Traducido por el equipo de SOTT.net en español

El 11 de diciembre de 1981 en El Salvador, una unidad militar salvadoreña creada y entrenada por el Ejército de los Estados Unidos mataron a todo aquel que se pusiera por delante en la aldea remota llamada El Mozote. Antes de asesinar a mujeres y niñas, los soldados las violaron repetidamente, incluidas algunas de tan sólo diez años, diciendo entre bromas que sus favoritas eran las de doce años. Un testigo describió como un soldado lanzaba al aire a un niño de tres años para empalarlo luego con su bayoneta. Se calculó que el número total de muertos sumaban unas 800 personas.

El día siguiente, 12 de diciembre, fue el primer día que Elliott Abrams ocupó su puesto como secretario de Estado adjunto para los derechos humanos y asuntos humanitarios en la administración Reagan. Abrams entró precipitadamente en acción para llevar a cabo el encubrimiento de la masacre. Los informes de noticias sobre este suceso, dijo Abrams al Senado, "no eran creíbles", y todo este asunto ha sido "utilizado inapropiadamente" como propaganda por parte de guerrilleros antigubernamentales.

El viernes pasado, el secretario de Estado Mike Pompeo nombró a Abrams como enviado especial de Estados Unidos para Venezuela. Según dijo Pompeo, Abrams "será responsable de todo lo relacionado con nuestros esfuerzos por restaurar la democracia" en esta nación, rica en petróleo.
Mike Pompeo
© Manuel Balce Ceneta / AP
Elliott Abrams, a la izquierda, escucha las declaraciones del Secretario de Estado Mike Pompeo sobre Venezuela en el Departamento de Estado en Washington, DC, el 25 de enero de 2019.

La elección de Abrams está enviando un mensaje claro a Venezuela y al resto del mundo: el gobierno de Trump intenta brutalizar a Venezuela, mientras alienta una corriente de retórica untuosa sobre el amor de Estados Unidos por la democracia y los derechos humanos. La combinación de estos dos factores, la brutalidad y la untuosidad, denota la esencia de la competencia de Abrams.

Anteriormente, Abrams había desempeñado una multitud de cargos en las administraciones de Ronald Reagan y George W. Bush, a menudo con títulos que hacían referencia a la moralidad. Primero fue subsecretario de Estado para asuntos de organizaciones internacionales (en 1981); luego ocupó varios puestos como el de "derechos humanos" del Departamento de Estado mencionada anteriormente (1981-85), secretario de Estado adjunto para asuntos interamericanos (1985-89), director honorado de la democracia, derechos humanos y operaciones internacionales para el Consejo de Seguridad Nacional (2001-2005), y, finalmente, consejero adjunto de Seguridad Nacional de Bush para la estrategia de democracia global (2005-09).

En estos cargos, Abrams participó en muchos de los actos más espantosos por haber de la política exterior estadounidense en los últimos 40 años, al tiempo que proclamaba cuán profundamente se preocupaba por los extranjeros que él y sus amigos estaban asesinando. Mirando hacia atrás, resulta asombroso que Abrams casi siempre estuviera implicado en los actos más sórdidos de los EE.UU.

Abrams se graduó en el Harvard College y Harvard Law School, para unirse luego a la administración Reagan en 1981, a la edad de 33 años. Pronto fue ascendido gracias a un golpe de suerte: Reagan quería nombrar a Ernest Lefever como secretario de Estado adjunto para los derechos humanos y asuntos humanitarios, pero la candidatura de Lefever se vio afectada cuando dos de sus hermanos revelaron que a su parecer, los afroamericanos eran "inferiores, intelectualmente hablando". Un decepcionado Reagan se vio obligado a recurrir a Abrams como segunda opción.

Una preocupación clave de la administración Reagan en aquellos tiempos era América Central, en particular las cuatro naciones contiguas como Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua. Todas habían sido dominadas por élites blancas, escasas y crueles desde su fundación, valiéndose de un siglo de intervenciones estadounidense. Las familias gobernantes de cada país consideraban a los demás habitantes de su sociedad como animales con forma humana que podían ser aprovechados o asesinados según dictara la necesidad.

Pero poco antes de que Reagan asumiera el cargo, Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua y aliado de Estados Unidos, fue derrocado por una revolución socialista. Los partidarios de Reagan lo entendieron racionalmente como una amenaza para los gobiernos vecinos de Nicaragua. Cada país gozaba de una gran población y ninguna disfrutaba de tener que trabajar hasta la muerte en las plantaciones de café, o ver morir a sus hijos por culpa de tratamientos médicos superficiales. Algunos tomarían las armas y otros se contentarían con agachar la cabeza, pero desde la perspectiva de los fríos guerreros de la Casa Blanca, todos tenían que ser unos "comunistas" acatando órdenes de Moscú. Merecían una lección.
Marvin Recinos / AFP / Getty Images
© Marvin Recinos / AFP / Getty Images
Familiares y aldeanos celebran un funeral para enterrar los restos identificados de 21 personas asesinadas en la masacre de El Mozote en 1981, el 10 de diciembre de 2016.

El Salvador


El exterminio de El Mozote fue solo una gota en el océano de lo que sucedió en El Salvador durante los años ochenta. Alrededor de 75.000 salvadoreños murieron durante la así llamada "guerra civil", aunque la mayoría de los asesinatos los cometieron el gobierno y sus escuadrones de la muerte.

Estos números no nos cuentan toda la historia. El Salvador es un país pequeño parecido al tamaño de Nueva Jersey. El número equivalente de muertes en los Estados Unidos sería de unos 5 millones. Además, los actos de barbarie en el que se involucró el régimen salvadoreño son tan atroces que no hay equivalente contemporáneo, excepto quizás ISIS. Hubo un sacerdote católico que expuso el caso de una campesina que dejó brevemente a sus tres hijos pequeños al cuidado de su madre y su hermana. Al regresar descubrió que los cinco habían sido decapitados por la Guardia Nacional salvadoreña. Sus cuerpos se hallaban sentados alrededor de una mesa, con las manos colocadas sobre sus cabezas delante de ellos, "como si cada cuerpo estuviera acariciando su propia cabeza". Al parecer, la mano de una niña pequeña seguía resbalándose de su cabecita por lo que la clavaron en ella. En el centro de la mesa habían dejado un gran cuenco lleno de sangre.

La crítica hacia la política estadounidense de aquel entonces no se limitaba a la izquierda. Durante aquel período, Charles Maechling Jr., quien había dirigido la planificación del Departamento de Estado para la erradicación de las insurgencias durante la década de los 60, denunció en Los Angeles Times que EE.UU. estaba apoyando ciertas "oligarquías similares a la mafia" en El Salvador y otros lugares, y que fueron directamente cómplices en "los métodos de exterminio de Heinrich Himmler".

Abrams fue uno de los artífices políticos de la administración Reagan que dio su apoyo total al gobierno salvadoreño. No tuvo el menor escrúpulo ni piedad con nadie que intentara escaparse del matadero salvadoreño. Al igual que los funcionarios actuales de Trump, Abrams explicó en 1984 que los salvadoreños residentes en los Estados Unidos ilegalmente no deberían recibir ningún tipo de estatus especial. "Ciertos grupos argumentan que los extranjeros ilegales enviados de regreso a El Salvador se enfrentan a la persecución y con frecuencia a la muerte", fue su comentario a la Cámara de Representantes. "Obviamente, no les damos créditos a estas afirmaciones ya que entonces no los deportaríamos".

Incluso cuando ya no ostentaba el cargo, 10 años después de la masacre de El Mozote, Abrams expresó sus dudas en cuanto a la veracidad de dichas hostilidades. En 1993, cuando una comisión de la verdad de las Naciones Unidas descubrió que el 95 por ciento de los actos de violencia en El Salvador desde 1980 habían sido cometidos por los amigos de Abrams en el gobierno salvadoreño, su definición fue que lo que él y sus colegas del gobierno de Reagan habían llevado a cabo constituía un "logro fabuloso".
El 27 de julio de 2006, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala
© Sarah L. Voisin / The Washington Post / Getty Images
El 27 de julio de 2006, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala revisa las bolsas de fotografías sueltas de los Archivos de la Policía Nacional, mientras estudian las atrocidades y asesinatos cometidos por la policía durante los 30 años de guerra civil en Guatemala.
Guatemala

La situación en Guatemala durante la década de 1980 fue muy similar, al igual que las actuaciones de Abrams. Después de que Estados Unidos diseñara el derrocamiento del presidente electo democráticamente en Guatemala en 1954, el país cayó en una pesadilla de dictaduras militares rotativas. Entre 1960 y 1996, en otra "guerra civil" murieron 200.000 guatemaltecos, el equivalente a unos 8 millones de personas en Estados Unidos. Una comisión de la ONU descubrió más tarde que el Estado guatemalteco era responsable del 93 por ciento de las violaciones de los derechos humanos.

Efraín Ríos Montt, quien había desempeñado el cargo de presidente de Guatemala a principios de la década de 1980, fue declarado culpable en 2013 por el sistema de justicia de Guatemala por cometer un genocidio contra los indígenas mayas del país. Durante la administración de Ríos Montt, Abrams pidió el levantamiento de un embargo sobre suministros de armas de Estados Unidos a Guatemala, afirmando que Ríos Montt había "conseguido un progreso considerable". Estados Unidos tenía la obligación de apoyar al gobierno guatemalteco, argumentó Abrams, porque "si partimos de la actitud de 'no vengas a nosotros hasta que seas perfecto, daremos la espalda al problema hasta que Guatemala muestre un historial de derechos humanos impecable', entonces la gente que quieran progresar darían tumbos por ahí". Un ejemplo de gente que ha realizado un esfuerzo honesto, según Abrams, fue Ríos Montt. Gracias a Ríos Montt, "un cambio tremendo ha ocurrido, especialmente en la actitud del gobierno hacia la población india". (La condena de Ríos Montt fue desestimada más tarde por el tribunal civil principal de Guatemala, y murió en el transcurso de otro nuevo juicio.)

Nicaragua

Abrams sería más conocido por su entusiasta participación en el esfuerzo de la administración Reagan para derrocar al revolucionario gobierno sandinista de Nicaragua. Abogó por una invasión total de Nicaragua en 1983, inmediatamente después del exitoso ataque de los EE.UU. a la pequeña isla de Granada. Cuando el Congreso recortó los fondos a los Contras, una fuerza guerrillera antisandinista creada por los EE.UU., Abrams logró persuadir al sultán de Brunei para que pagara 10 millones de dólares por la causa. Desafortunadamente, Abrams que actuaba bajo el nombre clave de "Kenilworth", le dio al Sultán un número de cuenta bancaria suizo incorrecto, por lo que el dinero fue a parar a manos de un receptor afortunado.

Abrams fue interrogado por el Congreso sobre sus actividades relacionadas con los Contras, donde mintió voluminosamente. Más tarde se declaró culpable de dos cargos de ocultación de información. Uno se refería al dinero del Sultán, y el otro al conocimiento de Abrams en torno al avión C-123 de reabastecimiento destinado a los Contras que había sido derribado en 1986. Confirmando una bonita rima histórica con su nueva labor en la administración Trump, Abrams había intentado previamente hacerse con dos C-123 para los Contras de procedencia venezolana.

Abrams recibió una sentencia de 100 horas de servicio comunitario, lo que percibió como una injusticia de proporciones cósmicas. Pronto escribiría un libro en el que describe un monólogo con sus fiscales en estos términos: "¡Miserables, sucios bastardos, chupasangres!". Más adelante, el presidente George HW Bush lo indultó por la puerta trasera después de perder las elecciones en 1992.

Panamá

A pesar de que el asunto cayera en el olvido, antes de que los Estados Unidos invadieran Panamá para expulsar a Manuel Noriega en 1989, éste era un aliado cercano de los Estados Unidos a pesar de que al gobierno de Reagan le constaba su involucración como narcotraficante a gran escala.

En 1985, Hugo Spadafora, una figura popular en Panamá y exviceministro del ministerio de la salud, creía haber recabado ciertas pruebas en cuanto a la participación de Noriega en el contrabando de cocaína. Iba en un autobús de camino a la ciudad de Panamá para denunciarlo públicamente cuando los matones de Noriega lo capturaron.

De acuerdo con el libro "Overthrow" del excorresponsal del New York Times, Stephen Kinzer, la inteligencia de los Estados Unidos captó a Noriega dándole el visto bueno para que aplastara a Spadafora como si fuera "un perro rabioso". Torturaron a Spadafora durante una larga noche antes de decapitarlo mientras seguía vivo. Cuando se encontró el cuerpo de Spadafora, su estómago estaba lleno de sangre que se había tragado.

El horror de la situación fue tal que llamó la atención de la gente. Pero Abrams se lanzó en defensa de Noriega, impidiendo que el embajador de Estados Unidos en Panamá incrementara la presión sobre el líder panameño. Cuando el hermano de Spadafora persuadió al senador hiperconservador del Partido Republicano de Carolina del Norte, Jesse Helms, para que celebrara audiencias en Panamá, Abrams comunicó a Helms que Noriega estaba "ayudándonos de verdad" y que "no era un problema tan grave después de todo". [...] Los panameños prometieron que nos iban a ayudar con los Contras. Si tienes las audiencias, los ahuyentarás".

... Y hay más

Abrams también cometió actos ilícitos sin razón aparente, tal vez sólo para mantenerse en forma. En 1986, una periodista colombiana llamada Patricia Lara fue invitada a los Estados Unidos para asistir a una cena en honor a ciertos escritores muy avanzados en asuntos como los del "conocimiento e interpretación entre países latinos y la libertad informativa". A su llegada al aeropuerto Kennedy de Nueva York, Lara fue detenida y devuelta a su país. Poco después, Abrams afirmaba a través del programa "60 minutos" que Lara era miembro de los "comités gobernantes" del M-19, un movimiento guerrillero colombiano. Según Abrams, también servía de "enlace activo" entre el M-19 "y la policía secreta cubana".

Dada la frecuente violencia paramilitar de la derecha contra reporteros colombianos, Lara se convirtió en una diana. No hubo pruebas que respaldaran las afirmaciones de Abrams, el propio gobierno conservador de Colombia negó dicho asunto, y ninguna prueba salió a la luz desde entonces.

Los interminables engaños descarados de Abrams agotaron a los periodistas estadounidenses. "Convertían lo blanco en negro", explicaría más adelante Joanne Omang del Washington Post refiriéndose a Abrams y su colega de la Casa Blanca, Robert McFarlane. "Aunque hice uso de todos mis recursos profesionales, mis conclusiones engañaron a mis lectores". Omang estaba tan agotada por la experiencia que abandonó su empleo donde trataba de dar una descripción del mundo real a cambio de escribir ficción.

Después de la condena, Abrams fue considerado como persona non grata que no podía regresar al gobierno. Ahí lo subestimaron. El almirante William J. Crowe Jr., ex presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, se enredó ferozmente con Abrams en 1989 al deliberar sobre la política más adecuada de los EE. UU. de cara a Noriega en cuanto la evidencia de que causaba más problemas de lo necesario quedó ratificada. Crowe se opuso firmemente a cierta idea brillante de Abrams: que Estados Unidos debería establecer un gobierno en el exilio en territorio panameño, lo que requeriría la escolta de miles de soldados estadounidenses. Esto es una estupidez monumental, dijo Crowe, pero a nadie le importaba. Crowe emitió una advertencia perspicaz sobre Abrams: "Esta serpiente es difícil de matar".
Nancy Brinker, Dick Cheney, Elliott Abrams, Condoleezza Rice y Stephen Hadley en la Oficina Oval cuando el entonces presidente George W. Bush se reúne con el líder del Parlame
© Dennis Brack, piscina / Getty Images
Nancy Brinker, Dick Cheney, Elliott Abrams, Condoleezza Rice y Stephen Hadley en la Oficina Oval cuando el entonces presidente George W. Bush se reúne con el líder del Parlamento libanés el 4 de octubre de 2007.
Para sorpresa de los iniciados más ingenuos de Washington, Abrams volvió a operar poco después de que George W. Bush ingresara a la Casa Blanca. Dado lo complicado de obtener la aprobación del Senado para alguien que había engañado al Congreso, Bush lo colocó en un puesto vacante del Consejo de Seguridad Nacional, donde ninguna aprobación de la rama legislativa era necesaria. Justo como hacía 20 años, a Abrams se le entregó una cartera denominada "democracia" y "derechos humanos".

Venezuela

A principios de 2002, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, se había vuelto profundamente irritante para la Casa Blanca de Bush, la cual estaba repleta de veteranos de las batallas de los años ochenta. En aquel mes de abril, de repente, y de la nada, Chávez fue expulsado del poder por un golpe de Estado. Aún no se sabe si los EE. UU. estuvieron involucrados, ni de qué forma. Probablemente tardaremos décadas antes de que los documentos pertinentes se desclasifiquen. Pero en base a los 100 años anteriores, sería sorprendente que los Estados Unidos no jugaran ningún papel tras el escenario. En cualquier caso, el London Observer informó en aquel entonces que "la figura crucial en torno al golpe era la de Abrams" y que había "asentido con la cabeza" ante los conspiradores. En cualquier caso, Chávez tuvo el apoyo popular suficiente como para reagruparse y regresar a su cargo en cuestión de días.

Irán

Aparentemente, Abrams jugó un papel clave en el aplastamiento de una propuesta iraní para la paz en 2003, justo después de la invasión estadounidense en Irak. El plan llegó por fax, y debería haberle llegado primero a Abrams y luego a Condoleezza Rice, el entonces asesor de seguridad nacional de Bush. En cambio, nunca fue a parar al escritorio de Rice. Cuando más tarde se le preguntó al respecto, el portavoz de Abrams respondió que "no recordaba ningún fax de este tipo". (Abrams, como tantas personas que prosperan en el más alto nivel de la política, tiene una memoria execrable para cualquier tema político. En 1984, le dijo a Ted Koppel que no conseguía recordar con certeza si los Estados Unidos habían investigado los informes de masacres en El Salvador. En 1986, cuando el Comité de Inteligencia del Senado le preguntó si había hecho mención de la recaudación de fondos para los Contras a cualquier miembro del personal del NSC, también le falló la memoria.)

Israel y Palestina

En el año 2006, Abrams también resaltó como pieza clave en otro intento por frustrar el resultado de una elección democrática. Bush había ejercido presiones en las elecciones legislativas de Cisjordania y Gaza para que Fatah, organización palestina altamente corrupta encabezada por el sucesor de Yasser Arafat, Mahmoud Abbas, pudiera conquistar una legitimidad altamente necesitada. Para sorpresa de todos, el rival de Fatah, Hamás, le otorgó el derecho a formar un gobierno.

Este estallido desagradable de la democracia no fue aceptable para la administración Bush, en particular Rice y Abrams. Hicieron un plan para formar una milicia de Fatah para apoderarse de la Franja de Gaza y aplastar a Hamás en su territorio de origen. Según lo informado por Vanity Fair, se llevó a cabo gran número de torturas y ejecuciones. Pero Hamás se tiró piedras en su propio tejado respecto a Fatah al hacer gala de su peculiar ultraviolencia. David Wurmser, un neoconservador que trabajaba para Dick Cheney en aquel momento, le dijo a Vanity Fair: "Me parece que lo que sucedió no fue tanto un golpe de Estado de Hamás como un intento por dar un golpe de Estado de Fatah en anticipo a lo que iba a suceder". Sin embargo, estos eventos se han vuelto del revés en los medios de comunicación estadounidenses, donde Hamás queda como el del agresor.

Si bien el plan de los Estados Unidos no fue un éxito total, tampoco fue un fracaso total desde la perspectiva de los Estados Unidos e Israel. La guerra civil palestina dividió Cisjordania y Gaza en dos entidades, con gobiernos rivales en ambas partes. Durante los últimos 13 años, demasiado pocas fueron las señales de unidad política como para facilitarles a los palestinos una vida digna.

A continuación, Abrams abandonó el cargo coincidiendo con la salida de Bush. Pero ha vuelto, hoy, listo para una tercera rotación a través de los corredores del poder, con los mismos tipos de esquemas ejecutados las dos primeras veces.

Echando la mirada atrás hacia la vida de Abrams, llena de mentiras y salvajismo, cuesta imaginarse cómo logrará justificarse. Pero tiene una defensa para todo lo que haya hecho, y una muy buena.

En 1995, Abrams apareció en "The Charlie Rose Show" con Allan Nairn, uno de los reporteros estadounidenses más informados sobre la política exterior de los Estados Unidos. Nairn observó que George HW Bush había discutido una vez la posibilidad de enjuiciar a Saddam Hussein por crímenes contra la humanidad. Esta fue una buena idea, dijo Nairn, pero "si vas a considerarlo en serio, debes ser imparcial", lo que significaría también procesar a funcionarios como Abrams.

Abrams se rió ante la ridiculez de tal concepto. Eso requeriría, dijo, "poner a todos los funcionarios estadounidenses que ganaron la Guerra Fría en el mismo saco".

Abrams estaba en gran parte en lo cierto. La angustiosa realidad es que Abrams no es un delincuente atípico, sino un miembro respetado y honrado por la derecha central del establecimiento de la política exterior de los Estados Unidos. Sus primeros trabajos antes de unirse a la administración Reagan fueron para dos senadores demócratas, Henry Jackson y Daniel Moynihan. Fue miembro principal del Consejo centrista de Relaciones Exteriores, miembro de la Comisión de los Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, y ahora lo encontramos en el consejo de la Fundación Nacional para la Democracia. Impartió sus enseñanzas a la próxima generación de funcionarios de política exterior en la Escuela de Servicio Exterior de la Universidad de Georgetown. De ninguna manera engañó a Reagan y George W. Bush, ellos querían exactamente lo que Abrams les proporcionaba.

Así que no importan los detalles espantosos de la carrera de Abrams, lo importante que hay que recordar, ya que el águila estadounidense aprieta sus garras afiladas alrededor de otro país latinoamericano, es que Abrams no es tan excepcional. Más que nada es una pieza del engranaje. El problema es la máquina, no sus partes malévolas.