Los regímenes autoritarios no entienden de humor. Así inicia un artículo publicado en el año 2013 por la Deutche Welle titulado "El humor como crítica a dictaduras".

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En el mismo se habla de la lucha en el mundo de algunos cómicos y humoristas contra las autocrácias de sus respectivospaíses usando como arma la hilaridad. En el mismo también citan como argumento lasopiniones de Anton Zijderveld, sociólogo considerado experto en el tema: Si bien el humor (político) no puede cambiar a la sociedad, su efecto psicológico es importante porque fortalece a los movimientos de oposición dentro de esos regímenes. Así, siguiendo esta línea lógica es quedentro de un régimen autocrático o radical se controle, suprima o incluso prohíba la comedia.

Yo entiendo el humor como algo más elemental, como una necesidad primaria y por ende parte inalienable de nuestro espíritu y si bien lo jocoso suele percibirse cualitativamente de distintas formas (desde un torpe tortazo en el rostro hasta la exaltación de lo absurdo o la auto crítica mordaz) en todas las posibles variantes existe un común denominador: La risa es la auténtica fuerza que mitiga el peso gravitacional de la existencia. Pero, si bien el artículo afirma que el humor debilita las autocracias (visto desde otro ángulo) el mismo omite una explicación concisa de por qué. Y es que el humor disminuye la seriedad de las ideas, por lo que una broma puede convertir al autócrata, el alférez de una institución que rinde culto a la solemnidad y a la iconografía al punto de elevarlo a la categoría de divinidad, en algo para no tomar en serio, en una razón para hacernos reír, es decir, en un bufón.

En enero del 2015 la sede del periódico satírico francés Charlie Hebdó sufrió un ataque terrorista perpetrado por miembros radicales en respuesta a la publicación de una caricaturade Mahoma; el resultado fue saldo preliminar de 12 víctimas mortales, entre ellas el director de aquel y varios dibujantes importantes del medio. Aquella reacción para muchos inaceptable surgida por la satirización de una figura icónico-religiosa podría ser el ejemplo apropiado de la inadmisibilidad sobre mezclar humor y solemnidad (cuando la religión adquiere formamediante la ritualidad, así como la Autocracia mediante la ley) como la divergencia entre lo ridículo y la exaltación.

Sin embargo, cabe decir que la Deutsche Welle pareciera aplicar un criterio desigual cuando se utiliza el humor como instrumento de lucha política y social, condicionando su apoyo o rechazo dependiendo de si el tema está o no dentro de su visión. Por ejemplo: aplaude (ya sea por acción u omisión) la caricaturización de íconos religiosos a sabiendas que para algunas sociedades esto resulta ofensivo (aprovecho para señalar que no soy religioso en lo absoluto),y que si de números y democracia se trata estas sociedades representan, salvo excepción, una mayoría absoluta comparadas con la población total de cualquier país del occidente despreocupado y bromista por lo que por mayoría debería ser considerado ofensivo, pero acusa de vergonzosas las bromas por parte de detractores de políticas sobre igualdad degénero e inclusión (las que personalmente no me producen ninguna gracia) al punto de algunas veces atribuirle a aquellos diagnósticos psicológicos, precisamente para desacreditar su postura (esto ya lo he tratado en un artículo anterior). Dicho sea de paso, el 23 de marzo del 2023 una persona que se identificaba como transgénero abrió fuego contra los presentes en una escuela en Nashville, Tennesse, asesinando a 6 personas entre ellas 3 niños, pero la noticia no tuvo ni la mitad de cobertura por parte de éste periódico comparada con la de CharlieHebdo.

Existe una tendencia dentro del Occidente colectivo, en la que por supuesto DW juega su papel, de aplicar el método de cancelación hacia cualquier idea o cualquier ponente que seoponga a lo que éste considera como universalmente correcto (sino, pregunten a RT), prejuicio del cual sin dudas el humor no escapa por considerarse inapropiado e irreverente para con lo que ellos dan por cierto y justo. Y es que el humor pone a prueba nuestra capacidad de discrepancia, reduce nuestra certeza sobre la realidad a una carcajada; el humor no puede ser humor si no rompe paradigmas o cruza líneas rojas, porque de lo contrario, el humor se volvería una ilusión de ligereza dentro de un sistema ocultamente rígido, solemne y totalitario.