Traducido por el equipo de Sott.net en español
"Nada parece más sorprendente para aquellos que ven los asuntos humanos con ojos filosóficos, que la facilidad con la que muchos son gobernados por unos pocos; y la sumisión implícita con la que los hombres renuncian a sus propios sentimientos y pasiones en favor de los de sus gobernantes".

~ David Hume, De los primeros principios de gobierno, 1768
Leni Riefenstahl hitler

Leni Riefenstahl y su amigo. ¡Ella fue su segunda propagandista favorita!... ¿Y tal vez la "feminazi" original?
Controlando a los proletarios

La siguiente historia puede ser apócrifa, pero de cualquier manera la "moraleja de la fábula" debe servir bien a nuestra narrativa. La historia es la siguiente: en algún momento durante el apogeo de la Guerra Fría, un grupo de periodistas estadounidenses estaba organizando una visita a Estados Unidos de algunos de sus homólogos soviéticos. Después de permitir a sus visitantes empaparse del espíritu mediático de los Estados Unidos, la mayoría de los estadounidenses esperaban que sus invitados expresaran una envidia desenfrenada por las libertades profesionales de las que disfrutaban en el país de la prensa libre.

Uno de los escribas rusos se vio obligado a expresar su abierta "admiración" a sus anfitriones... en particular, por la "calidad muy superior" de la "propaganda" estadounidense. Ahora, es justo decir que sus anfitriones estaban desconcertados por lo que en el mejor de los casos era un cumplido ambiguo. Después de algunas "burlas" colegiales sobre los estereotipos asociados con la "libertad de prensa" occidental frente a los de los medios de comunicación controlados por el sistema soviético, uno de los estadounidenses pidió a su colega ruso que explicara a qué se refería. En un inglés cortado, respondió con lo siguiente:
"Es muy simple: en la Unión Soviética, no creemos en nuestra propaganda. En Estados Unidos, ¡ustedes sí creen en la suya!"
Por muy divertida que sea esta anécdota, la realidad de la burla del periodista ruso no sólo sigue siendo cierta ahora; esa "creencia" se ha vuelto aún más delirante, absurda y, sobre todo, peligrosa. Uno sospecha que los periodistas rusos de hoy en día pensarían de la misma manera. Y en pocos casos ha sido más evidente la naturaleza "ilusoria", "absurda" y "peligrosa" de esta convicción que con las continuas provocaciones de Occidente a Rusia, como el "Skripalgate" en la Vieja Inglaterra (ver aquí, y aquí) y el "Russiagate" en los Estados Unidos (ver aquí, y aquí) en primer lugar, aunque están lejos de ser los únicos ejemplos que podríamos señalar.

Por supuesto, hace poco todos fuimos sometidos al ridículo espectáculo que fue la muy elogiada conferencia de "libertad de prensa" de Londres, organizada bajo los auspicios de la llamada Coalición para la Libertad de los Medios de Comunicación (MFC, por sus siglas en inglés), una "iniciativa" del Reino Unido y Canadá. Como su nombre lo indica, este fue el hipócrita esfuerzo de la clase política para que se vea que sostiene o "defiende" la libertad de los medios de comunicación, e inicia estrategias y marcos más fuertes para la "protección" de los periodistas. Por mi parte, no puedo recordar otro acontecimiento reciente que tan perfectamente se apegara al manual de jugadas orwelliano, sin que las partes involucradas dieran ningún indicio de ironía o vergüenza.

Para ilustrar esto, después de señalar que "el mundo se está convirtiendo en un lugar muy hostil" para los periodistas, el sitio web del MFC entona con pretensiones de tener la razón:
"...se enfrentan a peligros más allá de las zonas de guerra y el extremismo, incluyendo la creciente intolerancia a la información independiente, el populismo, la corrupción desenfrenada, la delincuencia y el quebrantamiento de la ley y el orden..."
El cínico podría sentirse tentado a añadir: "¡Y eso es sólo en nuestras democracias occidentales!"

¿Y quién puede olvidar la fatua "iniciativa de integridad" que la precedió, cuyas nobles ambiciones apuntaban a "defender la democracia contra la desinformación"? Este es un código de élite para limitar -si no eliminar- la libertad de expresión; esto ya está ocurriendo a un ritmo acelerado, con los poderes que están "estableciendo nuevos perímetros" en internet y fuera de internet. Los esfuerzos prevalecientes por parte de una serie de personas para convertir en un delito el criticar a Israel o el boicotearlo es, sin duda, el ejemplo más atroz. Los intentos de los medios masivos convencionales de designar el análisis genuino e independiente por parte de los medios alternativos como "noticias falsas" es otro ejemplo.

Tal es la sofisticación y ubicuidad de las técnicas de control narrativo utilizadas hoy en día -proporcionadas cada vez más por la "propaganda informática" a través de guiones automatizados, ataques de piratas informáticos, redes de bots, granjas de troles, algoritmos y similares, junto con la censura apenas velada y el control de acceso a la información practicados por Google, Facebook y otros gigantes tecnológicos- que se ha convertido en uno de los aspectos más preocupantes de la revolución tecnológica de los medios sociales. (Ver aquí, aquí y aquí.) De hecho, como resultado, debería ser "preocupante" para cualquier persona razonable y racional, independientemente de si (ejem) "se visten a la izquierda" o "se visten a la derecha".

En particular, la conferencia del MFC ocurrió después de que los organizadores consideraran oportuno excluir a los medios de comunicación rusos RT y Sputnik, una "declaración de moda" ideológica totalmente contraria a la supuesta premisa sobre la que se instigó. Además, se mencionó poco al "elefante en la habitación", Julian Assange, la persona que encarna la desconexión entre la práctica y la predicación de la libertad de los medios de comunicación occidentales, por no mencionar como su figura subraya la ironía, el oportunismo egoísta y los dobles raseros que con frecuencia aparecen en cualquier debate convencional sobre lo que en realidad significa esto.

Dicho claramente, la "libertad de los medios de comunicación" en Occidente es cada vez "más honrada en la violación que en la observancia", mientras que la confabulación de Londres intenta mantener las apariencias de lo contrario, un evento que podríamos decir que fue concebido por cómplices de la clase política sin alma, dementes, "...llenos de sonido y furia, que no significan nada". Sin embargo, este espectáculo surrealista debe haber inducido una disonancia cognitiva entre los expertos, y muchos momentos de desconcierto tanto para los seguidores de Assange como para los auténticos buscadores de la verdad.

En cuanto a Wikileaks y al propio Assange, vale la pena destacar la actitud del Estado de seguridad nacional hacia él. Después de acusar a Assange de ser un "narcisista", un "fraude" y un "cobarde", y de calificar a WikiLeaks de "servicio de inteligencia hostil", el secretario de Estado Mike Pompeo declaró que [Assange] estaba "ansioso por cumplir las órdenes de Rusia y otros adversarios estadounidenses". De cualquier manera, sus comentarios pueden ser tomados como más o menos representativos de la opinión del Beltway [NdT.- El área donde se concentra el poder político en Washington D.C.]. Junto con señalar que el odio oficial de Washington hacia Assange "raya en la rabia", Ted Carpenter comentó lo siguiente:
"[Assange] simboliza una lucha crucial por la libertad de prensa y la capacidad de los periodistas para denunciar la mala conducta del gobierno sin temor a ser procesados. Desafortunadamente, un inquietante número de periodistas del 'establishment' en los Estados Unidos parecen dispuestos -de hecho, ansiosos- a arrojarlo a los lobos del gobierno".
Perros falderos para el gobierno

Este fue, por supuesto, otro espectáculo surrealista, esta vez cortesía de una de las figuras más peligrosas, vilipendiadas y divisivas del Estado Profundo, un notable protagonista de la conspiración rusa, y nada menos que el diplomático más antiguo de Estados Unidos. No sólo es difícil aceptar que el exdirector de la CIA crea lo que dice, sino que también podemos preguntarnos: "¿Quién puede creer a Mike Pompeo?" Aquí hay alguien cuyo cinismo manifiesto, hipocresía y descaro avergonzaría a los escribas y fariseos de los días bíblicos. Tenemos a Pompeo grabado en video recientemente, en un raro momento de honestidad, admitiendo -mientras se ríe como si estuviera recordando alguna "aventura propia de niño" de su juventud malgastada- que bajo su supervisión como Director de la CIA, "...Mentimos, engañamos, robamos... tuvimos cursos de entrenamiento completos..." Puede haber sido una de las pocas veces en su desdichada existencia que no habló con la lengua de una serpiente.
Pompeo AIPAC

Pompeo le habla directamente a Dios
En cualquier caso, dejando a un lado su franqueza, podemos asumir con seguridad que este reaccionario, monomaníaco y cristiano sionista "creyente en el Fin de los Tiempos" ha superado con éxito todos los "cursos de formación" de La Compañía. Según Matthew Rosenberg del New York Times, todo esto no le impidió a Pompeo, sin embargo, apoyar públicamente a Wikileaks cuando le sirvió a sus propios intereses. En el año 2016, en el punto álgido de la campaña electoral, no tenía "ningún reparo... en señalar a la gente los correos electrónicos robados* por piratas informáticos rusos del Comité Nacional Demócrata y luego publicados por WikiLeaks".
[Nota del Autor: La omisión de Rosenberg de la palabra "presuntamente" -es decir, "correos electrónicos presuntamente robados"- es un desliz periodístico freudiano de su parte, siendo su empleador una de esas marcas de los medios masivos convencionales que encabezan la acusación con la historia de la "colusión con Rusia". Para una visión más perspicaz de la fuente de estos correos electrónicos y del embuste y la falsa matonería ideológica que caracterizó al "Russiagate", se anima a los lectores a echar un vistazo a esto".]
Y estamos hablando de "La Compañía", cuya relación pasada y presente con los medios de comunicación podría resumirse en dos palabras: Operación Mockingbird (OpMock). Cualquiera que esté vagamente familiarizado con el bien documentado Gran Engaño que fue OpMock, posiblemente la táctica más duradera, insidiosa y exitosa de la CIA en operaciones psicológicas, sabrá de lo que estamos hablando. (Ver aquí, aquí, aquí y aquí.) En lo más básico, esta operación trataba de propaganda y censura, usualmente operando en tándem para asegurar el control completo de la narrativa política.

Por su parte, el exdenunciante de la NSA, William Binney, después de opinar que los medios de comunicación convencionales están "totalmente infiltrados" por la CIA y varias otras agencias, añadió recientemente:
"Cuando se trata de la seguridad nacional, los medios de comunicación sólo hablan de lo que la administración quiere que se oiga, y básicamente suprimen cualquier otra declaración sobre lo que está ocurriendo que la administración no quiere [que sea de conocimiento] público. Los medios de comunicación son básicamente los perros falderos del gobierno".
Incluso el temible William Casey, el director de la CIA de Ronald Reagan en esa época, dijo algo parecido a lo siguiente: "Sabremos que nuestro programa de desinformación estará completo cuando casi todo lo que el público estadounidense crea sea falso."

Con el fin de ofrecer una perspectiva más amplia y profunda, ahora deberíamos considerar las opiniones de algunos otros sobre los temas en cuestión, junto con algo de historia. En un artículo de 2013 que reflexionaba sobre el significado moderno de la práctica, mi compatriota John Pilger recordó una época en la que conoció a Leni Riefenstahl en los años 70 y le preguntó sobre sus películas que "glorificaban a los nazis". Utilizando técnicas innovadoras de cámara e iluminación, Riefenstahl produjo un documental que hipnotizó a los alemanes; como Pilger señaló, su Triunfo de la Voluntad "lanzó el hechizo de Adolf Hitler". Le dijo al veterano periodista australiano que los "mensajes" de sus películas no dependían de "órdenes de arriba", sino del "vacío sumiso" del público alemán.

Con todo, Riefenstahl produjo para el resto del mundo las imágenes históricas más convincentes de histeria masiva, obediencia ciega, fervor nacionalista y amenaza existencial, todas ellas ingredientes clave en la pesadilla totalitaria de cualquier persona. El hecho de que también haya impresionado a mucha gente muy poderosa y de alto perfil en Occidente, a ambos lados del océano, también es axiomático: Entre ellos había banqueros, financieros, industriales y diversas élites empresariales sin cuyo apoyo Hitler podría haber terminado, en el mejor de los casos, en una nota al pie de página en el registro histórico después del golpe de Estado de la cervecería. (Mire aquí, y aquí.)

Parece que el Triunfo todavía resuena hoy en día. Para sorpresa de unos pocos, uno se imagina, tal fue el impacto de la película -tal como se reveló casualmente en el excelente documental de Alexis Bloom Divide and Conquer: The Story of Roger Ailes (Divide y conquista: La historia de Roger Ailes)- que provocó no poca admiración por parte del propagandista más influyente de los últimos tiempos. (Nota del autor: Los lectores tal vez deseen ver la reciente interpretación de Russell Crowe de Ailes en la miniserie de Stan La voz más fuerte, en mi opinión una de las mejores interpretaciones de la carrera de ese hombre).

En un reciente artículo titulado sin ambigüedades "La propaganda es la raíz de todos nuestros problemas", mi otra compatriota Caitlin Johnstone también tuvo algunas cosas que decir sobre el tema, haciéndose eco de Orwell cuando observó que todo se trataba de "controlar la narrativa". En esto está en lo cierto, aunque yo sugeriría que el mayor problema de "raíz" es nuestra fácil propensión a ignorar esta realidad, fingir que no nos afecta o que no nos afectará, o rechazarla como una tontería conspiratoria. Sin embargo, como ella observa:
"Escribo sobre estas cosas para ganarme la vida, y ni siquiera yo tengo el tiempo o la energía para escribir [...] sobre cada una de las herramientas de control narrativo que el imperio centralizado de Estados Unidos ha estado implementando en su arsenal. Hay demasiadas de ellas emergiendo demasiado rápido, porque son cruciales para mantener las estructuras de poder existentes".
El uso discreto de la censura y de los hombres uniformados

"No es de extrañar que quienes detentan el poder traten de controlar las palabras y el lenguaje que usa la gente", dijo el autor canadiense John Ralston Saul en su libro de 1993, Los bastardos de Voltaire: La dictadura de la razón en Occidente. Como corresponde, en una discusión que abarca, entre otras cosas, la historia, el lenguaje, el poder y la disidencia, opinó: "Determinar cómo se comunican los individuos es" un objetivo que representa para las élites de poder "la mejor oportunidad" que tienen de controlar lo que la gente piensa. En esencia, esto se traduce como: Cuanto más control tenemos "nosotros" sobre lo que piensan los proletarios, más podemos "nosotros" reducir el riesgo inherente para las élites en la democracia.

"Hombres torpes", dijo Saul, "tratan de hacer esto a través del poder y el miedo. Hombres con mano dura que manejan sistemas de mano dura intentan lo mismo a través de la censura policial. Cuanto más sofisticadas son las élites, más se concentran en la creación de sistemas intelectuales que controlan la expresión a través de las estructuras de la comunicación. Estos sistemas sólo requieren el uso discreto de la censura y de los hombres uniformados". En otras palabras, además de asumir que es su derecho tomarlo en primer lugar, "los que toman el poder siempre intentarán cambiar el lenguaje establecido", presuntamente para facilitar mejor su control y/o legitimar su reivindicación del poder.

Para Oliver Boyd-Barrett, "la teoría democrática presupone una infraestructura pública de comunicaciones que facilite el intercambio libre y abierto de ideas". Sin embargo, para el autor del recién publicado RussiaGate y propaganda: La desinformación en la era de los medios sociales, "No existe tal infraestructura." Los principales medios de comunicación, dice, "son propiedad y están controlados por un pequeño número de grandes conglomerados multimedia y multiindustriales" que se encuentran en el corazón mismo del capitalismo oligopólico estadounidense y muchos de cuyos ingresos publicitarios y contenidos provienen de otros conglomerados: "La incapacidad de los medios de comunicación tradicionales para mantener un entorno de información que pueda abarcar historias, perspectivas y vocabularios que estén libres de los grilletes de la autoestima plutocrática de Estados Unidos también está bien documentada".

Ahora, la palabra "incapacidad" podría sugerir que los medios masivos convencionales se ven a sí mismos como responsables de mantener un entorno de noticias e información igualitario. Por supuesto que no, y en realidad, ¡probablemente nunca lo han hecho! Palabras mejores serían "no querer", o incluso "negar"'. Los medios masivos convencionales son casi la personificación de la "autoestima plutocrática" característica del "capitalismo oligopólico". De hecho, los medios masivos convencionales funcionan colectivamente como entidades publicitarias, de relaciones públicas y de cabildeo para las Grandes Corporaciones, además de actuar como sus guardaespaldas pretorianos, protegiendo sus secretos, crímenes y mentiras de ser expuestos. Como todas las demás empresas, están en deuda con sus accionistas (los beneficios antes que la verdad), la mayoría de los cuales se puede suponer con seguridad que no son ajenos a la "autoestima", y no les importan en absoluto las "historias, perspectivas y vocabularios" que van en contra de sus propios intereses.

carey book propaganda
Fue el científico social australiano Alex Carey quien fue pionero en el estudio del nacionalismo, el corporativismo y, además, para nuestros propósitos, en la gestión (léase: manipulación) de la opinión pública, aunque los tres tienen vínculos importantes. Para Carey, la siguiente conclusión era ineludible:
"Se puede argumentar que el éxito de la propaganda comercial para persuadirnos, durante tanto tiempo, de que estamos libres de propaganda, es uno de los logros más significativos de la propaganda del siglo XX."
Este exagricultor de Australia Occidental se convirtió en uno de los expertos en propaganda y manipulación de la verdad más reconocidos del mundo. Antes de embarcarse en su carrera académica, Carey fue un exitoso pastor de ovejas. Según la mayoría de los relatos, tenía un juicio de primera clase sobre el animal del que se ganaba la vida a temprana edad, lo que nos deja reflexionar si esta experiencia (ejem) ¡le daba una visión única de su principal área de investigación!

En cualquier caso, Carey finalmente vendió la granja familiar y viajó al Reino Unido para estudiar psicología, aparentemente una ambición de mucho tiempo. Desde finales de los años cincuenta hasta su muerte en 1988, fue profesor titular de psicología y relaciones laborales en la Universidad de Nueva Gales del Sur, con sede en Sydney, y su investigación fue elogiada por personalidades como Noam Chomsky y John Pilger, quienes a lo largo de los años han dicho una o tres cosas sobre El Gran Embaucamiento. De hecho, Pilger lo describió como "un segundo Orwell" en sus profecías, lo que en la jerga de cualquiera es una gran llamada de atención.

Lamentablemente, Carey murió en 1988, curiosamente el año en que sus más famosos contemporáneos Edward Herman y Chomsky publicaron el libro Fabricando el consentimiento: La economía política de los medios de comunicación de masas donde, notablemente, los autores le dedicaron su libro. Aunque gran parte de su trabajo quedó inédito en el momento de su muerte, un libro de ensayos de Carey -Eliminando el riesgo de la democracia: La propaganda corporativa contra la liberacion y la libertad- se publicó póstumamente en 1997. Sigue siendo una obra fundamental. De hecho, para cualquier persona interesada en cómo se moldea la opinión pública y se gestionan y manipulan nuestras percepciones, en beneficio de quienes lo hacen y con qué fin, es una lectura tan esencial como la de cualquier obra de otros nombres más famosos. Este tomo se completó con un prólogo de Chomsky, que tan enamorado estaba de la obra de Carey.

Por parte de Carey, los tres "acontecimientos más significativos" en la economía política del siglo XX fueron:
a) el crecimiento de la democracia;

b) el crecimiento del poder corporativo; y

c) el crecimiento de la propaganda como modo de proteger el poder corporativo en contra de la democracia.
El enfoque principal de Carey fue sobre lo siguiente:
a) anuncios y publicidad dedicados a la creación de necesidades artificiales;

b) las relaciones públicas y la industria de la propaganda cuya meta principal es la distracción hacia objetivos sin sentido y el control de la mente pública; y

c) el grado al que la academia y las profesiones están bajo asalto por parte del poder privado decidido a reducir el rango del pensamiento reflexivo (sic).
Para Carey, es un axioma de la sabiduría convencional que el uso de la propaganda como medio de control social e ideológico es "distintivo" de los regímenes totalitarios. Sin embargo, como subraya: el ejercicio más mínimo del sentido común sugeriría un punto de vista diferente: que es probable que la propaganda desempeñe un papel al menos tan importante en las sociedades democráticas (donde la distribución existente del poder y los privilegios es vulnerable a cambios bastante limitados en la opinión popular) como en las sociedades autoritarias (donde no lo es). En este contexto, la "sabiduría convencional" se convierte en ignorancia convencional; en cuanto al "sentido común", tal vez no tanto.

El propósito de este bombardeo propagandístico, como ha señalado Sharon Bader, ha sido convencer al mayor número posible de personas de que les interesa renunciar a su propio poder como trabajadores, consumidores y ciudadanos, y "renunciar a su derecho democrático de restringir y regular la actividad empresarial. Como resultado, la agenda política está ahora [...] confinada a políticas dirigidas a promover los intereses de las empresas". Un ejemplo extremo de este punto de vista que se presenta ante nuestras narices, y a lo largo de décadas, fue la cruel ficción del "efecto de goteo" [NdT.- En economía, la idea de que la acumulación de la riqueza de grandes empresas beneficia también a las clases media y baja] -también conocido como la "marea creciente que levantaría todos los barcos"- de Reaganomics (la economía de Reagan). Uno de los varios mantras que definían la táctica política general de Reagan, el efecto de goteo era, en cualquier caso, decididamente más un torrente que un goteo, y dicho "torrente" iba camino arriba, no abajo.

Esta realidad, como ahora sabemos, no cabe duda que no estaba en el brillante folleto económico de Reagan, y puede haber sido porque el Gipper confundió sus preposiciones y verbos. Sin embargo, como lo demostró ampliamente la crisis financiera mundial de 2008, culminó en una forma de capitalismo caníbal (o anárquico) en la que todo vale para todos, cada uno ve por sí mismo, una versión actualizada y mejorada del mercantilismo mercenario sin límites que recuerda mucho a la era de la Edad de Oro y a los Barones Ladrones que lo "infestaron", ¡sólo que en este mercantilismo uno no sólo se come a sus jóvenes, sino que se come a sí mismo!

Hacer del mundo un lugar seguro para la plutocracia

En la economía política cada vez más disfuncional en la que vivimos, ya sean widgets, guerras o cualquier otra cosa, pocas personas se dan cuenta del grado en el que nuestras opiniones, percepciones, emociones y puntos de vista son moldeados y manipulados por la propaganda (y la censura que es su "gemelo malvado"), sus practicantes más adeptos, y las entidades de élite, institucionales, políticas y corporativas que buscan su experiencia.

Han pasado poco más de cien años desde que la práctica de la propaganda dio un gran salto adelante, entonces al servicio de persuadir a los estadounidenses notablemente reacios a que la guerra que se libraba en Europa en ese momento era también su guerra. Esto fue en un momento en que los estadounidenses acababan de votar a su entonces presidente Woodrow Wilson para que volviera a ocupar el cargo por un segundo mandato, una victoria que se logró en gran medida gracias a la promesa de que "nos mantendría fuera de la guerra". Los estadounidenses se encontraban en lo que era una de sus fases más aislacionistas, por lo que la promesa de Wilson resonó en ellos. Pero con el tiempo se convencieron de la necesidad de involucrarse mediante un llamado claramente diferente a sus sensibilidades políticas. Este "llamado" también atenuó el ambiente aislacionista, que, hay que decir, generalmente no fue adoptado por las élites políticas, bancarias y empresariales de la época, la mayoría de las cuales se arriesgaban a perder mucho si los alemanes ganaban, y/o que ya se estaban beneficiando o acumulando ganancias del negocio de la guerra.

"Más doctores fuman Camel"

Ahora bien, para un presidente que "nos mantuvo fuera de la guerra", esto no iba a ser una "labor de ventas" fácil. Para vender la guerra, el presidente creó el Comité de Información Pública (también conocido como el Comité de Creel) con el fin de dar a conocer los motivos de la guerra y, a partir de ahí, obtener el apoyo del público en general.

Entra a escena Edward ("Más doctores fuman Camel") Bernays, sobrino de Sigmund Freud, a quien generalmente se considera el padre de las relaciones públicas modernas. En su película Gobierno desde las sombras: La psicología del poder, dice Aaron Hawkins que Bernays fue influenciado por personas como Gustave le Bon, Walter Lippman y Wilfred Trotter, tanto o más que su famoso tío. De cualquier manera, Bernays "combinó sus perspectivas y las sintetizó en una ciencia aplicada", a la que luego llamó "relaciones públicas".

Por su parte, el comité de Creel luchó con su mandato desde el principio; pero Bernays trabajó con ellos para persuadir a los estadounidenses de que su participación en la guerra estaba justificada -de hecho era necesaria- y para ello ideó el eslogan, brillantemente estúpido, "hacer del mundo un lugar seguro para la democracia". Así nació el primer gran eslogan propagandístico de la era moderna, y ciertamente uno de los más portentosos. Lo que sigue resume la mentalidad desvergonzada de Bernays:
"La manipulación consciente e inteligente de las costumbres y opiniones organizadas de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Aquellos que manipulan este mecanismo invisible de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder gobernante de nuestro país".
El resto es historia (más o menos), con los estadounidenses cada vez más dispuestos no sólo a apoyar el esfuerzo bélico, sino también a ver a los alemanes y a sus aliados como bestias malvadas que amenazan la democracia y la libertad y el tan buscado estilo de vida estadounidense, como quiera que se haya visto en ese entonces. Desde una perspectiva geopolítica e histórica, era una premisa absurda, por supuesto; sin embargo, un ejemplo extraordinario de cómo unas pocas palabras bien escogidas entraron en la psique colectiva de un país que se oponía decididamente a cualquier participación de Estados Unidos en la guerra y le dieron la vuelta a esa mentalidad. "Salvar el mundo para la democracia" (o alguna "versión de portada") se ha convertido desde entonces en la declaración de posicionamiento de Estados Unidos, en el grito de guerra "patriótico" y en la tarjeta "salga de la cárcel gratis" tanto para su guerra como para su camarilla de criminales de cuello blanco.

Fue, en cualquier medida, un golpe de genialidad por parte de Bernays; al apelar a los miedos y deseos básicos de la gente, podía diseñar el consentimiento a escala masiva. Ni que decir tiene que cambió el curso de la historia, en más de un sentido. El hecho de que Estados Unidos siga utilizando un meme no muy diferente para justificar sus "enredos extranjeros" es un testimonio de su utilidad y durabilidad. La realidad, tal y como la conocemos ahora, era muy diferente, por supuesto. Casi siempre se han tratado del poder, el imperio, el control, la hegemonía, los recursos, la riqueza, las oportunidades, las ganancias, la desposesión, mantener intactas y bien defendidas las estructuras capitalistas existentes, y aplastar la disidencia y la oposición.

Es instructivo observar que la plantilla para "fabricar el consentimiento" para la guerra ya había sido creada por los británicos. Durante veinte años antes del estallido de la guerra en 1914, los entonces mayordomos del Imperio Británico habían estado preparando diligentemente el terreno para lo que ellos consideraban un choque preestablecido con sus rivales por el imperio, los alemanes. Para empezar, contrariamente a la opinión de la población en general más de cien años después, no fue la tan cacareada agresión y el militarismo alemán, ni sus indudables ambiciones imperiales, lo que precipitó su estallido.

Y tampoco los europeos "caminaron dormidos" hacia esta conflagración. Los representantes del Imperio Británico no iban a dejar que los advenedizos teutónicos se comieran su almuerzo imperial, por así decirlo, y se dispusieron a aplastar unilateralmente y de forma preventiva a Alemania y con ello cualquier ambición que tuvieran de crear su propio dominio imperial en competencia con el Imperio en el que el Viejo Sol nunca se esconde.

La "Gran Guerra" es digna de mención por otras razones. Como documentan Jim Macgregor y Gerry Docherty en sus dos libros que cubren el periodo de 1890-1920, aprendemos mucho sobre la propaganda, que atestigua su extraordinario poder, en particular su poder para distorsionar la realidad en masa de forma duradera y subversiva. En realidad, lo único "grande" de la Primera Guerra Mundial fue, en primer lugar, el grado en que las masas que luchaban por Gran Bretaña fueron estafadas para que creyeran que esta guerra era necesaria y, en segundo lugar, la forma en que la narrativa oficial de la guerra se sostenía para la posteridad a través de la propaganda y la censura. "Grande", tal vez, ¡pero no en el buen sentido!

docherty macgregor WW1
En estos tomos seminales - La Historia Oculta de la Primera Guerra Mundial: Los Orígenes Secretos de la Primera Guerra Mundial y su seguimiento Prolongando la Agonía: Cómo el establishment angloestadounidense extendió deliberadamente la Primera Guerra Mundial por tres años y medio - Macgregor y Docherty nos proporcionan una clase magistral del poder de la propaganda al servicio de incitar, primero, y luego de sostener deliberadamente después una guerra importante. La horrenda carnicería y destrucción que se derivó de ella no tuvo precedentes, cuyos efectos mundiales perduran ya más de cien años después. Tal fue el poder perdurable de la propaganda que hoy la mayoría de la gente tendría grandes dificultades para aceptar lo siguiente; este es un breve resumen de las realidades históricas reveladas por Macgregor y Docherty que están en total desacuerdo con la narrativa oficial, el discurso político y los libros de texto escolares:
  1. Fue Gran Bretaña (apoyada por Francia y Rusia), y no Alemania, quien fue el principal agresor en los acontecimientos y acciones que permitieron el estallido de la guerra;
  2. Durante veinte años antes de 1914, los británicos habían considerado a Alemania como su rival económico e imperial más peligroso, y anticipaban plenamente que una guerra sería inevitable;
  3. En el Reino Unido y Estados Unidos, varias facciones trabajaron febrilmente para asegurar que la guerra durara el mayor tiempo posible, y frustraron los esfuerzos de pacificación desde el principio;
  4. Las verdades clave sobre este conflicto geopolítico tan importante se han ocultado durante más de cien años, sin que haya indicios de que el registro oficial cambie;
  5. Fuerzas muy poderosas (incluyendo un futuro presidente de Estados Unidos) entre las élites políticas, mediáticas y económicas de Estados Unidos conspiraron para finalmente convencer a la población de Estados Unidos, que de otra manera no hubiera estado dispuesta a entrar en la guerra;
  6. Esas mismas fuerzas y muchos grupos similares en el Reino Unido y Europa se dedicaron a todo, desde la especulación bélica, la destrucción o la falsificación de registros de guerra, operaciones de banderas falsas, traición, conspiración para librar una guerra agresiva y esfuerzos directos para prolongar la guerra por cualquier medio que fuera necesario, muchos de los cuales causaron conmoción en la gente.
Pero la paz no estaba en la agenda. Cuando, para 1916, los fracasos militares fueron tan embarazosos y costosos, algunos actores clave del gobierno británico estaban dispuestos a hablar de paz. Esto no podía ser tolerado. Los pacificadores potenciales tuvieron que ser traicionados. Los líderes europeos no electos tenían un vínculo común. Lucharon contra Alemania hasta que fue aplastada.

Prolongando la Agonía detalla cómo este grupo conspirador secreto organizó con este fin el cambio de gobierno sin que se emitiera ni un solo voto. David Lloyd George fue ascendido a primer ministro en Gran Bretaña y Georges Clemenceau fue nombrado primer ministro en Francia. Un nuevo gobierno, un gabinete de guerra de élite interna, empujó al líder de la Élite Secreta, Alfred Milner, al poder en el corazón mismo de los que toman las decisiones en la política británica. ¿Democracia? No tenían nada que ver con la democracia. El público votante no tenía voz ni voto. Los hombres a los que se les había confiado la tarea continuarían hasta el final, y quienes los representaban fueron respaldados por los medios de comunicación y el poder del dinero, en Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos.

La propaganda siempre gana

Pero de la misma manera que los partidarios pioneros de entonces nunca habrían soñado lo sofisticada y completa que sería la práctica de la propaganda, tampoco la ciudadanía en general habría anticipado hasta qué punto la industria ha facilitado una plutocracia arraigada y rapaz a expensas de nuestra oportunidad económica, nuestra seguridad financiera, nuestro entorno físico y, cada vez más, nuestros derechos y libertades democráticos básicos.

Vivimos ahora en la Era del Gran Embaucamiento (cubierto nada menos que por un vacío de sumisión); una era en la que nada puede ser tomado en serio y en la que las limitaciones de tiempo y atención (por nombrar sólo algunas) nos obligan a ello; [en la que] pocas personas en la vida pública tienen un mínimo de credibilidad; en la que las percepciones no cuestionadas se convierten en una realidad aceptada; donde la historia de "libro abierto" es ahora incontrovertible, no negociable, bajo pena de un doloroso encarcelamiento; donde la educación es sobre la uniformidad, la función, la forma y la conformidad, todo al servicio de ideologías neoliberales impuestas que abrazan y priorizan las, más que dudosas, libertades individuales.

En términos más generales, son los "Roger Ailes" de este mundo -que actúan en nombre de las élites de poder que, después de todo, son sus pagadores; en el caso de Ailes, el detestable magnate propagandístico Rupert Murdoch- quienes crean los sistemas intelectuales que controlan la expresión a través de las estructuras de comunicación, a la vez que garantizan... que estos sistemas sólo requieran "el uso discreto de la censura y de hombres uniformados". Son los artífices y moldeadores del discurso que pasa por la aceptada lingua franca de la economía política del planeta, cada vez más globalizada e interconectada. A lo largo de este proceso "siempre intentarán cambiar el lenguaje establecido".

Y ya no podemos confiar en que nuestros representantes electos nos representen honestamente a nosotros y nuestros intereses. Tanto si esta toma de decisiones tiene lugar dentro como fuera del proceso legislativo, estos procesos están realmente en manos de los bancos, las instituciones financieras y las organizaciones transnacionales. ¿De qué intereses se van a preocupar más? Vimos todo esto justo después del Gran Colapso Financiero, cuando las mismas personas que llevaron el sistema al borde del abismo, ganaron miles de millones para sus bancos y millones para sí mismos y quebraron a cientos de miles de familias estadounidenses, fueron llamadas por el gobierno de Estados Unidos para arreglar el lío y, a fin de cuentas, se les dio un cheque en blanco y la importantísima tarjeta "salga de la cárcel gratis" para que lo hicieran. El hecho de que Estados Unidos esté ahora en un riesgo aún mayor de implosión económica es algo que pocos expertos en la materia cuestionarían, y un testimonio de la eficacia del trabajo de encubrimiento perpetrado contra los estadounidenses con respecto a las causas, el impacto y las implicaciones del colapso de 2008 hacia el futuro.

En la mayoría de los casos, uno acepta casi por definición que tales desconexiones (léase: agendas ocultas) son la regla y no la excepción, de ahí la base multimillonaria (y el alcance e impacto global) del negocio de la propaganda. Esto en sí mismo es un indicador clave de por qué las organizaciones dan tanta importancia a este aspecto de la gestión de sus asuntos. Como mínimo, una vez que las corporaciones vieron cómo la psicología de la persuasión podía ser utilizada para manipular a los consumidores, y los políticos vieron lo mismo con la ciudadanía e incluso con sus propios trabajadores, el crecimiento de la industria estaba asegurado.

Como Riefenstahl señaló durante su charla con Pilger, después de preguntarle si los que acogían el "vacío de la sumisión" incluían a la burguesía liberal y educada... "Todos", dijo ella.

A modo de subrayar su punto, añadió enigmáticamente: "La propaganda siempre gana... si tú lo permites."
Acerca del autor

Greg Maybury es un escritor independiente radicado en Perth, Australia. Sus principales áreas de interés son la historia y la política estadounidense en general, con un enfoque especial en asuntos económicos, de seguridad nacional, militares y geopolíticos. Durante 5 años ha contribuido regularmente a una amplia gama de sitios de noticias y opiniones, incluyendo OpEd News, The Greanville Post, Consortium News, Dandelion Salad, Global Research, Dissident Voice, OffGuardian, Contra Corner, International Policy Digest, the Hampton Institute, y otros.