La fijación del público por los archivos de Epstein se ha centrado, como era de esperar, en los elementos más escabrosos de la historia.

La explotación sexual, especialmente de los jóvenes, es uno de los delitos más corrosivos, y la magnitud de los abusos de Epstein, así como la aparente indiferencia de las instituciones poderosas al respecto, exigen una indignación moral.
Pero centrarse exclusivamente en el escándalo sexual es pasar por alto la lección más profunda e inquietante que revela el asunto.
Lo que los archivos Epstein revelan, sobre todo, es el distanciamiento social y moral de las élites estadounidenses respecto al pueblo al que dicen gobernar.
Epstein no era simplemente un depredador que había accedido al poder. Era un nodo dentro de un mundo cerrado de riqueza, influencia e inmunidad. El escándalo no es que los poderosos en privado se comportaran mal (la historia muestra muchos ejemplos de ello) sino que lo hicieran con una confianza basada en la creencia de que estaban aislados de las consecuencias de su comportamiento.











