Mask of Sanity
© Cleckley
Muchos de los telespectadores que han disfrutado de Mindhunter, uno de los últimos estrenos de Netflix, han quedado literalmente noqueados con las entrevistas de Holden Ford, el agente especial del FBI, a diversos asesinos en serie. La ambientación, los diálogos, las interpretaciones, todo destila un espanto sombrío y genuino que remite al personaje de Hannibal Lecter en aquella majestuosa obra maestra de Johnattan Demme, El silencio de los corderos. Con la diferencia de que el monstruo encarnado con soberbia maestría por Anthony Hopkins era una criatura de ficción, mientras que Jerry Brudos o Richard Speck fueron seres humanos de carne y hueso cuya psicología resulta casi inconcebible. Con sus entrevistas, Holden Ford intenta penetrar en el abismo del mal, comprender las motivaciones, los modelos de conducta, el entorno familiar, los disparaderos y las pautas en que se forjaron tales criminales. No para justificarlos sino para comprenderlos, para intentar esbozar un mapa, una tipología y unas herramientas que permitan prevenir su aparición e intentar atraparlos cuanto antes.

Mindhunter está basada en el libro homónimo de John E. Douglas y Mark Olshaker, aunque también recoge las experiencias pioneras que Robert K. Ressler relató en su clásico de la criminología, El que lucha con monstruos. Un libro que recientemente ha vuelto a reeditarse con un título mucho más trivial, Asesinos en serie, que, entre otros defectos, carece del espeluznante cuadernillo de fotos del original. Lo leí varias veces en su día, estremecido hasta el tuétano, lo suficiente para que no me sorprendiera la devastadora secuencia de cierre de la primera temporada, con la entrevista a solas entre Ford y Edmund Kemper. No voy a revelar ningún detalle, pero bastará advertir que el encuentro real entre Ressler y Kemper fue mucho más largo y angustioso que el que clausura la teleserie.

Ed Kemper, un gigante de más de dos metros de altura, es un tipo bonachón, miope y encantador que relata tranquilamente al micrófono su horrendo historial de sangre. Ante su sinceridad y su sonrisa, parece realmente inverosímil que pudiera ser capaz de asesinar a sus abuelos, a su madre, a una vecina y a media docena de jovencitas antes de entregarse a la policía. Mucho menos que cometiera actos de necrofilia y canibalismo con los cadáveres, que violara las cabezas cortadas de sus víctimas, que decapitara el cuerpo de su madre y arrojara luego las cuerdas vocales a la trituradora del fregadero. Hay algo profundamente malsano en la superposición de esas dos imágenes (la del asesino en acción y la del asesino charlando y explicando jovialmente sus crímenes), algo que evoca aquella anotación que Philip K. Dick leyó en los diarios de un comandante en un campo de exterminio, cuando se quejaba de que los gritos de un niño judío que se estaba muriendo de hambre no le dejaban dormir. La idea de algo que parece humano, pero que no lo es, inspiró a Dick el conflicto central de su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Sin embargo, para mí, el diálogo más perturbador de Mindhunter tiene lugar entre Holden Ford, su compañero del FBI, Bill Tench, y la psicóloga Anna Torv, que les ayuda en la confección de perfiles. Al igual que Ford, el de Torv es un personaje híbrido construido a base de dos seres reales: uno, el principal, la doctora Ann Wolbert Burgess, y otro, Hervey Cleckley, uno de los primeros investigadores de la psicopatía, autor del libro The Mask of Sanity ("La máscara de la cordura"), cuya autoría en la teleserie se atribuye a la doctora Torv. En un par de frases, Anna Torv desvela la abrumadora, la terrible verdad en que vivimos: la psicopatía no es tanto una enfermedad mental como una forma de ser, una variedad de personalidad antisocial, manipuladora y narcisista que se caracteriza por la falta de empatía, la falta de responsabilidad, la ausencia de sentimiento de culpa y de remordimientos, pero que generalmente se muestra en sociedad como una persona encantadora, inteligente y extrañamente atractiva.

La masa sumergida del iceberg es la siguiente: los asesinos en serie, los psicópatas criminales, no sólo son un porcentaje muy bajo de entre la gran masa de los psicópatas con los que convivimos a diario sino que, tal como los define Cleckley, son "psicópatas fallidos", en el sentido en que no han logrado alcanzar las cotas de poder a las que se creían predestinados y han tenido que recurrir a la violencia para compensar su humillación y su derrota. En su breve discurso, Torv dice un solo nombre, "Nixon", para cifrar el daño que puede hacer un solo psicópata, un ser depravado y abyecto que ha trepado hasta la Casa Blanca y que no siente ni un átomo de culpa ni de vergüenza ante las consecuencias de sus actos. Por eso el psicópata sin cuchillo, investido con la máscara de la cordura y manejando los hilos del poder, es mucho más peligroso que el bestial asesino culpable de siete, nueve o quince homicidios. Es el jefe sin escrúpulos, el banquero todopoderoso, el empresario que se nutre del sufrimiento y la miseria de miles de trabajadores esclavizados, el militar que ordena borrar una ciudad del mapa mientras se toma un vaso de leche. Son los implacables negreros a quienes aplaudimos en esos infectos realities culinarios y los babosos héroes que hemos aupado a los peldaños más altos de la política.