Hay quienes se atreven a decir que es preferible que formemos parte de un Ejército europeo a que continuemos perteneciendo a la OTAN. Se trata de una disyuntiva no sólo falsa sino que, además, es intencionadamente engañosa. En este artículo de nuestro colaborador Manuel Medina se nos propone que dilucidemos dónde se esconde la trampa de esta iniciativa militar, formulándonos preguntas tales como: ¿Cuál será la función de ese Ejército?, ¿En qué áreas territoriales están previstas sus actuaciones?, ¿ De qué círculos parte la iniciativa?, ¿Por qué se produce justamente en estos momentos?
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez,
© AFP
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ofrece un discurso ante la Eurocámara en Estrasburgo (Francia), 16 de enero de 2019.
Los cargos institucionales, tales como la presidencia de un país, terminan situando siempre a sus titulares en el lugar donde ideológica y políticamente les corresponde. ¿Cuál es la razón por la que, de manera invariable, el itinerario recorrido por estos tiene siempre el mismo desenlace?

En el año 82 del pasado siglo no eran pocos los que en este país pensaron que Felipe González, Secretario General del PSOE, iba a acabar con la vetusta maquinaria estatal heredada de la dictadura. Eso no sólo no fue así, sino que en no pocos aspectos ésta se vio remozada y reforzada. Pero González hizo algo más. Nos adscribió a la OTAN, desmontó la industria española para que le permitieran ingresar en la UE, y redujo la estructura económica del país al sector Servicios y la especulación bancaria.

Más de 20 años después, también fueron muchos los que estuvieron convencidos de los "buenos oficios" de Rodríguez Zapatero. Pero Mister Bean lo único que se atrevió a hacer fue "cambiar los muebles de lugar", sin ni siquiera tocar la "estructura intangible" que había recibido como herencia. Con una ley que posibilitaba el matrimonio entre personas del mismo sexo y con la retirada del destacamento militar que había en Irak, trasladándolo a Afganistán, le bastó para que nuestros "progres " y artistas quedaran tan contentos por las "reformas" realizadas, y los Miguel Ríos, Víctor Manuel, Serrat, Sabina... pudieran tranquilizar sus conciencias y seguir frunciendo las cejas.

Pero una cosa era el vodevil politico y otra las dramáticas realidades que iban a empujar a millones de personas a las situaciones más límites. Con una economía ultradependiente como ha terminado siendo la española, la catástrofe estaba servida. La crisis constituyó el terremoto que sirvió para que los más pobres pudieran tomar conciencia de lo poco que significábamos en el mundo, y que España no era aquel paradisíaco país en el que como nos decían los medios de comunicación de entonces, todo el mundo podía hacerse rápidamente rico.

Y por fin, en virtud de un abracadabra parlamentario, nos ha sobrevenido ahora Pedro Sánchez. Con Sánchez parece estarse reiterando una versión calcada de las que hemos conocido hasta ahora. Da vueltas sobre su propio eje, pretendiendo simular que se está moviendo, que las cosas están cambiando. Pero la brújula nos indica tozudamente que todo sigue inmóvil. Lo que resulta sorprendente es que todavía haya gente deslumbrada que crea que Sánchez se mueve. Algo de eso les debió de suceder a los diputados de Podemos, cuando después de la moción de censura contra Rajoy, ni corto ni perezoso empezaron a gritar extasiados: "¡Si se puede!", "¡Si se puede!"... ¿Qué era lo que el partido que había sido uno de los principales artífices del "Régimen del 78" podía cambiar? ¿Qué fue lo que los nuevos reformistas estaban festejando? ¿Su próximo desfondamiento y final unificación en filas socioliberales del PSOE, tal y como día a día están indicando los acontecimientos?

Un buen número de comentaristas políticos - la mayoría, por cierto - argumentan que el fenómeno de estos presidentes pretendidamente "progresistas" se produce porque "una cosa es el poder y otra la oposición". Se trata de un argumento falaz. Todos aquellos que han ostentado los cargos de presidentes o primeros ministros, -aquí o en Pekín- han pisado los aledaños del poder gubernamental mucho antes de asumir esa responsabilidad. Han tenido, además, la oportunidad de navegar por los entresijos de la máquina del Estado y sus secretos. Son perfectos conocedores de cuáles son las fuerzas económicas y los poderes "fácticos" que dominan las complejidades de la máquina del Estado. Saben que en la comedia institucional a ellos sólo les tocará desempeñar el papel de representantes formales del sistema.

El poder ejecutivo real reside en las altas instancias empresariales y financieras. Es ahí donde se encuentran los cenáculos de "accionistas" en los que se toman las decisiones realmente importantes. El gobierno es tan sólo un simple "Consejo de Administración" que se limita a recoger las orientaciones fundamentales de su "accionariado". Ni González, ni Rodríguez Zapatero, ni Sánchez, pues, han accedido al gobierno - que no al Poder- sin antes conocer todo lo que se esconde tras él. No tienen un pelo de ingenuos. En realidad son simplemente oportunistas y buscavidas como ha quedado demostrado por sus propias trayectorias biográficas.

Un ejército europeo... ¿para qué?

Viene esta breve reflexión a propósito del discurso pronunciado por el actual presidente español, Pedro Sánchez, en el Parlamento de Estrasburgo el pasado miércoles, en el que sin ambages expresó que la Unión Europea "deberá reforzar su papel como "actor global" en el mundo, mediante la creación de un Ejército europeo que le permita enviar tropas fuera de sus fronteras".

¿Qué es lo que significa este mensaje? ¿Cuáles son sus implicaciones? ¿Hacia dónde nos lleva la participación en ese compromiso? ¿Se trata de un deseo paneuropeista sin otro tipo de connotaciones?

En primer lugar, hay que decir que el discurso de Sánchez no es ninguna novedad. El anuncio de las "novedades" en el marco de la UE no se las pueden permitir políticos de "segundo orden", que dirigen países con economías subalternas, como es el caso de España, y que forman parte de los vagones de cola de un proyecto, que pese a las ilusiones de algunos, nunca dejó de ser el de las oligarquías.

Mucho antes que Sánchez, el presidente de la Comisión europea, el político derechista Jean-Claude Junker, en uno de sus escasos momentos de sobriedad, ya había definido y enumerado para qué debía servir ese Ejército "europeo":
"Éste ejército permitiría a la UE conformar una política exterior y una política de seguridad comunes, y compartir las responsabilidades de Europa ante los sucesos en el mundo... Permitiría a la UE reaccionar ante las amenazas contra los países miembros de la Unión y estados vecinos".
En su discurso de este miércoles en Estrasburgo, el presidente Sánchez no fue ni tan claro ni tan directo. Pero sí nos permitió conocer entrelíneas en qué va a consistir el complejo militar que se prepara y en el vamos a participar:
"Europa podría convertirse en una potencia creíble en el tablero internacional"- digo Sánchez. Y todo ello, naturalmente, con el pacífico objetivo de "garantizar la seguridad de nuestros ciudadanos y reforzar nuestro papel en el mundo como auténtico actor global"
Con su amén al proyecto expansionista de los "países capitanes" de la UE -Alemania y Francia- , Pedro Sánchez manifiesta su compromiso público con un proyecto que viene cociéndose desde hace algún tiempo en el seno de los núcleos más poderosos de las diferentes burguesías europeas.

Alemania y Francia, potencias que conservan todavía áreas de antiguas influencias coloniales en diversas partes del mundo, no quieren permanecer como estatuas de sal en un planeta en el que las disputas interimperialistas vuelven a estar en el primerísimo plano de la actualidad económica internacional.

Pero seria muy interesante que no nos quedarámos en este tema solo con los aspectos relacionados con la política exterior. Ese "Ejército europeo" no sólo podría realizar las citadas funciones. Podría cumplir un doble papel, blindando también a la banca y a las burguesías locales intermediarias ante la posibilidad de que, en el marco de las sociedades donde operan, se puedan producir "cambios políticos y económicos indeseables", propulsados socialmente desde abajo, que pudieran afectar a sus intereses. Para que esa eventualidad no pudiera siquiera ser soñada por los pueblos del continente, existiría siempre un último baluarte en ese Ejército "europeo" dispuesto a impedirlo. Hay elocuentes y numerosos ejemplos en la historia contemporánea europea en este tipo de iniciativas probaron su eficacia.

El epílogo socialdemócrata

Como hizo un día Felipe González con la OTAN y los costes de la entrada en la UE; o Rodríguez Zapatero cuando, con nocturnidad y mucha alevosía cambió la Constitución para encadenarnos a perpetuidad al pago de una gigantesca deuda externa, ahora el presidente Sánchez nos vuelve a enganchar al vagón de cola de un proyecto militar expansionista en el que a los más pobres - y el tiempo se encargará de probarlo- nos tocará, como siempre, aportar los muertos.