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Britney y su madre en un programa de television de ABC.
La obsesión de una madre por los concursos de belleza la llevó a tomar la drástica decisión de inyectarle bótox a su hija pese a tener tan sólo ocho años de edad, una historia que ha escandalizado a muchos sectores de la sociedad norteamericana.

Tal ha sido el auge de la industria de fabricar bellezas competitivas en las sociedades donde todo se pone en venta, desde el pan hasta la ensoñación futil, que ya empieza a rebasar límites de cordura y penetrar en un terreno que debía estar siempre a salvo como el de la salud física y mental de la niñez. Pues según la fuente informativa no es el único caso de una inocente sometida a esos dolorosos procedimientos, incluido depilaciones, que pueden traerle consecuencias futuras, por mucho que sus promotores traten de convencer, para seguir vendiéndolos, que son inocuos.

Pero con toda probabilidad acarreará algo peor aún como sembrar en la infancia la idea de que la belleza femenina radica en un rostro presumiblemente perfecto y unas determinadas medidas en centímetros aquí y allá del cuerpo, aunque dentro de la cabeza no se anide nada sustancial y profundo. La meta propuesta que parece derivarse de toda esa parafernalia artificiosa consiste en prepararse para participar en el futuro - costosos remiendos quirúrgicos por medio- en la vanidosa jungla de las pasarelas. Y entretanto la próspera industria alrededor de los concursos se frotará las manos.