Traducido por el equipo de SOTT.netEstados Unidos perdió de forma contundente la primera ronda de la guerra con Irán. Si Trump decide pasar a una segunda ronda, los resultados serán desastrosos para EE.UU. y sus aliados.

© Real Scott Ritter
Durante casi 40 días, Israel y Estados Unidos llevaron a cabo una amplia campaña aérea contra Irán destinada a derrocar al Gobierno y neutralizar la capacidad de defensa del país. Esta campaña no logró ninguno de sus objetivos declarados. En cambio, se convirtió en un juego de cifras en el que tanto los profesionales militares como los políticos vendieron resultados exagerados a un público que no los cuestionaba. El Gobierno iraní no solo resistió los esfuerzos por provocar un cambio de régimen mediante la decapitación, sino que, de hecho, reforzó su control del poder cuando el pueblo de Irán, en lugar de volverse contra la República Islámica, se unió a su causa. Además, en lugar de suprimir la capacidad de Irán para lanzar misiles balísticos y drones contra bases militares estadounidenses, infraestructuras críticas en los Estados árabes del Golfo e Israel, Irán no solo mantuvo su capacidad de ataque, sino que desplegó nuevas generaciones de armas que superaron fácilmente todos los sistemas de defensa antimisiles y,
utilizando información de inteligencia que permitía una puntería precisa, destruyó infraestructuras militares críticas por valor de decenas de miles de millones de dólares.
Los expertos regionales llevaban mucho tiempo advirtiendo sobre las consecuencias de entrar en un conflicto existencial con Irán, señalando que Irán no se dejaría simplemente borrar del mapa como Estado-nación viable sin asegurarse de que las demás naciones de la región se vieran sometidas a amenazas existenciales similares para su supervivencia, y que la seguridad energética mundial se vería alterada de tal manera que desencadenaría una crisis económica mundial. Estas evaluaciones se veían respaldadas por la convicción de que Irán no solo sería capaz de bloquear el tráfico marítimo que transita por el estrecho de Ormuz, sino también de atacar y destruir eficazmente el principal potencial de producción energética de los Estados árabes del Golfo.
No es que los políticos y los planificadores militares de EE.UU. e Israel dudaran de la capacidad de Irán para afectar a los mercados energéticos mundiales o atacar objetivos en Israel y la región del Golfo.
Sabían que Irán tenía ese potencial.
Simplemente creían que serían capaces de lograr un cambio de régimen en Teherán en un plazo relativamente corto, lo que dejaría sin efecto cualquier amenaza que Irán pudiera suponer para el suministro y la infraestructura energética.
Se equivocaron, y por eso EE.UU. buscó una salida de la guerra poco después de que comenzara.El resultado final fue el actual alto el fuego, que aparentemente se acordó para ganar tiempo y que los negociadores estadounidenses e iraníes pudieran elaborar un plan de paz duradero.
Sin embargo, hay un problema fundamental.