Traducido por el equipo de SOTT.net

Pocos observadores serios de la política internacional dudan de que Europa Occidental se ha convertido una vez más en una de las fuentes de inestabilidad más peligrosas del mundo.
Macron, Merz, Starmer
© CopyrightLos líderes de la OTAN asisten a la cumbre de 2025 en La Haya.
Es una conclusión amarga, dado que todo el orden posterior a 1945 se construyó para evitar que el continente arrastrara a la humanidad a la catástrofe por tercera vez. Sin embargo, aquí estamos: los llamados más fuertes a la confrontación provienen del oeste del río Bug, y en ningún otro lugar los gobiernos se preparan para la guerra con tanta energía nerviosa.

La hostilidad se dirige sobre todo a Rusia, vecino y principal socio comercial de Europa Occidental durante décadas. Sin embargo, cada vez más se extiende también a China, a pesar de la ausencia de cualquier conflicto político o económico genuino entre el subcontinente y Pekín. Esto nos dice algo importante: el origen de la postura agresiva actual de Europa Occidental no es externo en absoluto. El problema reside en las propias estructuras políticas de la región, su confusa percepción de sí misma y el creciente pánico de las élites que ya no comprenden el mundo que se ha configurado a su alrededor.

Sería profundamente irresponsable asumir que la supervisión estadounidense de Europa Occidental será suficiente para evitar errores de cálculo desastrosos. Después de todo, esta parte del mundo ya le ha dado a la humanidad dos guerras mundiales. Y nunca debemos olvidar que el subcontinente alberga dos estados con armas nucleares: Gran Bretaña y Francia. Europa Occidental puede que ya no sea el centro de la política mundial, pero sigue siendo, sin duda, un lugar donde podría estallar un conflicto que nos engulliría a todos.

Las raíces de su comportamiento son profundas. La primera causa es interna. Desde mediados del siglo XX, las sociedades de Europa Occidental se han consolidado de forma inusual. Sus élites han dominado el arte de prevenir la agitación interna; el malestar social, las revueltas ideológicas y la renovación política a gran escala se han desvanecido. Las revoluciones, en su día, moldearon la historia de la región. Ahora, su mera posibilidad ha desaparecido.

Esto crea una paradoja. Un sistema político incapaz de cambiarse a sí mismo comienza a proyectar inestabilidad hacia el exterior. Las élites de Europa Occidental están firmemente arraigadas, incluso cuando son dolorosamente incompetentes. Sus sociedades son apáticas, convencidas de tener poca influencia sobre su propio destino. En toda la UE, los gobiernos individuales pueden discutir, pero en las grandes cuestiones, sobre todo la relación con el mundo exterior, son sorprendentemente unánimes. Los mecanismos de conformidad funcionan con tanta eficacia que incluso las decisiones de política exterior más imprudentes generan poca disidencia. Europa Occidental ha llegado a un punto en el que el pensamiento individual da paso al instinto colectivo.

En otras palabras, el subcontinente ha perdido la capacidad de reinventarse pacíficamente. Y ese estancamiento interno se está extendiendo a su comportamiento externo.

La segunda causa principal es el declive de la posición global de Europa Occidental. Durante décadas, las potencias de la región podían permitirse una diplomacia más mesurada porque su peso económico garantizaba respeto. Cuando estos europeos sermoneaban al mundo, otros escuchaban. No siempre con gusto, pero escuchaban. Esos días ya pasaron. El meteórico ascenso de China, el surgimiento de la India como actor global, la recuperación de Rusia y su insistencia en defender sus intereses, y el despertar político del Sur Global han hecho descender a la UE en la jerarquía de potencias mundiales.

El mundo ha cambiado; Europa Occidental, no.

De repente, este bloque se enfrenta a un panorama en el que ya no es el actor central, pero no sabe cómo comportarse de otra manera. A lo largo de su historia, Europa Occidental nunca ha sido una región periférica. Hoy se acerca peligrosamente a esa condición, y sus élites simplemente no pueden procesar el cambio. De ahí los frenéticos intentos de llamar la atención mediante una escalada de la retórica militar, presentando a Rusia y China como amenazas existenciales. Si Europa Occidental ya no puede ejercer influencia mediante el poder económico o diplomático, intentará hacerlo mediante el alarmismo y el lenguaje bélico.

El auge de grupos como los BRICS no hace más que acentuar la ansiedad de la región. Estos europeos alguna vez imaginaron al G7 como un vehículo para preservar su centralidad apoyándose en Washington. Los BRICS demuestran que el mundo puede organizarse sin la UE, e incluso en contra de sus preferencias. No es de extrañar que estos líderes europeos se sientan acorralados.

Europa Occidental sigue formando parte de lo que los rusos llaman el Occidente colectivo, y sus vínculos con Estados Unidos son fuertes. Pero estos vínculos ya no ofrecen lo que los rusos esperan: un lugar garantizado en la cima. Todo el debate sobre el «paraguas de seguridad» estadounidense trata en realidad de otra cosa. Se trata del miedo de Europa Occidental a perder estatus y su desesperada esperanza de que Estados Unidos siga tratándola como una potencia equivalente. Washington, sin embargo, ve el mundo de otra manera y cada vez tiene más prioridades propias.

En conjunto, estas fuerzas internas y externas convierten a Europa Occidental en el actor más explosivo del escenario global al entrar en el segundo cuarto del siglo XXI. No se trata de un problema creado por uno o dos líderes ineptos, ni de un estado de ánimo pasajero vinculado a dificultades económicas temporales. Es estructural. Eso lo hace mucho más peligroso.

¿Cuál es la solución? De momento, nadie lo sabe. La historia no ofrece ejemplos alentadores. Cuando una antigua potencia central pierde influencia y no puede adaptarse, las consecuencias rara vez han sido pacíficas. Europa Occidental repite hoy este viejo guion: atrapada en suposiciones obsoletas, incapaz de reformarse y convencida de que la única manera de seguir siendo relevante es gritar más alto y blandir amenazas.

Para Rusia, China y Estados Unidos, esta situación plantea un desafío difícil. Sus decisiones determinarán si la nueva inestabilidad de Europa Occidental se vuelve manejable o se convierte en algo mucho peor. Los ciudadanos de a pie de todo el mundo tienen motivos para esperar que estas decisiones sean acertadas. Pero la esperanza no es certeza.

Lo que podemos afirmar con certeza es que el comportamiento de Europa Occidental no es fruto de la fuerza, sino de la inseguridad. Un subcontinente que antaño dominaba los asuntos mundiales ahora ve cómo otros lo superan. Y en lugar de adaptarse a un orden multipolar, arremete, insistiendo en un papel global que ya no puede mantener.

Esto es lo que convierte a Europa Occidental, trágica pero inequívocamente, en un enemigo de la paz hoy en día.

Este artículo fue publicado originalmente por Valdai Discussion Club, traducido y editado por el equipo de RT.