Chismes, ataques gratuitos, despidos, asaltos, rupturas amorosas, son acciones que pueden afectarnos psicoemocionalmente y que, más allá de encargarnos de regular nuestras emociones, no podemos hacer nada para mejorar la situación. Sin embargo, parecería casi imposible no dejar de sentir frustración, enojo e incluso coraje en contra de las personas que están haciéndonos sentir mal con nosotros mismos.

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Para enfrentar esta situación, los estoicos, en especial el filósofo Epicteto solían decir por aquella época del siglo II, en el entonces Nicopolis -oeste de Grecia-, que sólo somos responsables de nuestras palabras, conductas, acciones, esfuerzos, errores, ideas y consecuencias de todo lo anterior; lo demás de los demás, no son nuestra responsabilidad y por tanto no estamos obligados a reaccionar al respecto. Según él, es fundamental entender la diferencia entre lo que es y lo que no es responsabilidad de uno y actuar en función de ello, para convertirse en un ser psicológicamente invencible, capaz de sobreponerse ante las altas y bajas de la fortuna.

Esta práctica no se trata de ignorar las acciones de otros, sino de tomar consciencia de las propias y así sentirnos en dominio de nosotros mismos. En palabras de Epicteto:
Somos responsables de algunas cosas, mientras que de otras no lo somos. Las primeras incluyen nuestro juicio, nuestro impulso, nuestro deseo, aversión y facultades mentales en general; las segundas incluyen el cuerpo, las posesiones materiales, nuestra reputación, estatus -en una palabra, cualquier cosa en la que no poseemos poder para controlarlo. ... [S]i tienes la idea correcta sobre lo que realmente te pertenece y lo que no, entonces nunca estarás bajo el yugo de la obligación ni de los obstáculos, nunca serás criticado ni culpado por nadie, y cualquier cosa que hagas será de manera consciente. No tendrás ni un solo rival, nadie te hará daño, porque serás una prueba en contra del daño de cualquier tipo.
Esto quiere decir que una vez que se preste atención hacia las acciones de uno mismo, entonces la dicotomía del control comienza a tener numerosas aplicaciones en el día a día. Pues de alguna manera las metas externas comienzan a convertirse en logros internos a través del esfuerzo, la dedicación, la motivación, la trascendencia.

Por ejemplo, el trabajar diario y mejorar el CV para una posible promoción laboral: si bien la meta es conseguir el nuevo puesto de trabajo, nada ni nadie asegura que lo puedas conseguir, ya que existen variables independiente del esfuerzo realizado -tales como la competencia de entre los empleados o incluso la posibilidad de no caer bien, por la razón que sea, al jefe-. En consecuencia, el convertir la meta externa en objetivo interno nos prepara mentalmente a aceptar cualquier cosa positiva o negativa con ecuanimidad sabiendo que a veces el universo nos favorecerá y otras veces, no. De modo que explotar en ansiedad o enojo a la situación, sería agregar innecesariamente autolesiones emocionales, comprometiendo la felicidad y serenidad de uno mismo.

En otras palabras, esto no significa dejar de esforzarse o tener objetivos a corto, mediano y largo plazo. Sino de continuar realizando actividades que nos provean estabilidad, mejoría y trascendencia, reduciendo las expectativas y las desilusiones. Pues se trata realmente de enfocar la atención hacia lo que uno realmente es capaz de realizar, como en dedicar un entrenamiento riguroso a cualquier pasatiempo o estudios, desarrollar alternativas para mostrar el cariño y afecto hacia un vínculo cercano, poner en práctica herramientas de meditación y ejercicio, etcétera. Los resultados de estas acciones no están bajo nuestro control, pero sí nuestra actitud ecuánime en relación con las altas y bajas de la vida. Después de todo, dicen por ahí, una vez que uno aprende a estar en dominio de uno mismo, es capaz de controlar sus reacciones y así, a su vez, estar en dominio del medio ambiente.