Entre las más de 100 personas a quienes Theodore McCarrick les envió el dinero se contaban los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. Encontrado culpable de solicitar sexo durante confesión y cometer "pecados" con niños y adultos, fue el primer cardenal en dejar de pertenecer a la Iglesia Católica por delitos de esta índole.
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El Cardenal Theodore Edgar McCarrick en una reunión en el Vaticano en marzo del 2013.
Desde principios de siglo, la Iglesia Católica recibió un flujo regular de denuncias de abuso sexual contra quien era uno de sus miembros más reconocidos y poderosos: el arzobispo de Washington y cardenal, Theodore McCarrick. Y durante ese mismo período de tiempo, McCarrick envió más de USD 600.000 de la institución a cientos de miembros del clero, entre los que se contaban dos papas -Juan Pablo II y Benedicto XVI- y decenas de funcionarios a cargo de investigar denuncias contra él.

Las revelaciones se desprenden de una investigación de The Washington Post, y echan un manto de dudas sobre la manera en que McCarrick escaló posiciones en la Iglesia y logró mantenerse en uno de sus puestos más jerárquicos pese al creciente número de denuncias sobre su conducta.

Según sus acusadores -al menos siete han hablado públicamente o recurrido a la Iglesia al día de la fecha- los primeros casos se remontan a la década de 1970. Según consignó un funcionario al tanto de su conducta, el arzobispo solía llevar estudiantes del seminario que dictaba a una casa que tenía en la playa y, allí, los presionaba para que durmieran en su cama con él. El cura dijo no estar al tanto de cualquier contacto sexual, pero indicó que de igual manera lo consideraba inapropiado. Otros casos, como uno concerniente a un monaguillo de 16 años, si incluyeron actos constatados de abuso sexual.

McCarrick, no obstante, solo fue removido del clero en febrero de este año luego de ser encontrado culpable de solicitar sexo durante confesión y cometer "pecados" con niños y adultos, delito agravado por abuso de poder. Fue el primer cardenal -el rango más alto que puede conceder el Papa- en recibir un castigo tal por delitos de esa índole. En su única declaración pública desde las acusaciones, McCarrick le dijo a un periodista que no creía ser culpable de aquello por lo que lo acusaban.
McCarrick durante una misa en Washington.
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McCarrick durante una misa en Washington.
El arzobispo sacaba los fondos de una cuenta recóndita de la Archidiócesis de Washington, de la cual se hizo cargo en 2001. Allí le llegaban donaciones de fieles -muchos de ellos personalidades poderosas de Estados Unidos- que el luego distribuía prácticamente sin supervisión. La institución de la capital estadounidense le dijo al medio que McCarrick era el único con acceso a aquella cuenta, que tampoco pagaba impuestos.

A la cuenta llegaron más de USD 6 millones a lo largo de 17 años. Y si bien los registros muestran que millones fueron destinados a obras de caridad en Estados Unidos, Roma y organizaciones en países vulnerables, también significa que el sacerdote dirigió un 10 por ciento de los fondos recaudados al otro propósito.

Consultados respecto de las revelaciones, distintos donantes se mostraron sorprendidos por el uso que se le dio al dinero. Tom Riley, uno de ellos, dijo que las contribuciones que la fundación envió estaban destinadas a "ayudar a los pobres, a aquellos con necesidades, refugiados y la misión de la Iglesia Católica".

Consultado por el medio, un vocero del Vaticano rechazó comentar sobre el reporte. Por su parte, miembros del clero que recibieron dinero del ex cardenal durante esos años aseguraron que se trataba de regalos que suelen hacerse entre líderes católicos durante la temporada festiva, o que bien podían ser gestos apreciativos de su labor.

El Vaticano planea publicar un reporte sobre la manera en que manejó las acusaciones contra el ex cardenal el año que viene.

Una figura de alto perfil

McCarrick fue por años una de las caras más visibles de la Iglesia Católica estadounidense, y se convirtió en su vocero de hecho durante su intento de reconstruir su imagen luego de los escándalos de abusos sexuales que tomaron estado público por primera vez en Boston.

Sin embargo, su conducta detrás de escena era completamente opuesta y alarmó a sus colegas a un nivel tal que lo reportaron a sus superiores. El primer llamado de atención lo dio el cura Boniface Ramsey cuando su ascenso a arzobispo fue anunciado en el año 2000. Ramsey contactó al embajador de la Santa Sede en Estados Unidos, Gabriel Montalvo, quien instruyó a Ramsey a que pusiera la información por escrito.

Sin embargo, no obtuvo respuesta hasta seis años después, cuando recibió una carta del arzobispo del Vaticano Leonardo Sandri, en la que reconocía su advertencia. Los registros obtenidos por The Washington Post muestran que McCarrick había enviado dinero a Montalvo, Sandri y otros miembros del clero responsables de investigar acusaciones de abuso sexual.

A finales de 2006, McCarrick dejó su puesto en Washington, al haber llegado su edad de retiro. Fue nombrado arzobispo emérito y mantuvo el control de la cuenta de la Archidiócesis.

En ese mismo momento, el arzobispo Carlo Maria Viganò escribió un memorando a Sandri y al cardenal Tarcisio Bertone, entonces el secretario de Estado del Vaticano, urgiéndolos a sancionar a McCormick por su conducta. En una serie de publicaciones en las que reveló su accionar, Viganò aseguró que sus superiores nunca respondieron a su carta, publicada poco después de que se removiera a McCarrick del sacerdocio, en 2018.

Criticos de Viganò lo han acusado de usar su carta para socavar adversarios dentro de la Iglesia. Funcionarios del Vaticano han cuestionado algunos detalles, como su aseveración de que el papa Francisco estaba al tanto de las acusaciones. Francisco no aparece en los registros como receptor de dinero de McCarrick.

Las revelaciones llegan poco después de que el Papa aboliera el "secreto pontificio" empleado en los casos de abusos sexuales por parte del clero, tras crecientes críticas sobre que esa categoría de confidencialidad se empleó para proteger a pedófilos, silenciar a las víctimas e impedir que las instituciones de justicia investigaran los crímenes.