¿Cómo pudieron los ciudadanos de a pie cometer actos atroces en la Alemania nazi? Stanley Milgram intentó responder a esta pregunta en 1961. ¿Su teoría? Algunas personas cometen actos horribles simplemente por obedecer ciegamente a la autoridad. Lo que descubrió le hará replantearse el poder de la obediencia.
Milgram diseñó un experimento para poner a prueba esta teoría. Quería ver hasta dónde llegaría la gente para obedecer a una figura de autoridad, incluso cuando ello significara infligir dolor a otra persona. Los resultados fueron más inquietantes de lo que nadie podía imaginar.He aquí cómo se desarrolló todo.
En el experimento participaban 3 personas: el experimentador (figura de autoridad), el profesor (sujeto de pruebas desprevenido) y el alumno (la víctima). Lo que el profesor no sabía era que los otros dos eran actores. La verdadera prueba consistía en ver hasta dónde era capaz de llegar siguiendo órdenes.
Antes de comenzar el experimento, Milgram preguntó a sus colegas qué pensaban que ocurriría. La mayoría creía que sólo un pequeño porcentaje de voluntarios obedecería las instrucciones hasta el final. No podían estar más equivocados. La verdad reveló un lado oscuro de la naturaleza humana.
A los voluntarios se les dijo que echarían a suertes su papel. Sin que ellos lo supieran, cada sorteo estaba amañado para que ellos fueran los profesores. Para que el montaje resultara aún más convincente, se les administró una leve descarga eléctrica para que comprendieran lo que supuestamente sentiría su "víctima".
A continuación, se sentó al profesor frente a una máquina con interruptores etiquetados con niveles de tensión crecientes, desde 15 V (descarga leve) hasta 450 V (peligro: descarga grave). El alumno estaba atado a una silla en otra habitación. El escenario estaba preparado para un drama psicológico.
La tarea del profesor era sencilla: leer una lista de pares de palabras y poner a prueba la memoria del alumno. Por cada respuesta incorrecta, el profesor tenía que administrar una descarga eléctrica, aumentando el voltaje con cada error. Pero aquí está el truco: el alumno no recibía la descarga, era una actuación.
A medida que aumentaban las descargas, el alumno gritaba de dolor, suplicaba que pararan y finalmente se callaba. El profesor, visiblemente angustiado, sólo podía comunicarse con el experimentador, que estaba presente en la sala. Se le dijo que continuara, a pesar del sufrimiento del alumno.
El experimentador disponía de cuatro indicaciones estándar para empujar al profesor a continuar:
1. "Por favor, continúe".El experimento sólo se detendría si el profesor se negaba a obedecer después de haber utilizado las cuatro indicaciones, o si el profesor administraba el voltaje máximo de 450 voltios 3 veces. La tensión en la sala era palpable mientras los profesores se enfrentaban al dilema moral. ¿Qué iban a hacer?
2. "El experimento requiere que continúe".
3. "Es absolutamente esencial que continúe".
4. "No tienes otra opción; debes continuar".
Los resultados fueron estremecedores: todos los participantes dieron descargas de al menos 300 V, a pesar de oír gritos de dolor. Aún más inquietante, el 65% de los participantes llegó hasta los 450 V, dando descargas que creían letales. La obediencia a la autoridad prevaleció sobre sus instintos morales.
Este experimento reveló una verdad inquietante: la gente corriente puede cometer actos extremos de crueldad bajo la influencia de la autoridad. No se trataba sólo de una reflexión histórica sobre los nazis; era una advertencia para el presente y el futuro. Pero, ¿qué significa esto para nosotros hoy?
Un avance rápido hasta hoy: muchos médicos, a pesar de saber que no debían hacerlo, seguían imponiendo las vacunas y las mascarillas tal y como les decían las autoridades. Ignoraron su propio juicio médico, haciéndose eco de las conclusiones de Milgram. La obediencia ciega a la autoridad, una vez más, triunfó sobre el pensamiento crítico y la ética.
Al igual que en el experimento de Milgram, muchas personas no sólo obedecieron los mandatos COVID sin cuestionarlos, sino que los aplicaron activamente, incluso cuando las medidas eran claramente absurdas. Este cumplimiento ciego, impulsado por el miedo y la necesidad de señalización de virtudes, erosionó nuestras libertades y nuestra individualidad.
La lección es clara: no seas un participante pasivo en el experimento social actual. Cuestiona la autoridad, piensa críticamente y defiende aquello en lo que crees. El futuro pertenece a quienes se niegan a dejarse controlar por el miedo o manipular por el poder.
Desde el comienzo de esta plandemia, he rechazado todos los intentos de las autoridades de controlarme mediante el miedo y la coacción. Si tú has hecho lo mismo, luchemos juntos. Te agradecería que me apoyaras con un retweet o un follow.












Comentarios del Lector
a nuestro Boletín