Traducido por el equipo de SOTT.net

ADMIRO la valentía. Admiro a los aventureros. Y me crié en una Gran Bretaña que también admiraba estas cosas. Pero gran parte de nuestro país ha cambiado. Donde solíamos admirar la aventura nos hemos vuelto precavidos y obsesionados con la seguridad.
OceanGate sub
© Douglas Murray
Donde antes admirábamos el heroísmo ahora favorecemos el lamento y el victimismo. Donde antes admirábamos el éxito hemos llegado a encumbrar el fracaso. Difícilmente podría haber una demostración más clara de este feo cambio que ciertas respuestas a la tragedia del sumergible en el lugar del Titanic.

Esta semana se ha confirmado que las cinco personas que iban a bordo perdieron la vida a causa de una "implosión catastrófica". Entre ellas se encontraban Suleman Dawood, de 19 años, y su padre. Es inimaginable por lo que está pasando su afligida madre viuda.

Normalmente, las personas que hablan de "bondad" y "compasión" serían amables y compasivas en un momento así. Pero no. Porque las personas a bordo del barco eran culpables de un crimen terrible: eran ricos.

Entre las víctimas estaba Hamish Harding, un multimillonario de este país hecho a sí mismo. El padre de Dawood, Shahzada, también era un exitoso hombre de negocios. Había que ser rico porque las plazas en el submarino costaban, según se dice, hasta 200.000 libras. Y claro, un dinero así provoca la envidia de la gente fea.

Como no podía ser de otra manera, uno de los comentaristas más viles de Gran Bretaña no tardó en saltar sobre las víctimas. Ash Sarkar, "comunista" confeso y escritor de The Guardian, al que se puede ver con frecuencia en la BBC, no perdió tiempo en tratar de politizar la tragedia.

Mientras se mantenía la esperanza de que los hombres pudieran seguir con vida, Sarkar tomó las redes sociales para decir: "Si los superricos pueden gastarse 250.000 libras en viajes de vanidad a 3 kilómetros bajo el océano, entonces no están pagando suficientes impuestos".

Menuda reacción. Mientras se creía que un adolescente pakistaní y otras cuatro personas luchaban por su último aliento a medida que disminuían las reservas de oxígeno, este "comunista de lujo" les criticaba por no pagar más impuestos.

Desde mi punto de vista, cuando alguien está muerto o agonizando, a la mayoría de la gente decente nunca se le ocurre discutir sobre política fiscal. Sin embargo, Sarkar y otros izquierdistas de las redes sociales redoblaron la acusación de victimismo, algo que normalmente fingen odiar.

"El submarino Titanic es un cuento moral moderno sobre lo que ocurre cuando se tiene demasiado dinero, y la grotesca desigualdad de simpatía, atención y ayuda para los que no lo tienen".

El argumento de este comunista macabro parecía ser que si las víctimas hubieran sido pobres nadie les habría hecho caso. Pero catástrofes similares que han acaparado la atención mundial han afectado a menudo a personas sin dinero.

Hace unos años, la historia de los niños tailandeses atrapados en una cueva inundada puso al mundo en vilo. Personas de todo el mundo -incluidos multimillonarios- se apresuraron a intentar ayudar y, efectivamente, en aquella ocasión los escolares se salvaron.

La simpatía del público no tiene nada que ver con la riqueza. Tiene todo que ver con la empatía hacia personas en una situación inimaginable. La idea de quedarse sin oxígeno es uno de los miedos humanos más básicos. Pero la gente amargada es capaz de sentir amargura en todas partes.

Si las víctimas hubieran sido todas blancas, la izquierda amargada las habría atacado por ser blancas. Pero tal y como estaban las cosas les han atacado por ser ricos. Por tener dinero para ver los restos del Titanic, algo que a muchos de nosotros nos habría gustado tener la oportunidad de hacer.

Si alguien tiene la culpa de la tragedia es OceanGate, la empresa encargada de la expedición. Pero no es culpa de las víctimas. Y en cualquier caso, aparte de ser ricos y tener éxito, ¿de qué eran culpables exactamente? De ser curiosos. De querer explorar las profundidades del océano. De ver cosas extraordinarias y volver para contárselas a la gente. De poner sus vidas en manos de personas en las que confiaban.

Son personas que deben ser admiradas, no atacadas. Hay que admirarles por haber tenido éxito en sus vidas. Y deben ser admirados por continuar una de las cosas más grandes de nosotros como especie.

Que es nuestra búsqueda del conocimiento y la experiencia, incluso cuando tiene el precio más terrible. Una sociedad sana los admiraría.