Hace algunos años se descubrió que no tenemos un solo cerebro. El intestino y el corazón tienen sus propios circuitos formados por decenas de miles de neuronas, que actúan como "pequeños cerebros" dentro de nuestro cuerpo; capaces de tener sus propias percepciones, modificar su respuesta en función de estas e incluso de transformarse a partir de sus experiencias. Es decir, de alguna manera, el corazón también forma sus propios recuerdos.
Sin embargo, el corazón no solo cuenta con un sistema de neuronas semiautónomo sino que también es una pequeña fábrica de hormonas. Secreta su propia reserva de adrenalina, la cual utiliza cuando necesita funcionar al máximo de sus capacidades. También segrega y regula la liberación de ANF, una hormona que regula la tensión arterial. E incluso tiene su propia reserva de oxitocina, la hormona del amor. Obviamente, todas estas hormonas actúan directamente sobre el cerebro y tienen una influencia en nuestro organismo.

El corazón, un pequeño "cerebro" que late al compás de las emociones y pensamientos

Cuando aprendemos a controlar nuestro corazón, logramos regular nuestro cerebro emocional, y viceversa. La relación más fuerte entre el corazón y el cerebro emocional se establece a través del sistema nervioso periférico autónomo; es decir, la parte del sistema nervioso que regula el funcionamiento de todos nuestros órganos.

El sistema nervioso autónomo está constituido por dos ramales que inervan cada uno de los órganos del cuerpo partiendo del cerebro emocional. El ramal simpático libera adrenalina y noradrenalina, controla las reacciones de lucha y huida y acelera el ritmo cardíaco. El ramal parasimpático libera un neurotransmisor diferente que acompaña los estados de relajación y calma, además de disminuir la velocidad cardíaca.

Estos dos sistemas, uno actúa como freno y otro como acelerador, deben estar en constante equilibrio. De hecho, para lidiar con los problemas de la vida cotidiana necesitamos que el freno y el acelerador estén en perfecto estado para que se compensen mutuamente.

Sin embargo, el corazón no se contenta con sufrir la influencia del sistema nervioso central, también envía fibras nerviosas hacia la base del cráneo que controlan la actividad del cerebro. Más allá de su influencia hormonal y electromagnética, también actúa sobre el cerebro emocional mediante conexiones nerviosas directas. Esto significa que cuando el corazón se desajusta, arrastra consigo al cerebro emocional.

El reflejo del vaivén entre el cerebro emocional y el corazón es la frecuencia entre los latidos cardíacos. Las dos ramas del sistema nervioso autónomo siempre están a punto de acelerar o disminuir la velocidad del corazón, razón por la cual el intervalo entre dos latidos sucesivos nunca es igual. Esa variabilidad es sana porque es señal de buen funcionamiento del freno y el acelerador y no tiene nada que ver con la arritmia, las taquicardias o los síntomas de los ataques de ansiedad; los cuales son signos de que el freno parasimpático ya no controla bien el corazón.

De hecho, el corazón puede latir a una media de 60 latidos por minutos, pero en un instante puede aumentar a 70 y luego descender a 55, sin que podamos comprender por qué. Un mero ejercicio de matemáticas complicado puede generar tensión que termine provocando esos picos, aunque no lo percibamos.

Con las nuevas tecnologías se pueden percibir esas variaciones del ritmo cardíaco, lo cual se conoce como caos y coherencia. Por lo general, las variaciones son suaves y "caóticas": acelerones y frenazos se suceden de forma dispersa e irregular. Al contrario, cuando la frecuencia de los latidos del corazón es fuerte y sana, las fases de aceleración y disminución de la velocidad muestran una alternancia rápida y regular. Eso produce la imagen de una onda armoniosa, conocida como "coherencia cardíaca".

Las emociones negativas, como la cólera, la ansiedad, la tristeza, e incluso las preocupaciones banales, son las que más hacen caer la frecuencia cardíaca y siembran el caos. Al contrario, las emociones positivas, como la alegría, la gratitud y, sobre todo, el amor, las que más favorecen la coherencia.

Obviamente, el caos o la coherencia cardíaca también influyen en nuestros ritmos fisiológicos. La frecuencia de la tensión arterial y de la respiración se alinean rápidamente con la coherencia cardíaca, y estos tres sistemas se sincronizan. Por tanto, aprender a desarrollar la coherencia cardíaca implica ahorrar energía.

Por ejemplo, la coherencia cardíaca contribuye a que nuestro cerebro sea más rápido y preciso, lo cual se traduce en que nuestras ideas fluyan de manera natural y sin esfuerzo. También somos más popensos a adaptarnos a todo tipo de imprevistos, pues estamos en equilibrio y abiertos a todo lo que pueda pasar.

¿Cómo desarrollar la coherencia cardíaca?

Es necesario cambiar la perspectiva: hay que afrontar el problema al contrario. En vez de esperar que las circunstancias externas sean ideales, debemos empezar por controlar el interior. Cuando acabamos con el caos fisiológico, nos sentimos mejor de manera automática y mejoraremos nuestros resultados.


Comentario: O como bien lo decían los estoicos, nosotros no podemos controlar qué es lo que pasa, sino cómo reaccionamos ante ciertas situaciones.


Uno de los métodos más eficaces para potenciar la coherencia cardíaca es la meditación.

1. Dirigir la atención hacia el interior. Debemos abstraernos del mundo exterior y apartar toda preocupación durante unos minutos. Es importante aceptar que nuestras preocupaciones pueden esperar un poco, el tiempo necesario para que el corazón y el cerebro recuperen su equilibrio. La mejor manera de lograrlo es comenzar realizando respiraciones lentas y profundas ya que así estimulamos el sistema parasimpático e inclinamos ligeramente el equilibrio del lado del "freno" fisiológico. Para maximizar su efecto debemos centrarnos plenamente en la respiración, hasta que esta se vuelva más natural y suave.

2. Concentrarse en el corazón. Al cabo de un minuto, aproximadamente, es importante que nos centremos en el pecho. Podemos imaginar que
respiramos a través del corazón. Continuaremos respirando lenta y profundamente y visualizando el corazón. Podemos imaginar que la inspiración nos proporciona el oxígeno que necesitamos y que la espiración nos permite deshacernos de los residuos. Podemos imaginar esos movimientos lentos y flexibles, mientras el corazón se tranquiliza.

3. Conectarse a la sensación de calor o expansión en el pecho. Al inicio será muy ligera, una manera de potenciarla consiste en evocar directamente un sentimiento de reconocimiento o de gratitud y permitir que invada nuestro pecho. El corazón siempre es especialmente sensible a la gratitud, a todo sentimiento de amor.
Fuente:

Servan, D. (2003) Curación emocional. Barcelona: Editorial Kairós.