Traducido por el equipo de SOTT.net

Los lectores del Tusk saben que he pasado la mayor parte de mi vida indagando en la ciencia herética: investigaciones que la corriente dominante se niega a examinar o finge que no existen. Desde la hipótesis del impacto del Younger Dryas hasta la posibilidad de que existiera alta tecnología antes de la Edad de Hielo, siempre nos hemos hecho las preguntas prohibidas y hemos seguido los datos hasta donde nos han llevado.
COVID-19 virus.
© commons.wikimedia.org.Virus de la Covid-19. 
Esta semana, he tomado ese mismo instinto (lo que algunos llamarían un reflejo contrario) y lo he dirigido en una nueva dirección: una que nos toca de cerca.

He publicado un artículo de opinión en el Carolina Journal sobre el programa de virología de la UNC-Chapel Hill y las inquietantes pruebas de que desempeñó un papel fundamental en la creación del virus SARS-CoV-2 que mató a más de 20 millones de personas en todo el mundo.

Sí, han leído bien. Y no, no es una hipérbole.

No se trata sólo de especulaciones. Gracias a documentos judiciales obtenidos por la organización sin ánimo de lucro US Right to Know, ahora sabemos que el laboratorio de Ralph Baric en la UNC:
  • Creó nuevos coronavirus relacionados con el SARS en colaboración con el Instituto de Virología de Wuhan.
  • Creó estos virus con un mayor potencial pandémico, a propósito.
  • Propuso engañar al gobierno estadounidense sobre el lugar donde se llevaría a cabo la investigación: alegó Chapel Hill, pero planeó Wuhan.
  • Proporcionó tanto el modelo como los ratones cultivados en laboratorio con pulmones humanizados necesarios para dar vida a estos virus.
Y todo esto no ocurrió en secretos laboratorios biológicos extranjeros, sino aquí mismo, en Carolina del Norte.

Mientras ustedes y yo estábamos encerrados en nuestras casas en la primavera de 2020, la UNC estaba lidiando con un trabajador de laboratorio que fue mordido por un ratón infectado con una cepa sintética del SARS-CoV-2. Avisaron al departamento de salud local. Pidieron al investigador que se pusiera en cuarentena. Luego siguieron como si nada hubiera pasado.

Imagínense, para comparar, si eso hubiera sido una fuga radiactiva en el reactor nuclear de la NC State. Toda la región habría estado en alerta roja. Pero con los virus, de alguna manera, obtenemos silencio, encogimiento de hombros y premios millonarios.

La UNC concedió a Ralph Baric el premio O. Max Gardner. El News & Observer le nombró Tar Heel del Año. Los NIH le dieron 208 millones de dólares.

Pero lo que Baric y la UNC dieron al mundo puede ser mucho más oscuro.

Como escribo en el artículo, no se trata tanto de Mary Poppins como de Mary Shelley. Frankenstein no era sólo una metáfora: era una advertencia. La ignoramos.

Y al igual que hacemos con el cometa Younger Dryas, la torre de marfil de Carolina, los medios de comunicación y la mayor parte de nuestra clase política no quieren hablar de ello. Es demasiado complicado. Demasiado condenatorio. Demasiado perturbador.

Pero perturbar es lo que hace el Tusk. Es lo que yo hago. Ya se trate de vidrio fundido en los Andes o de mordeduras de ratón en un laboratorio BSL-3, creo que la verdad merece la luz del sol.

El editorial ya ha propiciado (y coincidido con ellos) avances muy interesantes que parecían imposibles no hace mucho. Espero poder compartir más con ustedes en un futuro próximo.

Así que tómense unos minutos para leer mi artículo de opinión completo, publicado aquí en el Carolina Journal. Ya es hora de que Carolina del Norte, y el mundo, se enfrenten a las implicaciones de este experimento catastrófico.

No esperemos a que la historia se repita.