Traducido por el equipo de SOTT.net

La clave es: no cuentes con una ideología simplista, una reforma o un "líder supremo" para salvar el statu quo de un fracaso interno.
ming dynasty
Los humanos preferimos la simplicidad a la complejidad. Por eso las mitologías siguen resonando entre nosotros, a pesar de nuestras pretensiones arrogantes de racionalidad y de "seguir la ciencia". Lo que realmente anhelamos no es el reto de desentrañar sistemas altamente complejos de dinámicas interconectadas en los que cada subsistema influye en todos los demás.

Lo que anhelamos es una explicación o respuesta simplista y un líder al que podamos seguir porque repite una y otra vez la respuesta simplista. Así que reducimos sistemas complicados como las sociedades y las economías a "capitalismo" o "socialismo", y nos aferramos a versiones simplistas de estas ideas como explicación de la naturaleza humana y respuesta a todos nuestros problemas.

Cuando estas ideas simples no se ajustan a la realidad, nos vemos obligados a decir cosas tales como "ah, el capitalismo/socialismo funciona maravillosa y perfectamente, pero no tenemos un verdadero capitalismo/socialismo", con la causa no declarada de esta imperfección problemática siendo, bueno, los molestos seres humanos en un sistema, por lo demás, perfecto.

Lo que nos lleva al presente. Mucha gente se aferra a una simple reforma que, según ellos, resolverá todos nuestros problemas de raíz, o al menos contribuirá en gran medida a establecer el rumbo que resolverá todos nuestros problemas. Estas reformas incluyen: dinero duro/vuelta al patrón oro; adopción del bitcoin como moneda universal; búsqueda de "soluciones impulsadas por el mercado" para todos los problemas, más supervisión reguladora para asegurarse de que las cosas malas dejan de suceder, etcétera.

Si las reformas simples o "volver a lo básico" realmente funcionaran, la historia se compondría de utopías bien gestionadas y aburridas, interrumpidas de vez en cuando por puntos de molestia que serían rápidamente vencidos por una de las reformas simples de probada eficacia. Pero esto no se corresponde con el registro histórico, que tiende a mostrar largos periodos de estabilidad caracterizados por complejas ciudades-estado o imperios que establecen un sistema de gobierno y organización económica productivo y adaptable a las condiciones predominantes de la época.

Estos sistemas estables acaban siendo fatalmente perturbados por una o ambas de estas fuerzas:

1. Las condiciones predominantes cambian drásticamente, exigiendo adaptaciones que superan la capacidad del sistema que había funcionado tan bien durante cientos de años. Estas fuerzas externas incluyen epidemias, sequías prolongadas, agotamiento de recursos vitales e invasiones.

En algunos casos, estas fuerzas externas se superponen, generando una policrisis en la que cada desafío externo refuerza a los demás o agota las reservas del sistema hasta el punto de que no queda nada para hacer frente a la última serie de crisis.

Tomando prestada una frase del corresponsal T.D., podemos decir que estas crisis se metieron dentro de su Bucle OODA (observar, orientar, decidir, actuar), provocando una incapacidad fatal para reaccionar con la suficiente rapidez y decisión para afrontar los retos con éxito.

2. Las limitaciones internas del sistema, invisibles para los participantes, restringen enormemente la flexibilidad y adaptabilidad necesarias para reconocer y responder a las debilidades que se desarrollan gradualmente generadas por las limitaciones internas. Los subordinados, temerosos de informar sobre la verdad preocupante, disimulan las deficiencias (ahora todo va perfectamente bien, estamos bien, estamos todos bien aquí ahora, gracias); o control narrativo (el imperio es para siempre, no hay preocupaciones); o el sistema responde haciendo más de lo que ha fallado espectacularmente (los dioses están más enfadados de lo que pensábamos, sacrifica diez veces más cautivos la próxima vez, eso debería funcionar).

Así es como Ray Huang, autor de 1587, Un año sin importancia: La dinastía Ming en decadencia, resumió los límites internos del sistema de la dinastía Ming 57 años antes de su colapso final en 1644:
"El año 1587 puede parecer insignificante; sin embargo, es evidente que para entonces ya se había alcanzado el límite de la dinastía Ming. Ya no importaba si el gobernante era concienzudo o irresponsable, si su principal consejero era emprendedor o conformista, si los generales eran ingeniosos o incompetentes, si los funcionarios civiles eran honrados o corruptos, o si los principales pensadores eran radicales o conservadores: al final todos fracasaron en su intento de alcanzar la plenitud".
El statu quo ya ha alcanzado sus límites y la reforma a cualquier escala más allá de los habituales "ajustes políticos" incrementales es imposible, y ya no importa quién esté nominalmente al mando, si los gobernantes son competentes, los funcionarios son honestos o corruptos, o los pensadores son radicales o conservadores: el sistema está acosado por fuerzas que fomentó pero que ya no controla, y de hecho es incapaz de controlar debido a los límites intrínsecos de las estructuras centrales del sistema, límites que eran invisibles durante la fase de impulso de rápida expansión.

El sistema de gobierno altamente centralizado de la dinastía Ming estaba unificado y guiado por un código moral confucianista más que por un sistema altamente desarrollado de leyes y reglamentos. El actual statu quo mundial está unificado y guiado por un código basado en una definición específica de progreso: el crecimiento eterno de la producción y el consumo de bienes y servicios, y el crecimiento eterno del crédito necesario para alimentar este crecimiento en una expansión económica permanente en la que todo lo que se califica de "innovador" se considera mejor que lo que sustituyó. Cualquier prueba de lo contrario se tacha de "negatividad", "ludita" y otros calificativos despectivos: lo nuevo es, por definición, el epítome del progreso.

Ahora está claro que el "progreso", definido como todo lo que es "nuevo" e "innovador", es en muchos casos lo contrario al progreso real (lo que yo denomino antiprogreso), por lo que este apuntalamiento ideológico simplista del statu quo se está desmoronando.

La "innovación" puede ser muy rentable (financiación, globalización, redes sociales, etc.), pero su impacto puede ser perturbador hasta el punto de que el sistema sea internamente incapaz de responder con la suficiente rapidez y decisión para corregir la carrera hacia el fracaso resultante.

Podemos visualizar el sistema alcanzando sus límites internos y la decadencia resultante de la adaptabilidad o carrera hacia el fracaso como una curva en S:
S-curve
Dados los límites estructurales internos, todo el sistema sólo tiene un camino: el declive hasta el punto en que una crisis aparentemente modesta desbarata los últimos jirones de coherencia en un sistema cada vez menos lineal y el efecto asimétrico resultante colapsa el sistema.

La dinastía Ming tardó 57 años en decaer y colapsar desde 1587. Dada la dinámica no lineal y la fragilidad inherente a las numerosas cadenas de dependencia del statu quo, este plazo podría reducirse en un orden de magnitud a 5,7 años. No lo sabremos hasta que una crisis que habría sido controlable en décadas pasadas genere efectos asimétricos que el sistema ya no pueda controlar.

La conclusión clave es que no hay que confiar en una ideología simplista, en una reforma o en un "líder supremo" para salvar el statu quo de un fracaso interno: estamos solos, y es mucho mejor enfrentarse a esta desalentadora realidad ahora que depositar nuestra fe (y nuestra pasiva inacción) en un altar de falsos dioses.