Traducido por el equipo de SOTT.net

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Hace treinta y cinco años, el politólogo estadounidense Francis Fukuyama se hizo famoso al proponer que el fin de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética prometían el ascenso y la universalización de la llamada democracia liberal occidental. Como marxista-hegeliano que veía la progresión de la historia como un proceso evolutivo con una conclusión natural y predeterminada, Fukuyama
concebía el liberalismo al estilo occidental como «el punto final de la evolución ideológica de la humanidad» y «la forma definitiva de gobierno humano». Con la expectativa de que todas las luchas humanas avanzaran hacia un estado de equilibrio inminente y paz futura, Fukuyama expresó en voz alta lo que muchos otros pensadores de finales del siglo XX también creían:
la humanidad había llegado al fin de la historia.Tras los atentados terroristas islámicos del 11 de septiembre en Estados Unidos, dos décadas de «guerra global contra el terrorismo», la expansiva «Iniciativa del Cinturón y la Ruta» de la China comunista, los conflictos sociales alimentados por la inmigración, el colapso de la confianza pública en las instituciones gubernamentales, la prevalencia de condiciones previas a la guerra civil en toda Europa, el auge del poder económico indio, la aparición del nacionalismo de Donald Trump como contrapeso al tan cacareado globalismo del Foro Económico Mundial, el regreso de la Federación Rusa como fuente principal de la angustia europea, el crecimiento del «multiculturalismo» y la consiguiente fractura de la unidad nacional, la competencia de las «grandes potencias» por las energías de hidrocarburos y otros recursos naturales, la nueva carrera geopolítica para proyectar fuerza en el Ártico y el eterno debate sobre una inminente Tercera Guerra Mundial, por nombrar solo algunos de los numerosos conflictos globales del primer cuarto del siglo actual, el argumento del «fin de la historia» de Fukuyama probablemente haya llegado al final de su utilidad.
Comentario: Y, sin embargo, no tiene por qué ser así. Los BRICS y sus alianzas hermanas se basan en la premisa de que cada país tiene el derecho inherente a gobernarse a sí mismo y no debe ser objeto de interferencias. Se basa en la idea de que el comercio justo y transparente es la base de la estabilidad política y la prosperidad mutua.