Se escuchan tambores de guerra en Europa. Los redobles de nuestros líderes resuenan en la oquedad de una construcción europea que nunca fue tal, horadada durante décadas de mentiras.
Grok
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Hoy es 28 de febrero de 2025. Mientras escribo estas líneas se produce una alineación de siete planetas del sistema solar con la Tierra que, según los astrónomos, no volverá a producirse hasta 2040. Habrá quien quiera darle un sentido místico al mágico evento, una dimensión trascendental. Elementos para argumentarlo, desde luego, no faltarían. Los hechos noticiables se agolpan a un ritmo inusitado. Todo el revuelo con la lista Epstein que no acaba de ver la luz, el Papa globalista agonizando en El Vaticano en sus últimos estertores de vida, el sonrojante vídeo de la Gaza virtual de Trump, émulo de Paco el Pocero, tirando billetes al aire cual rapero trasnochado, rodeado de efigies de su rostro esculpido con el oro perdido de Fort Knox, mientras neumáticas odaliscas barbudas bailan al ritmo de las luces de neón. Una concatenación de eventos explosivos que, en otros tiempos, monopolizarían por si mismos la oferta mediática, y sin embargo, un hecho ha conseguido destacar, sobre todos los demás.

Todavía me tiemblan las manos con lo presenciado en hoy en el Despacho Oval. Para quien justo aterrice de sus vacaciones en Marte y no se haya enterado de lo ocurrido, Trump acaba de echar con cajas destempladas a Zelensky de la Casa Blanca. Entre Trump y Vance, ante la atenta mirada de un nutrido grupo de políticos y medios de comunicación, se han aplicado concienzudamente en transmitir al mundo el desprecio que profesan tanto por el autócrata Zelensky como por lo que representa. Una humillación sin paliativos ni anestesia, un revolcón erga omnes, televisado para consumo de las masas globales. Para muchos, Zelensky ha llevado su pulso con Trump demasiado lejos. Para otros, es un abuso de poder intolerable para quien ostenta la condición de gendarme del planeta. He de reconocer que me resulta difícil juzgar tan extraordinario evento con frialdad, dada la pública y notoria animadversión que guardo por Zelensky, pero lo que he visto me ha sobrecogido, me ha helado la sangre, en una combinación de espanto y euforia que, hasta hoy, me era del todo ajena. Tiempo habrá de acostumbrarse a los nuevos modos del Tío Sam. Sin embargo, no parece estar resultando sencillo para nuestros estimados líderes electos y no tan electos a este lado del charco. De momento, el equipo de opinión sincronizada de la Unión Europea, ha salido en tromba a replicar el mismo mensaje, literalmente y sin variar una coma, de apoyo cerrado al cómico ucraniano y sus ansias bélicas, al que venden como depositario de todas las virtudes que caben en un post de Twitter. Por contra, la realidad suele ser más prosaica. A Zelensky no le queda otro camino. Es la guerra total o su desaparición, ya sea literal o figurada. Mientras tanto, que no pare la picadora de carne ucraniana.

Voy a hacer el esfuerzo ímprobo de ser ecuánime, siempre en virtud de la información de la que dispongo sobre la cuestión ucraniana. En puridad, no puede decirse que Volodimir sea muy diferente a tantas otras marionetas que le han precedido. Si acaso, resulta singularmente estomagante el contraste entre los padecimientos que sufren sus compatriotas desde el golpe de estado del Maidán en 2014 y el desparpajo con el que el cómico ha venido representando el falsario papel de líder moral del mundo libre, exhibiendo presuntuoso su ridícula indumentaria castrense de Ché Guevara de Ali Express, henchido por los aplausos y lisonjas interesadas, cuando se paseaba cual pavo en celo por los parlamentos del occidente global. Hoy ha desplegado todas sus herramientas ya conocidas. Durante la rueda de prensa en el la Casa Blanca, que en honor a la verdad ha transcurrido durante casi una hora con relativa cordialidad, Zelensky ha buscado con insistencia la complicidad de Trump en sus insultos a Putin. Trump, ha hecho caso omiso a las estratagemas de su homólogo ucraniano, hasta el momento en que, con la locuacidad a que nos tiene acostumbrados, le ha hecho saber al cómico que su visión de la diplomacia no consiste en hacer comandita en público para poner como los trapos al líder de la potencia con la que pretende llegar a una entente. Sin embargo, ello no ha amilanado a Volodimir, que ha seguido desplegando su estrategia ya conocida, llegando a la indignidad de enseñar al Presidente Trump fotos de personas mutiladas por una guerra a la que parece haber llegado por casualidad. Quizás sea el momento de recordarle al autócrata ucraniano la obviedad de que todas esas personas mutiladas de las fotos son ciudadanos a su cargo, y que su responsabilidad era precisamente propiciar su seguridad en lugar de mandarlos al matadero. Opciones tuvo, sin duda. En varios momentos de la pesadilla ucraniana pudo haber firmado la paz en condiciones más ventajosas para su país que las que actualmente se le ofrecen. Pudo evitar la barbarie, pero la inefable mediación de Boris Johnson, enviado por la OTAN para dinamitar el acuerdo, acabó con la voluntad pacifista del autócrata ucraniano.

Siendo justos, desde su llegada a Washington, la voluntad de humillar al autócrata ucraniano ha sido ostensible, histriónica por momentos. El recibimiento de Trump no dejaba lugar a dudas. Donald ha felicitado a Volodimir por su disfraz. A menudo, señalar lo obvio es la mejor comedia posible. En otras ocasiones, resulta revolucionario. El Presidente, visiblemente satisfecho con el resultado, ha repetido en varias ocasiones la impertinencia, exacerbando la incomodidad creciente y patente de su invitado. Incluso alguno de los congresistas allí presentes ha llegado a preguntarle a Zelensky, ya en el Despacho Oval y sin pizca de ironía, por su desprecio a la etiqueta que se le supone como líder político de un país que pretende la paz. Resulta más que evidente que todo ha salido según los planes de la nueva administración. La visita, pese a la cordialidad forzada antes mencionada, ha terminado según lo previsto por ambas partes. Zelensky ha decidido aprovechar la rueda de prensa televisada para dirigirse a las masas alienadas europeas, lobotomizadas por más de una década de propaganda demócrata, reprochando al Vicepresidente Vance que no había estado nunca en Ucrania. Vance ha respondido a la evidente provocación señalando lo que es una obviedad; que Zelensky lleva años organizando tours propagandísticos por Ucrania para venderle a los europeos su papel de víctima del imperialismo ruso. Donald Trump, tirando de galones, ha tomado el testigo de su escudero, y prácticamente a gritos, le ha recordado a Volodimir su debilidad con un ya histórico "no tienes las cartas adecuadas, estás jugando con la III Guerra Mundial, estás jugando con la vida de millones de personas". Y no le falta razón, pero sería cínico obviar que es precisamente la administración a la que representa la que ha empujado a trompicones, tanto a Ucrania como a Europa a esta situación enloquecida. El caso es que quienes gobiernan ahora ya no son los mismos. Trump y Vance han llegado a la casa, han echado un vistazo al desagüe empantanado y han prorrumpido: "Señora. ¿Quién le ha hecho esto?". Se acabaron los versos heroicos. Dejó de sonar el Poema Sinfónico nº 6 de Franz Lizst "Mazeppa". Es tiempo de negocios, de repartirse el pastel, al menos en EEUU.

Vance, sólido en su papel de presidenciable, apuntalaba al jefe, acusando a Zelensky de faltar al respeto a los estadounidenses. Grandilocuencia y palabras gruesas. El cómico, sin saber muy bien cómo salir de la encerrona, trataba sin credibilidad de mantener el tipo. Es un actor de método, de eso no cabe ninguna duda, pero ha demostrado no manejarse bien cuando no tiene el guión escrito. Su lenguaje corporal delataba su desasosiego. Brazos cruzados para sostener los envites de la dupla presidencial, tratando sin éxito de meter baza en el circunloquio de sus adversarios. Lo que tuviese que manifestar Volodimir ya no importaba, ya había sido manifestado antes. Hoy sólo importaba escenificar la ruptura total, y cualquier cosa que Zelensky dijese sólo podía servir para empeorar su situación.

Si usted, querido lector, no ha sucumbido todavía a la presión asfixiante de la propaganda, la posición de Zelensky como factotum de la OTAN le será bien conocida. Sin embargo, es posible que no recuerde que fue precisamente la promesa de pacificar el Donbass lo que le hizo ganar las elecciones allá por 2019. Eran otros tiempos, aunque también gobernara Trump. Si bien, los informes de la RAND Corporation preconizaban ya entonces una estrategia de estresar a Rusia por varios frentes, Trump no quería líos con Rusia. El actual inquilino del Despacho Oval no deja de ser un hombre de negocios, un constructor de modales agrestes y chabacanería manierista, pero sin duda no es hombre de guerra. No es su código. Su código es el de los negocios y de tal manera lo expresó en varios momentos de la rueda de prensa; "Va a ser difícil hacer negocios con esta actitud", decía Donald. Desde que ha tomado posesión, Trump se ha aplicado en imaginar piruetas diplomáticas sólo al alcance de su singularidad. Pese a su abuso de la táctica del loco, a su medida temeridad, ambiciona ser recordado como el hombre que acabó con las guerras. Para conseguirlo, tendrá que ser capaz de saciar la voracidad de un complejo militar industrial que ya ha demostrado sobradamente que, llegado el caso, no dudará en quitarle del medio del modo que sea. Sobre la escena, como sombras telúricas, como flatulencias de las cloacas del estado profundo, flotan las sospechas de la implicación de Ucrania y de los servicios secretos del Tío Sam en los intentos de magnicidio del candidato Trump. Así las cosas, las dudas se ciernen sobre el futuro de Zelensky. Hoy mismo, Oleksandr Dubinsky, parlamentario ucraniano encarcelado por Zelensky por denunciar las tropelías de la red Soros/NED en Ucrania, llamaba a convocar una moción de censura contra el autócrata Zelensky. Parece que el retiro dorado en Boca Ratón se aleja para el cómico. El recuerdo ominoso de los últimos días de Gaddafi empieza a tomar posición en la mente colectiva. Ningún final luctuoso para el cómico ucraniano resultaría sorprendente.

Hoy es 28 de febrero. Los planetas se han alineado. Se escuchan tambores de guerra en Europa. Los redobles de nuestros líderes resuenan en la oquedad de una construcción europea que nunca fue tal, horadada durante décadas de mentiras. Los cipayos europeos interpretan el papel de una dignidad que nunca tuvieron, reflejando su nula legitimidad en un autócrata ucraniano que no tendrá problema e poner pies en polvorosa cuando la situación ya no le sea propicia. Una posición de fuerza simulada, que al fin y a la postre, sólo sirve para reforzar las ambiciones de un complejo militar industrial que mueve a sus títeres desde las sombras. Queda por conocer la posición de una ciudadanía europea cuya indolencia habitual no permite augurar un buen desenlace.