Traducido por el equipo de Sott.net

© Victor Forgacs at Unsplash
LA VIDA ANTESPertenezco a una generación privilegiada.
No es que me haya criado en la opulencia, ni mucho menos. Nacido en 1958, de una madre que trabajó toda su vida como tejedora en la industria textil y de un padre empleado como mecánico de mantenimiento en la fábrica local, viví en una urbanización municipal durante la primera década de mi vida. El dinero era escaso, las vacaciones eran básicas y poco frecuentes, y los caprichos, en forma de golosinas, eran escasos, normalmente limitados a una chocolatina Turkish Delight cada domingo por la noche. Aunque nunca me di cuenta hasta los 62 años, formaba parte de una cohorte que poseía algo sacrosanto, algo muy valioso y, deplorablemente, algo que las generaciones futuras quizá no vuelvan a disfrutar: libertad individual.
Para ser claros, el mundo en el que he vivido ha estado lejos de ser perfecto. Mi época ha incorporado desigualdades e injusticias fundamentales, pobreza generalizada, discriminación y, sobre todo en mis años de juventud, un riesgo constante de agresión física.
Pero a pesar de este contexto, cada uno de nosotros daba por sentado una serie de derechos humanos básicos: reunirnos con quien quisiéramos; salir de casa cuando quisiéramos; comer lo que quisiéramos; expresar opiniones con las que otros pudieran no estar de acuerdo; asumir riesgos, cometer errores y aprender lecciones a veces dolorosas; vestir lo que quisiéramos; trabajar para mejorar nuestras perspectivas profesionales y ganar más dinero para mejorar nuestras vidas y las de nuestras familias; y decidir qué medicamentos y otras intervenciones médicas aceptar. Cuando aparecieron los vuelos baratos en los años 70-80, el mundo entero se volvió maravillosamente accesible.
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