concediéndonos indefectiblemente la energía de la existencia; cuando esta asistencia nos abandona, morimos. Y en la vida de nuestro planeta, el espíritu divino se mueve firmemente sin desfallecer: eso es lo que nos tocará comprender cuando llegue nuestra oscura y terrible hora.

A las esperanzas irreflexivas de los dos últimos siglos, que nos han reducido a la insignificancia y nos han llevado al borde de la muerte nuclear y no nuclear, sólo podemos proponer una búsqueda decidida de la cálida mano de Dios, que tan precipitada y confiadamente hemos despreciado. Sólo así podremos abrir los ojos a los errores de este desafortunado siglo XX y orientar a nuestras pandillas a corregirlos. No hay nada más a lo que aferrarse en la avalancha: la visión combinada de todos los pensadores de la Ilustración no es nada.

Nuestros cinco continentes se encuentran en medio de un torbellino. Pero es durante tales adversidades que se manifiestan los talentos más elevados. Si morimos y perdemos este mundo, nosotros seremos los únicos culpables.

Aleksandr Solzhenitsyn, "Godlessness: the First Step to the Gulag" (El ateísmo: el primer paso hacia el gulag). Discurso en ocasión del premio Templeton, 10 de mayo de 1983 (Londres)