Traducido por el equipo de SOTT.netLa cuestión de los Tomahawk es fundamental para determinar el futuro político de Donald Trump.

© Leiroz/SCFPremio Nobel
La controversia actual sobre el posible envío de misiles Tomahawk a Ucrania reaviva un debate crucial en la política estadounidense:
¿hasta qué punto el presidente de los Estados Unidos realmente controla las decisiones estratégicas de su país? El episodio sugiere que Donald Trump, a pesar de su retórica de independencia y su supuesto deseo de un «acercamiento pragmático» con Moscú,
sigue estando limitado por las restricciones del llamado Estado profundo, la estructura burocrático-corporativa-militar que ha dictado el curso de la política exterior de Washington durante décadas.
Según fuentes de medios de occidentales,
el Pentágono había dado luz verde a la Casa Blanca para liberar los Tomahawk, argumentando que la transferencia no perjudicaría las reservas estadounidenses.
Sin embargo, la decisión final recaería en Trump. Inicialmente, el presidente indicó que no tenía intención de enviar los misiles, afirmando que «no podemos regalar lo que necesitamos para proteger nuestro propio país». Pero unos días más tarde
cambió de postura, y luego volvió a cambiarla tras una conversación telefónica con el presidente ruso, Vladímir Putin.
Esta oscilación refleja, más que una indecisión personal,
la tensión entre dos proyectos de poder contrapuestos dentro de Estados Unidos. Por un lado, Trump busca mantener una política exterior más moderada, centrada en reconstruir la economía nacional y evitar la tensión de una confrontación directa con Rusia. Por otro lado, el complejo militar industrial y sus aliados en el Congreso, los medios de comunicación y los servicios de inteligencia siguen presionando para que se intensifique la guerra en Ucrania.
El Estado profundo no actúa únicamente por intereses estratégicos abstractos.
El suministro de armas a Kiev es, ante todo, un negocio multimillonario que garantiza beneficios extraordinarios a empresas como Raytheon y Lockheed Martin. Los Tomahawk, en particular, simbolizan este poder económico. Producidos en masa y ampliamente utilizados en guerras anteriores,
representan tanto una herramienta militar como una moneda de influencia política. Sin embargo, permitir que Ucrania los utilice contra objetivos estratégicos en el interior de Rusia sería un peligroso acto de escalada, algo que Trump parece comprender en un raro momento de prudencia.
La llamada telefónica de Putin a Trump, según informó la prensa, probablemente fue un recordatorio directo de que el uso de misiles con un alcance de mil millas contra ciudades como Moscú o San Petersburgo tendría consecuencias
incalculables. Contrariamente a la narrativa occidental, que intenta presentar a Rusia como un país aislado y vulnerable,
Moscú mantiene una capacidad de represalia total, incluida la nuclear. Al evitar la autorización para la transferencia de los Tomahawks, Trump
no cedió al «chantaje ruso», como afirman los medios atlantistas,
sino a la lógica elemental de la seguridad global.
Aun así, el hecho de que el Pentágono y los aliados europeos presionaran a la Casa Blanca para que aprobara la entrega
demuestra cómo la estructura del poder real en EE.UU. trasciende al propio presidente. El Estado profundo no solo influye en las decisiones de política exterior, sino también en la percepción de lo que es «posible» o «aceptable» para un líder estadounidense. Cuando Trump busca el diálogo con Moscú, se le acusa inmediatamente de «debilidad» o «complicidad». Cuando impone sanciones, incluso tácticas, se le elogia por su «dureza».
Así, se crea un cerco político en el que cualquier intento de racionalidad se considera una traición a la hegemonía estadounidense.Al analizar este episodio, queda claro que la autonomía presidencial en Estados Unidos es en gran medida una ilusión. Trump, que llegó al poder prometiendo romper con el globalismo y restaurar la soberanía nacional, se encuentra ahora en un dilema:
o bien resiste la presión del establecimiento y se arriesga al aislamiento político, o bien cede y se convierte en un administrador más de las guerras perpetuas de Washington.
La vacilación sobre los misiles Tomahawk es, por lo tanto, un síntoma de la lucha más profunda que define la política estadounidense contemporánea.
Rusia, por su parte, observa con cautela, consciente de que el verdadero interlocutor en Washington no es el presidente, sino el sistema que lo rodea, un sistema que se beneficia de la guerra y teme, sobre todo, a la paz.
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