
Y esta iniciativa tiene un fundamento: recordemos que Hungría fue en su momento una vasta y poderosa potencia que además sería en gran medida responsable de contener durante la Edad Media el avance otomano hacia el resto del continente. Con esto Europa no solo superaría los previos dogmas del Oscurantismo sino que a continuación y gracias a este esfuerzo se mantendría al margen de la expansión musulmana.
No obstante, su protagonismo fue decayendo una vez se hizo la alianza con los Habsburgo, y al finalizar la Gran Guerra no solo sería desmembrada en varias naciones o sus territorios anexados a otras ya existentes (Hungría perdería dos terceras partes de sus tierras y uno de cada tres húngaros quedaría fuera de sus fronteras históricas), sino que sería relegada a segundo plano por los vencedores mientras estos se atareaban desarrollando vínculos a distintos niveles con sus vecinos germánicos.
Aun así, en la actualidad sigue siendo un referente cultural en los territorios una vez parte del reino ya sea por integración o por un número significativo de habitantes que se identifican como húngaros. Pero haber estado fuera del foco de atención de Occidente le favoreció para mantenerse, como un cápsula de tiempo, al margen de su influencia, muchas veces ajena a la realidad histórica del continente y de la evolución orgánica de su pensamiento.
Y en eso radica la importancia de la reaparición de Hungría en el escenario mundial: es la versión original de un libro sin revisiones maliciosas en donde dice lo que es ser europeo. Y mientras que la identidad europea se disuelve gracias a la imposición de propuestas por ingenieros sociales apalancados de regímenes de democracias feudales (en donde el verdadero poder se encuentra por encima de la pantomima de elector-elegido), Hungría es quizás una de las pocas sociedades remanentes en el viejo continente que representan el verdadero espíritu y esencia de Europa.



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