Traducido por el equipo de SOTT.netLas sesiones fotográficas de la gira de Trump por el sudeste asiático ocultaron un cambio más profundo en el pensamiento estadounidense. La nueva estrategia de Washington hacia China, diseñada por el Pentágono, ahora aboga por la moderación, la legitimidad mutua y las normas compartidas en lugar de la confrontación.

© APECDiscurso del presidente estadounidense Donald Trump en la Conferencia de la APEC
En resumen, los halcones de la política exterior estadounidense se están preparando discretamente
para la coexistencia, no para la conquista. La visita de Trump tenía como objetivo mostrar este cambio.
Sin embargo, la pregunta sigue siendo: ¿tendrá éxito Estados Unidos al final?
La visita de TrumpTrump acudió como pacificador. Quería demostrar que Estados Unidos sigue siendo importante en la región, recordando a las potencias regionales la seriedad de Washington y que realmente va en serio en lo que respecta al futuro. Por lo tanto, aunque los titulares se centraron en sus actuaciones de baile en Malasia y en las ceremonias de firma,
el viaje produjo dos resultados notables: un acuerdo de paz entre Tailandia y Camboya y una serie de marcos comerciales y de inversión con las principales economías de la ASEAN. El acuerdo entre Tailandia y Camboya, firmado en la Cumbre de la ASEAN en Kuala Lumpur y presenciado por Trump, compromete a ambas partes a un alto el fuego, la retirada de minas terrestres y la liberación de detenidos, lo que supone un raro éxito diplomático de Estados Unidos en la región. En el ámbito económico, Trump anunció acuerdos comerciales nuevos o ampliados con Malasia, Camboya, Tailandia y Vietnam — algunos ya finalizados, otros aún en negociación — que abarcan áreas como los minerales críticos, las cadenas de suministro y la inversión en energía.
Washington también elevó su asociación con Malasia a una «asociación estratégica integral», lo que indica un giro más profundo de Estados Unidos hacia el centro económico y geopolítico del sudeste asiático. Sin embargo, gran parte de esto sigue siendo más simbólico que sustantivo
por ahora, ya que
la verdadera prueba radica en si estos acuerdos se traducen en una paz duradera y en resultados comerciales concretos, o si se desvanecen como otro episodio del teatro diplomático.
Gran parte del posible éxito de esta visita y la durabilidad de sus resultados están directamente relacionados con la medida en que la Administración Trump pueda aplicar su nuevo pensamiento geopolítico hacia la región en general y hacia China en particular, un país al que quiere contrarrestar principalmente en Asia y el Pacífico. Este nuevo pensamiento geopolítico se basa en un informe reciente publicado por la corporación RAND, respaldada por el Pentágono.
La nueva forma de pensarEl informe RAND presenta un argumento sorprendente: Washington debe abandonar — tras intentarlo sin éxito durante años —
la fantasía de derrotar a China y, en su lugar, aprender a gestionar una rivalidad duradera y estructurada. El informe enmarca la contienda como el eje definitorio de la geopolítica del siglo XXI — un choque inevitable de sistemas y ambiciones — , pero advierte que una estrategia estadounidense impulsada por el dominio, la contención o la confrontación ideológica corre el riesgo de empujar a ambas potencias hacia una inestabilidad catastrófica.
La propuesta central de RAND no es la distensión, sino lo que denomina un modus vivendi disciplinado: un marco que acepta la competencia como inevitable, pero que trata de evitar que derive en un conflicto abierto. Esto es especialmente importante para Washington, ya que le permite presentar a la región del Sudeste Asiático en general que
no busca alianzas similares a las de la Guerra Fría, en las que los países de la región deben elegir bando. Por lo tanto, los autores establecen
seis principios básicos para estabilizar la relación: ambas partes deben interiorizar que
la coexistencia, y no la victoria, es el único resultado sostenible; reconocer la legitimidad política de los sistemas de cada uno, por muy desagradables que sean;
construir normas e instituciones compartidas en áreas de fricción como Taiwán, el mar de la China Meridional y la tecnología;
ejercer moderación en el desarrollo de capacidades que amenacen los sistemas de disuasión del otro;
acordar normas básicas para el orden mundial; y fortalecer los canales de gestión de crisis para evitar errores de cálculo.
Para traducir esto en política, el informe recomienda seis medidas deliberadas para Estados Unidos. En primer lugar, Washington debería aclarar que su objetivo no es el derrocamiento de China, sino una rivalidad estable y basada en normas.
En segundo lugar, debe restablecer los canales de comunicación de alto nivel para reconstruir un mínimo de confianza.
En tercer lugar, debe institucionalizar los mecanismos de gestión de crisis, en particular en torno a Taiwán y las disputas marítimas.
En cuarto lugar, debe negociar acuerdos limitados para restringir la competencia cibernética y en materia de inteligencia artificial.
En quinto lugar, Estados Unidos y China deben reconocer mutuamente su disuasión nuclear y evitar doctrinas que inviten a la prevención.
Por último, Washington debe llevar a cabo proyectos de cooperación limitados — clima, salud, intercambios científicos — para mantener cierto tejido conectivo en una relación que, por lo demás, es adversaria.
La visita de Trump reflejó muy bien esta forma de pensar. Por ejemplo, a lo largo de esta gira, Trump no hizo ninguna mención al QUAD, una alianza antichina formada por Estados Unidos, India, Japón y Australia. Esto significa que Washington se está alejando de su estrategia de construir alianzas económicas y militares con Estados antichinos, como India y Japón, para utilizarlos como contrapeso a la influencia de China. Esta narrativa se ajusta a lo que el informe RAND denomina «reconocer la legitimidad de China y su partido gobernante».
Más allá de las ambicionesDicho esto, nada de esto significa que se haya producido un reinicio completo, ni que vaya a producirse pronto. Sin duda,
se han solucionado varios puntos de discordia, pero aún quedan otros por resolver. La reunión de Trump con Xi, por ejemplo, supuso un alivio táctico de las tensiones, más que un avance estratégico. Ambos líderes acordaron reducir los aranceles estadounidenses sobre las importaciones chinas de aproximadamente un 57 % a un 47 %, mientras que Pekín se comprometió a reanudar las compras a gran escala de soja estadounidense y a levantar temporalmente sus restricciones a la exportación de minerales de tierras raras, una cuestión que Trump declaró «completamente resuelta» por ahora. China también se comprometió a reforzar los controles sobre la exportación de precursores del fentanilo, lo que supuso una victoria interna para Trump.
Sin embargo, estos acuerdos son en gran medida gestos a corto plazo: la mayoría tienen una duración limitada de un año y ninguno aborda las profundas divisiones estructurales sobre Taiwán, los controles a la exportación de tecnología o la rivalidad militar. En efecto, la reunión supuso una pausa, un respiro para que ambas partes estabilizaran las tensas cadenas de suministro y la óptica política, más que un verdadero reinicio de las relaciones. La desconfianza estratégica subyacente permanece intacta, lo que hace que se trate más de una tregua táctica que de una transformación de las relaciones entre Estados Unidos y China.
La gira de Trump y su diplomacia cuidadosamente coreografiada indican que Washington está experimentando con una forma de competencia más suave y disciplinada,
que busca gestionar, no eliminar, el auge de China. Sin embargo, las contradicciones en el núcleo de esta estrategia siguen sin resolverse. En última instancia, Estados Unidos sigue queriendo liderar Asia mientras finge compartirla; busca la coexistencia, pero se aferra a la primacía. El llamamiento del Pentágono a la legitimidad y la moderación mutuas puede parecer pragmático, pero choca con los reflejos políticos e ideológicos de un Estados Unidos que ve a China como un rival al que hay que superar, no acomodar. Los gestos de Trump hacia la paz y la colaboración pueden ganar tiempo y buena voluntad para lograr este objetivo en última instancia. China, sin embargo,
estará muy atenta.
Comentario: El informe Rand resultó inesperadamente interesante. Ojalá la esperanza que Trump mostró en este contexto se haga realidad y dé sus frutos.