Las poblaciones que han vivido tradicionalmente en zonas altas, como las andinas, modificaron sus organismos con el paso de los años. Y resisten mejor que el resto de la humanidad ciertas dolencias o condiciones adversas.

pueblo de montaña
© Enrique Castro-Mendivil / Reuters
Las mutaciones genéticas han ayudado a los humanos que vivieron en zonas muy altas a adaptarse a las condiciones de vida, como analiza una investigación publicada el pasado jueves en la revista Science Advances. Un grupo de genetistas ha estudiado la historia de los asentamientos en las cordillera de los Andes para llegar a interesantes conclusiones.

Por ejemplo, los científicos descubrieron que los habitantes de las citadas montañas latinoamericanas experimentaron un cambio en el gen DST que hizo que su corazón fuera cambiando con el paso de los siglos. Los ventrículos derechos son mayores que los de un corazón normal con objeto de mejorar el suministro de sangre oxigenada.

Otra señal de adaptación fue la de un gen llamado MGAM (maltasa-glucoamilasa), una enzima intestinal. Los ancestros de los habitantes de las tierras altas de América del Sur tuvieron que comer mucho maíz y papa, ya que esta se consume en la zona desde hace al menos 5.000 años. La adaptación del MGAM permitió que digiriesen mejor el almidón. La presencia del MGAM produjo "un cambio significativo en la dieta" de los pueblos andinos. Ingerían mucho almidón, pero sus genomas no hicieron copias adicionales del gen de la amilasa, como sí ocurría en zonas rurales de Europa.

Por lo que se refiere al sistema imunológico, durante las epidemias de viruela en América Latina causadas por la llegada de los españoles, las tasas de mortalidad en los Andes eran de entre el 23 % y el 27 %. Estas cifras contrastan con las del resto de América del Sur y del Norte, donde la tasa de mortalidad alcanzó el 90 %.