El 02 de julio del año en curso, el Primer ministro húngaro Viktor Orban vistaría Kiev para reunirse con el actual pero jurídicamente cesante presidente del país, Volodimir Zelenski con el fin de tratar el tema de la guerra Ruso-Ucraniana; tres días después llegaría a Moscú y haría lo mismo con el presidente Vladimir Putin. Y con la misma agenda en mano sería recibido en Pekín el 08 de julio por el líder del gigante asiático, Xi Jinping.
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© Pier Marco Racca/Getty ImagesPrimer ministro húngaro Viktor Orban - Reunión del Consejo Europeo - 27 de junio de 2024 - Bruselas, Bélgica
La jugada de Orban, más en calidad de representante de la política internacional de su país que como presidente del Consejo de la UE (y así se han esforzado en dejar claro tanto el jefe de la diplomacia europea, Joseph Borrell, como el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg) manifiesta una voluntad independiente sobre el tema por parte de Hungría en relación a la comunidad europea, pero lo que trasciende es la demostración de supremacía que esto sugiere de su parte, una exhibición que sólo puede venir de una nación una vez grande.

Y esta iniciativa tiene un fundamento: recordemos que Hungría fue en su momento una vasta y poderosa potencia que además sería en gran medida responsable de contener durante la Edad Media el avance otomano hacia el resto del continente. Con esto Europa no solo superaría los previos dogmas del Oscurantismo sino que a continuación y gracias a este esfuerzo se mantendría al margen de la expansión musulmana.

No obstante, su protagonismo fue decayendo una vez se hizo la alianza con los Habsburgo, y al finalizar la Gran Guerra no solo sería desmembrada en varias naciones o sus territorios anexados a otras ya existentes (Hungría perdería dos terceras partes de sus tierras y uno de cada tres húngaros quedaría fuera de sus fronteras históricas), sino que sería relegada a segundo plano por los vencedores mientras estos se atareaban desarrollando vínculos a distintos niveles con sus vecinos germánicos.

Aun así, en la actualidad sigue siendo un referente cultural en los territorios una vez parte del reino ya sea por integración o por un número significativo de habitantes que se identifican como húngaros. Pero haber estado fuera del foco de atención de Occidente le favoreció para mantenerse, como un cápsula de tiempo, al margen de su influencia, muchas veces ajena a la realidad histórica del continente y de la evolución orgánica de su pensamiento.

Y en eso radica la importancia de la reaparición de Hungría en el escenario mundial: es la versión original de un libro sin revisiones maliciosas en donde dice lo que es ser europeo. Y mientras que la identidad europea se disuelve gracias a la imposición de propuestas por ingenieros sociales apalancados de regímenes de democracias feudales (en donde el verdadero poder se encuentra por encima de la pantomima de elector-elegido), Hungría es quizás una de las pocas sociedades remanentes en el viejo continente que representan el verdadero espíritu y esencia de Europa.