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Durante el mes de julio, he estado en Siria, con el propósito de comprobar allí una hipótesis sobre los orígenes de la protesta.
He podido circular con toda libertad, en Deera, Damasco, Homs, Hama, Maarat-an-Nuuman, Jisr-al-Shugur, a lo largo de la frontera turca, en Deir-ez-Zor, en todos los lugares donde los medios de comunicación informan de que hay problemas...
He constatado que hay
distintas protestas, a veces violentas y cuyos objetivos no se identifican con los de demócratas pacíficos. Los Hermanos musulmanes, en particular, ambicionan la instauración de una república islámica, lo que aterroriza a los cristianos y a la mayor parte de las otras minorías.
Pero, además del objetivo de mi investigación, me sorprendió constatar que la imagen de Siria propuesta por los medios de comunicación occidentales, imagen de un país en revolución, no corresponde en ningún caso a la realidad observable sobre el terreno.
Los grandes movimientos del comienzo se han
apagado, sobre todo a causa de la represión, y las manifestaciones no reúnen a más de varios centenares de personas solamente, con frecuencia a la salida de las mezquitas, no sin una influencia islamista.
Así, en la ciudad de Hama, sede de los Hermanos musulmanes, casi en estado de sitio, tienen lugar aún grandes manifestaciones.
Centro de una violenta revuelta, en 1982, que fue aplastada por Hafez al-Assad, el padre del actual presidente, Hama está hoy cercada por carros blindados, pero el gobierno ha elegido evitar el baño de sangre, por temor a las reacciones de la comunidad internacional, y ha optado por dejar que la situación se vaya degenerando.