La nueva película de Walter Salles sobre las desapariciones de críticos con el régimen en el Brasil de los años setenta es un poderoso recordatorio de que los engendros que defienden la matanza de Gaza están esperando su momento.
La nueva película de Walter Salles, Aún estoy aquí, es un conmovedor retrato, basado en hechos reales y nominado a los Oscar, de una familia de clase media y de izquierdas de Río de Janeiro a principios de la década de 1970 que lucha por superar la desaparición del padre (25 años después confirmada como asesinato) a manos de la dictadura militar brasileña.
La madre y una hija adolescente pasan también un tiempo en un campo de tortura del régimen, antes de ser liberadas.
Lo que más me llamó la atención de la película fue la interminable cantidad de funcionarios obedientes del régimen que impasible y concienzudamente llevaron a cabo el abuso de hombres, mujeres y niños.
Fue un recordatorio de que muchas de estas personas viven entre nosotros, y que han hecho muy poco por ocultar quiénes son durante los últimos 16 meses.
Son los políticos que tergiversan el lenguaje y el derecho internacional al calificar de "legítima defensa" el castigo colectivo de la población de Gaza mediante bombardeos de alfombra y hambruna: crímenes contra la humanidad.
Son los agentes de policía que asaltan domicilios y detienen y encarcelan a independientes periodistas y activistas de derechos humanos, incluidos judíos, por protestar contra la matanza de Gaza.
Son los periodistas del establecimiento que fingen que la carnicería infligida a la población gazatí no es más que otra noticia rutinaria, menos importante que la muerte de un actor anciano o el último arrebato del misógino en serie Andrew Tate.
Y, sobre todo, son el ejército de la gente corriente en las redes sociales:
- Burlándose de las familias de los niños destrozados por las bombas suministradas por Estados Unidos.
- Recitando interminables proclamas de "Gazawood" (Gaza-Hollywood), como si el arrasamiento del minúsculo territorio, visible desde el espacio exterior, fuera una ficción y que las únicas víctimas son los combatientes de Hamás.
- Defendendiendo como un procedimiento legal legítimo el secuestro de cientos de médicos y enfermeras de los hospitales de Gaza para trasladarlos a "campos de detención" donde la tortura, los abusos sexuales y las violaciones son habituales.
- Justificando la destrucción los de hospitales de Gaza (dejando morir a bebés prematuros, mujeres embarazadas, enfermos y ancianos) basándose en afirmaciones del gobierno israelí totalmente infundadas e interesadas de que cada uno de ellos es un "centro de mando y control" de Hamás.
- Aplaudiendo el borrado del único documental sobre Gaza que humaniza a sus niños porque el padre del narrador de 13 años es un científico nombrado por el gobierno de Hamás para supervisar lo que era el sector agrícola antes de que Israel destruyera toda la vegetación del enclave.
Y un día, si no luchamos contra ellos ahora, nos pondrán una capucha en la cabeza para llevarnos a un lugar secreto.
Estarán al otro lado del escritorio, haciéndonos las mismas preguntas una y otra vez, haciéndonos repasar álbumes de fotos para encontrar caras que reconozcamos, gente de la que podamos informar.
Nos conducirán a una celda sucia, donde hay un estante duro como cama, sin manta para abrigarnos, sin posibilidad de ducharnos, un agujero en el suelo como retrete y una comida para pasar el día.
Nos escoltarán en silencio por largos pasillos oscuros hasta una habitación donde nos estarán esperando.
Habrá una silla en el centro de una habitación vacía. Nos indicarán con la cabeza que nos sentemos. Y entonces comenzará.





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